VIÑETA 622
Aquellos
sesenta… (XXIV)
Jorge Arturo
Díaz Reyes, Cali 3 VIII 2026
Confrontar
con otros testigos el recuerdo, siempre parcial y subjetivo, generalmente
conduce a una suma de subjetividades parciales. A un collage de retazos perceptivos.
No existen
copias exactas de la realidad. Una del mundo tendría el tamaño del mundo. Una
de diez años lejanos duraría diez años. Borges bromeó con esa paradoja: “Y
los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño
del Imperio y coincidía puntualmente con él”.
Imagino qué
si los historiadores hubiesen alcanzado esa plenitud, tampoco habrían encontrado
suficientes milenios en los cuales acomodar su relato. Imposible reconstruir el
pasado tal como fue. Y sigue siendo así, aunque busquemos apuntalar nuestra pobre
memoria con otras más autorizadas por la conveniencia, el consenso y la
tradición. Eso es lo que hay; aproximaciones, mitos, leyendas, literaturas,
historias, pedazos a escala…
En 1967, plena
década, Néstor Luján justificó la segunda edición de su ya clásica “Historia
del toreo”, que reconoció tributaria de la enorme y a la vez sintética
enciclopedia de Cossío, con el agregado de un último capítulo que arranca desde
1954, fecha de la primera edición. Es el VII de la segunda parte, y lo titula: “El
público de toros deja de ser ibérico (Los tendidos babélicos)”.
Fenómeno cierto, que se dio en
las plazas españolas (y no españolas), atribuido a coincidencias culturales, políticas
y sociológicas también aquí ya recordadas. Y al que el autor culpa de las
desgracias de la fiesta, y, posteriormente, de su propia renuncia: “El espectáculo
taurino ha quedado reducido a una manifestación folclórica de cara a un público
extraño”. Y clama: “… la fiesta de los toros siempre había sido del
gusto de una minoría muy concreta”. Tenía 45 años cuando lo publicó. Era un
gran lector, erudito, bibliófilo, cronista, escritor gustoso, y por esos días lo
que se dice un aficionado terminal. Después no volvió a ir a los toros ni a escribir
sobre ellos.
Su libro de 440 páginas, en formato
mayor, despacha a Paco Camino, entonces en la cumbre, y a Diego
Puerta con poco más de una línea para cada uno. En la de este: “Le
llaman “Diego Valor”, de una tenacidad en el éxito encomiable, que le hace un
torero aplicado y brillante.” Del primero: “El sevillano Paco Camino,
torero evidentemente artista, aunque contra opinando con la mayoría de los aficionados,
nunca nos acabó de gustar.”
A El Viti, con un poco más
de prolijidad, lo aprueba con honores: “Torero completo, ponderoso, firme,
de un arte serio y reposado, dominador y austero… Lo más notable de su
personalidad y esto le diferencia de todos es que es un magnífico estoqueador
a la antigua usanza… el mejor matador desde Manolete y supera a este en
seguridad y le iguala en estilo.”
A El Cordobés, por inevitable
quizás, dedica escrupulosos párrafos enteros. Le llama: “Fenómeno
publicitario…, uno de los componentes de su éxito. El otro es sin duda alguna
su personalidad… valeroso, afectado, impasible, no se le puede negar un valor,
unas maneras de estar en la plaza peculiar y atractivo. Pero no es el torero
que pueda agradar a los aficionados ni a los críticos... arrastra sin duda
alguna al público sugestionado… torea cuanto quiere y a precios fabulosos.”
A cambio, y sobre todos los que reseña
en este aparte, se detiene rendidamente en Antonio Ordóñez, de quien sin
embargo señala su declive a partir de 1961:
“La calidad de su toreo,
raramente habrá sido superada ni aún por la depuradísima generación de los Gitanillo
de Triana, Los Cagancho y los Victoriano de la Serna, o, más hacia nosotros de
los Manolete y Pepe Luis. Con la capa, Antonio Ordóñez anula los mejores… Con
la muleta…, posiblemente con Manolete y Silverio Pérez, el que ha poseído más
emocionado temple… En la difícil facilidad su toreo ha aunado las virtudes
antiguas con el espíritu moderno… Con la espada, displicente y desaprensivo suele
matar muy mal… Ya en las temporadas 1960 y 1961, sin enemigo apreciable, rebajó
y ha congelado sus faenas reduciéndolas a un puro trámite ante un torito inerme…”
Así quedan la época, el toreo, los
ídolos y el público de entonces. Luján, era catalán, de Mataró, vivió en Barcelona,
ciudad que llegó a tener tres plazas funcionando. Allí principalmente vio las
corridas que fueron material de sus crónicas e historias. Nadie, ni aun en esta
época del internet inteligente puede tener una visión universal. Pero el
criterio, el estilo de su temporal afición, la elegante claridad de su prosa y
el placer que depara su lectura, han convertido en excepcional la subjetividad
del docto, caballeroso y jovial gourmet y bon vivant.
Excepcional, no infalible, no indiscutible.
Por ejemplo, mis juveniles recuerdos (directos) coinciden mucho con su
semblanza de Ordóñez, El Viti, y aún con la de Puerta pese a su displicente laconismo.
Más no con su disgusto por Camino, con la descalificación del Cordobés, ni en particular
con su rechazo a la que fue herencia mayor de la época; la internacionalización
de la fiesta. A la que sube a la picota en su capítulo final, “los públicos
babélicos”. Misma que alude por contra el también coetáneo poeta Gerardo Diego
(1966):
“El Cordobés”
es el toreo en inglés,
en danés
y en pequinés
y en volapuk y sin mover los
pies.
¿Si no te quitas tú te quita el
toro?
A “El Cordobés” el toro no le
quita.
“El Cordobés” imita la mezquita…
¿Cómo compartir
la negación a esa nueva generación feligresa que llenó los sesenta en todo el
mundo? ¿Cómo aceptar la segregación, si para los que hicimos parte de ella, ahora,
evocada desde la vejez, representa la infancia y la edad de la razón de nuestra
afición?
El reclamo
de origen, de blasón, de pureza de sangre en los tendidos, con los cuales dicho
sea de paso la fiesta ya no existiría, invita para bien y para mal el sarcasmo
de Borges en 1943: “Los españoles que (épicamente) se proclaman
nietos de los conquistadores de América, están equivocados: los nietos somos
los hispanoamericanos, nosotros; ellos son los sobrinos.”
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