lunes, 30 de marzo de 2026

AQUELLOS SESENTA (VI) - VIÑETA 604

 

VIÑETA 604

Aquellos sesenta… (VI)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 30 III 2026 

Las Ventas. Foto: Las Ventas

Sí, a compás del mundo, la Fiesta era una fiesta. Coincidían muchos toreros de personalidad, arte y tirón. Mucho público nuevo, joven, cosmopolita y no iniciado. Mucha inocencia. Mucha taquilla. Mucha prensa, radio, televisión, cine. Mucha publicidad. Mucha farándula. Mucho torerismo. Mucho taurineo. Mucha crítica complacida y… no poco “sobre”, se decía.

 

El toro se recuperaba. En España 1960 su peso mínimo reglamentario, que había bajado en la posguerra a 423 kilos, subió a 460, para plazas de primera (aún), y con obligación de ser anunciado en las tablillas. Se penalizaron la manipulación de las astas y otros menoscabos. Aunque la edad, apenas vino a ser garantizada (guarismo en la paletilla) por la entrada en vigencia del libro de las ganaderías hasta 1970. Gozosamente, la tauromaquia saludaba un nuevo amanecer. Más no sin disensiones.

 

Tal como sucedió en otras épocas felices y nodales, el purismo respondió aumentando su furor. Siempre fue así. Cuando a fines del siglo XVIII, Costillares introdujo el volapié (ahora ortodoxo), protestaron: “Pasan y repasan los toros hasta cuando fatigados e inmóviles se abalanzan sobre ellos para acuchillarlos”. Cuando Belmonte se quedó quieto y ligó, alegaron: “Así no se puede torear”. En 1948, cuando Manolete acababa de morir en la cumbre de su gloria, Adolfo Bollaín, con prólogo de Antonio Díaz Cañabate y epílogo de José María Cossío, publicó: “Hoy se torea peor que nunca”. Ya lo había dicho muchas veces antes, con El Monstruo en vida.

 

Y entonces, con la efervescencia sesentera desbocada, en el tendido siete de Las Ventas y sus andanadas arriba creció el clamor de contención, rigor y esencialidad. Pero sin hallar plumas dignas de él, que lo asimilaran, lo argumentaran, lo pusieran en blanco y negro, y lo lanzaran a los cuatro vientos. Los respetados papas vigentes de la crítica en Sevilla y Madrid, José María del Rey Caballero “Selipe” y Díaz Cañabate, asordinaban sus admoniciones. Ni que decir del resto.

 

Por ejemplo, con El Cordobés a toda máquina, tras su avasallador primer año de alternativa, Edgard Neville, conde de Berlanga, escritor taurino, diplomático, director de cine y pintor ya se siente obligado a encarar los protestones con su artículo, “Diestéfano y El Cordobés”: “Y esos sujetos que llevan un pito a la plaza, y se muestran furiosos con El Cordobés a la primera ocasión? Llevar un pito a la plaza es como meterse en el bolsillo un documento de identidad con una filiación vergonzosa (…) El torear es como quiere que sea quien toree” (ABC, Madrid 1 de julio de 1964).

 

Pero a contrapartida y al mismo tiempo, dos aguerridos espontáneos se lanzaban a la crónica. El canónico madrileño Vicente Zabala Portolés, y el beligerante salmantino (Fuente de Oñoro) Alfonso Navalón Grande, “Látigo de toreros, azote de afeitadores” le llamaría luego Javier Villán. Escribían, uno en El Alcázar y el otro en Informaciones, medios de corto alcance. Le declararon la guerra a “El Huracán” y semejantes, cada cual por su lado. Eran todo lo que ellos no toleraban. ¿Y cómo así que torear como quiere quien toree? No señor.

 

Inflexibles en su credo: el relato fáctico, la excelencia. El toro íntegro y fiero, (“único imprescindible”), con edad, cuajo, tamaño, peso, astas. La lidia, (“no se puede torear sin saber lidiar”); parar, citar frontal, cruzado, templar, cargar la suerte (sobre todo), mandar, vaciar atrás y ligar bien. La estética sí, pero solo construida sobre la ética, sino no. Atacaron sin concesiones las ventajas, el “destoreo”, el “perritoro”, el “afeitado”, el “sobre” y otras endemias.

 

Insoslayables, llegaron urbi et orbi, desde sus medios de no gran prensa, porque leerlos era razón y emoción. Como decían los escoceses, “la cabecera de la mesa está donde yo me siento”. Pontificaron sin ser infalibles, influyeron, crearon corriente, y excedieron también su poder. Zabala, que no tomaba notas, ascendió años después a la titularidad en el ABC, reemplazando a Díaz Cañabate, y el tenaz Navalón, en el diario El Pueblo, reemplazando a Gonzalo Carvajal. Reinaron largamente.

 

Por supuesto ganaron enemigos, dentro del sistema y alrededores. Era inevitable. Fueron adorados y execrados, acusados de “hacerle mucho mal a la fiesta” y laureados por defender su integridad. Navalón fue agredido físicamente en varias ocasiones, pero también, sacado a hombros en la plaza de Las Ventas, ¡dos veces! Homenaje que nunca ningún cronista recibió, antes ni después.

 

Su santa causa sería continuada en las décadas posteriores por escritores notables como Javier Villán en El Mundo y Joaquín Vidal en El país. Los comienzos de esa cruzada marcaron aquellos sesenta. Se le deben, fue una de sus herencias.

 

Mucho después, sin haber dado el brazo a torcer, el primero, murió en un avión de Américan, estrellado a 80 kilómetros de Cali, el 20 de diciembre de 1995, cuando llegaba para cubrir la feria. El segundo, estrellado contra sus molinos de viento y enfermo, en Salamanca 2005.

 

Inolvidables. Su gesta está consignada en crónicas, relatos, periódicos, revistas, libros…, papeles, no existía Internet, y ha sido revisada recientemente por la tesis doctoral del periodista vasco Javier García Nieto, nacido al finalizar la década (1970). Una investigación a posteriori, bibliográfica, que no por científica deja de ser amena y conmovedora:

 

La corriente crítica esencialista de la crónica taurina (1965-2002). Antecedentes, desarrollo, auge, y desaparición”; (Universidad del País Vasco 2022). Léanla, son solo 937 páginas bien escritas…

 

P. D.: Ayer, después del medio día, murió aquí en Cali Aura Lucía Mera; escritora, columnista, cronista taurina, espíritu formidable de aquella década. Había comenzado su trabajo también por 1964. Somos cada vez menos los de entonces.

lunes, 23 de marzo de 2026

AQUELLOS SESENTA (V) - VIÑETA 603

 VIÑETA 603

Aquellos sesenta… (V)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 23 III 2026

Palomo Linares pasea el rabo de “Cigarrón” en Las Ventas. Foto: ABC 

Como por compromiso en 1970 se apagaron Los Beatles, onomatopeya de una época que moría. La memoria colectiva, que se recrea en clichés, ahora los automatiza:

 

IA: “Década de cambios radicales, contracultura, revoluciones sociales; auge del movimiento hippie, el rock, la psicodelia, el hacer el amor y no la guerra, de lucha por los derechos civiles y la liberación femenina, de la píldora, la moda desastrada, el hombre en la Luna...

 

Está bien, ocurrió todo eso y más. ¿Pero fue de verdad una ruptura histórica, una revolución fuera y dentro del ruedo? ¿Cómo la industrial, que produjo la democracia liberal y el toreo romántico? ¿O cómo la del derrumbe de los imperios entrado el siglo XX, con la cual surgió el toreo moderno (belmontino)? 

 

¿Cambiaron tanto la ética, la estética, la percepción, la lidia, la técnica, las normas, el rito, la esencia, la liturgia, el público, la autoridad, el ámbito, la economía, el negocio, la organización…, el mundo del toreo?  ¿Fueron derogados los cánones y reemplazados por “herejías”? ¿O fue solo alboroto, calentura, inflación, arrebato de una generación perdida?

 

En 1972. La rebelión hace crisis en Las Ventas, en las mismísimas Ventas. El sábado 22 de mayo, el presidente Pangua concede a Palomo Linares (ex “guerrillero”), el rabo del toro “Cigarrón” de Atanasio Fernández, causando estupor. Un escándalo, un mea culpa general, una contrición. --!Oh! ¿Qué estamos haciendo? --La crítica ve su oportunidad y se rebota. Hacen de su señoría chivo expiatorio, lo befan y lo lanzan a la hoguera de la destitución y el ostracismo. Para colmo, dos libérrimos mexicanos, también de clara influencia cordobesista, abren la Puerta grande del templo; Curro Rivera, el mismo día, y Eloy Cavazos cinco días después. !Esto no puede ser! clama el establecimiento. !Juicio, juicio!

 

Entonces, poco después con el verano ad portas, el domingo 11 de junio, en el mismo ruedo y en el mismo cartel, debutan dos novilleros sensacionales, largos, ortodoxos, canónicos, que vienen como con una rama a restablecer el orden. Son Julio Robles, de Fontiveros, y “El Niño de la Capea”, de Salamanca. Tomarán alternativa el año siguiente, y este último, de allí en adelante dominará el mercado y las estadísticas hasta 1979. Ya eran otros tiempos, pero los mismos valores, la misma liturgia y el mismo sistema bicentenario, amenazados, pero nunca vencidos, y ahora refrendados hasta nuestros días.

 

Después de tantos años, tantos ires y venires, tanta bizarría y tanta sangre corrida, el pasado coexiste. Lo sucedido no lo borra, se le agrega. Presente y futuro no son. “Yesterday” sigue conmoviendo. Aunque los “hippies” se hicieran “yuppies”. La sicodelia, industria (ilegal). La justicia y los derechos civiles, utopía. El feminismo, más necesario. La moda, más tonta. La tecnología menos humana. La guerra, más atroz. El planeta, más envenenado. … Y el hombre no siguiera yendo a la luna… (si es que fue).

 

¿Qué cambió entonces? Poco y mucho. El toreo a más de otras cosas es arte, y en el arte cada uno es cada uno. “El Cordobés” en sí mismo y en su contexto, representó las ilusiones de una generación que quiso verse en él. En su desgreñada libertad, en su espectacular contestarismo, en su conmoción sobre la emoción, en su salto de la rana sobre el pase natural.... Otro cliché injusto, claro. Fue más, bastante más. Han terminado reconociéndolo hasta los más reticentes. 

 

Cimentó sus desafueros emocionales (auténticos), en la quietud, el riesgo, y el mando. Su personalidad, su valor y su muñeca izquierda quedan como paradigmas. Como todas las “figuras”, usó y abusó de los privilegios del rango. Igual que quienes compartimos sus años, usamos y quizás abusamos de nuestra juventud y de lo que deparaba la época. Fatalidad histórica.

 

Su carácter extrovertido, festivo y socarrón, y el nunca darse ínfulas que tanto sintonizaron con sus coetáneos, luego han contribuido a la frivolización que han querido hacer de él, los pesados detractores que cultivó, y a los que se suman de oídas muchos que no le vieron. Cuidado, fue un torero. La historia, plegándose a su significado le absolvió.

 

Cierto, no dictó otra tauromaquia como Pepe Illo, pero apasionó las masas, amplió el ámbito mundial de la fiesta y la cultura hispana, creó un boom del cual aún come el toreo... Y aunque al final su rebeldía fuese bien pagada y comprada. En principio, al menos, tuvo ese patético heroísmo quijotesco que llena la poesía. El mismo que tuvieron todas las causas perdidas de aquella generación lejana, y otras tantas de la historia.


lunes, 16 de marzo de 2026

AQUELLOS SESENTA (IV) - VIÑETA 602

 

VIÑETA 602

Aquellos sesenta… (IV)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 16 III 2026

El salto de la rana, El Cordobés. Foto: Fernando Rubio, La nueva crónica

La historia discurre como los fenómenos cósmicos, impulsada por fuerzas aleatorias, sobrehumanas, incontrolables. Yendo y viniendo azarosamente, más que con la cadencia de un péndulo. Arrastrando en ella cosas, individuos, sociedades, imperios, culturas, y… al toreo, por supuesto.

 

Lo enseñaron tempranamente los épicos y los trágicos griegos (hado). Ese loco batir, hizo que su paso por los años centrales del medio siglo transcurrido entre la bomba de Hiroshima y la disolución de la URSS, fuesen particularizados, llamados “gloriosos” por los historiadores franceses, y “de oro” por los anglosajones. A diferencia de los taurinos que como habíamos dicho (I) prefirieron vestirlos: “de platino”.

 

Sobre todo, en el hemisferio septentrional. Pues como predicaba por aquel tiempo Henry Kissinger, omnímodo ministro de Nixon: “La historia transcurre al norte del ecuador”. Aunque algo bajó de la línea umbilical, no se puede negar. Era inevitable. La humanidad nunca tuvo antes tanta energía (fósil), disponibilidad, boyantía, liberalidad, e insumisión. El crecimiento, el consumo, la producción se aceleraron sin freno a contra natura. Los gustos y costumbres trastocaron.

 

Los Beatles, Joan Báez, Bob Dylan, Joan Manuel Serrat (“Ahora que tengo veinte años”), afinaron su voz y lo cantaron. “Prohibido prohibir”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, coreaba y gesticulaba la juventud estudiantil, trabajadora y desocupada en las calles, en los escenarios y los ruedos, sacudiendo toda la cultura.

 

La insurrección de “El Cordobés” personificó esa psicodélica era. Con las masas en fervor, las plazas a tope, las corridas y el escalafón proliferando. Con él (caos) y Camino (canon), enfrentados en cabeza. Los dos polos, iconos del antagonismo desatado. El ayer y el hoy. Así continuaron todo aquel septenio, del 64 adelante. Sin importarles qué a más de las figuras ya consolidadas, emergieran otros alternantes de peso, y estilo diverso. En el 66, Palomo Linares (vehemencia) y Paquirri (poderío). En el 68, Miguel Márquez (voluntad). En el 69, Dámaso González (estoicismo). Para, en el 70, cuál si se tratara de una clausura con estrambote, ocurrir cosas aún mas notables.

 

Una, “La guerrilla”. Como para subrayar la paradojal contemporaneidad. Los grandes empresarios: Chopera, Balañá, Canorea, Dominguín, Miranda, Stuick…, que habían sido puestos de rodillas en ‘Villalobillos” por el ya millonario “Ciclón”, cuando les amenazó con su retiro (1967). Se reagruparon a comienzos del 69, tratando nuevamente de contener sus incontenibles y contagiosos honorarios, imponiéndole tarifas reguladas. Sobra decir por quien terció la prensa. Entonces este, afeándoles, que sin arriesgar se hacían ricos a sus costillas, reclutó al otro “popularísimo”, Palomo Linares, cogieron las armas y se fueron al monte. Torearon mucho, fuera y contra el sistema. Hasta retomar el poder a comienzos del 70. La taquilla manda.

 

Ahí, el “libro de las ganaderías” se hizo de ley, garantizando la edad del toro. Y Manuel volvió al foro de Madrid. En dos corridas (20 y 23 de mayo), corta ocho orejas a los de Montalvo y Atanasio. Con gran consternación de los conservadores y “la cátedra”. ¡Salvamos el rabo! ironizó en el ABC Díaz Cañabate, ante su no concesión. Paco no tarda en responder, allí mismo, el 4 de junio, en la Corrida de Beneficencia, encerrándose con siete toros de distintas ganaderías (uno de Miura) y cortándoles ocho orejas. Desquite. Apoteosis del “toreo eterno”.

 

“El Cordobes” guardó la réplica para el final. Como remate a su año de 121 corridas, que habían pulverizado el viejo record de Belmonte (109). También se encierra el 18 de octubre, en Jaén, feria de San Lucas, lidia siete toros, les corta 11 orejas, tres rabos y al final, montado en el sobrero dice: “Después de lo que he hecho ¿quién puede prohibírmelo?”.  Genio y figura. Con esa blasfemia tan suya cerró la temporada europea y la singular década, que la historia dejó atrás, para seguir su revuelta e infinita carrera.

 

Hoy, a tantos años, y una vez más de regreso a la barbarie, cuesta descubrir con justicia, en el sonriente, apacible y nonagenario anciano, ciudadano ilustre, dueño de “califato”, medalla de las bellas artes, nominador de calles, museos, bibliotecas, estatuas, leyendas y adoración, al atrevido rapaz, espontáneo de 1957 en Las Ventas. Al novillero hambriento y desesperado del “Aprendiendo a morir”, y del “O llevarás luto por mi”. Al “huracán” del toreo al derecho, al revés, en todos los idiomas, y sin mover los pies. Al “nadie”, redimido a héroe y prototipo de una generación y una época que se pretendieron revolucionarias… ¿Lo fueron?

 

lunes, 9 de marzo de 2026

AQUELLOS SESENTA (III) - VIÑETA 601

 
VIÑETA 601
 
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 9 III 2026
 
Aranjuez 1965. Riña en el ruedo de Camino y El Cordobés. Foto: ABC
Amanece, y España otra se abre a un mundo otro. Ambos a dos décadas de sus últimas hecatombes. Mundo cruzado ahora por una cortina. Polarizado por las potencias ganadoras, qué enfriaron la guerra, la globalizaron, la hicieron permanente, y no menos inhumana. Con ese mundo…, bueno, al menos con su “Occidente”, se reencuentra España. Qué, tras lustros de ensimismado luto restaña su devastación.  
 
Se urbaniza el país, amaina la censura, la juventud se destapa y rebela; minifalda, bikini, Beatles, insolencia, sexo… Resurge la clase media, crecen demanda y producción… El turismo se dispara. La economía nacional sube a segunda en crecimiento mundial. España seduce. Y en ella, el toreo, espejo de los tiempos, es turbina. Reverdece su leyenda y sus formas. Un nuevo contingente lidiador, protagoniza, encanta, compite, llama, trae gente y plata contribuyendo al renacer. Hispanoamérica, el otro escenario, bien o mal sigue la corriente.
 
1963. Brillan en ambos ruedos, el valor imponente de Diego Puerta, la poderosa estética de Paco Camino, la liturgia solemne de S.M. El Viti. Juntos, pero incomparables; clásicos, pero distintos. Campean, rivalizan se toman los medios y el comando de la torería.
 
Entonces, el 25 de mayo, en la histórica Córdoba, salta la antítesis. Traída por “El Pipo”, talento nato del mercadeo. Manuel Benítez Pérez (“El Renco”), ahora “El Cordobés”, con doscientas novilladas, muchas cornadas y dos películas encima, toma la alternativa. Flor de fango, brotado del fondo de la tragedia social. Sintoniza con la insurgencia de la época, y se alza como bandera y fenómeno de masas.
 
Tanto, que apenas un año después, cuando confirma en Las Ventas, “no hay billetes”, pero sí televisión. Llueve, la corrida se retrasa. España paralizada lo espera. “Impulsivo” de Benítez Cubero, el de la ceremonia, le cornea grave finalizando la iconoclasta faena. Se lo llevan, no puede matar su toro, tampoco el otro… ¡Y le dan una oreja! Pero ahí queda eso. El drama visto por todos, televisado, noticiado, historiado, novelado, se añade a la ya torrentosa fama.
 
El de Palma del Río se suma opositor al triunvirato. Es torero potente, riesgoso, largo, peleón, sarcástico, sí. Hace el toreo veraz, también. Cómo los otros, no. Si lo hiciera sería otro de ellos, y yo soy uno, El Cordobés. –Con tal arrogancia, desmelenamiento, desparpajo, heterodoxia, magnetismo e irreverencia (lindante con el sacrilegio), reta todo y a todos. Especialmente a la “cátedra”. Cómo le dieron.
 
Los desplantes y exabruptos; ranas, boxeo, monta…, con que alardea su desmañado mando, evocan el acrobatismo tragicómico del toreo popular dieciochesco. Tocando esa profunda fibra evolutiva, enervando el imaginario colectivo. Más al juvenil, que se ve en él, y al neófito y al turístico, lábiles al arrojo y la espectacularidad. Tan auténtico en sí fue, que pese a ser fatigosamente imitado no tuvo ni tendrá sucesores válidos. De todas partes, confluyen a ver el torero más cosmopolita de la historia, y lo hacen el más caro.
 
Yo también, absorbido por los hechos. Aquel año inicié Medicina en la Universidad Nacional. Demandante sí, mucho, pero escapando acá y allá, iba tras las corridas, oyendo y leyendo relatores presenciales. Perdonen la autorreferencia. La traigo solo para respaldar el testimonio. La historia es menos falaz así, por quienes la vivieron, en el momento, en el acto, en el contexto. Alejándose de allí, la distorsión aumenta.
 
Lo vi primero en Medellín, corrida nocturna, el 15 de diciembre, y luego en Cali, el 27 su tremendo debut con Puerta grande, y sobre todo la tarde del 30 (superado), que aquí ha quedado como la de todos los tiempos. Era “la del toro” que reunió excepcionalmente a los cuatro nuevos grandes en un solo cartel: Puerta, Camino, El Viti y “El Cordobés”, con Manolo Zúñiga y “El Caracol”. Bravo encierro (Santacoloma), de González Piedrahita. Le cortaron ocho orejas y tres rabos. Apoteósis. Cumbre Camino con el cuarto, “Sangreazul”, como también lo había estado en San Isidro y todo ese año que fue suyo, seguido muy cerca en el predicamento y las estadísticas por los otros tres.
 
Año sin par, en el que también, como siempre, se criticó el toro “de las figuras”, pero en el que los empresarios, Jardón y Stuick, reivindicaron el de Madrid: “Donde se echa el más., donde se exige más, donde se devuelven todos los “cojos, donde solo quieren venir los que no tienen miedo, y donde las entradas son más baratas…” Dijeron. Se sabía.
 
Allá, en esa misma plaza rectora, donde el 30 de junio don Antonio Bienvenida, magistral, había terciado por los de antes, cortando tres orejas a toros de Núñez. Recordando sobre qué pasado se paraban los veinteañeros recién ungidos…
 

lunes, 2 de marzo de 2026

AQUELLOS SESENTA (II) - VIÑETA 600

 

VIÑETA 600
 
Aquellos sesenta (II)…
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 2 III 2026 
Diego Puerta, Gregorio Sánchez y El Viti (confirma), Las Ventas 1961. Foto: La Gaceta  

A esa década no han querido llamarla “Edad de oro”, aunque razones dio. Quizá fue por no redundar con las históricas anteriores así rotuladas; aquella 1791 - 1801 de Romero, Pepe Hillo y Costillares, o la 1910 a 1920 de Joselito y Belmonte. Tampoco la han enchapado en “plata”, como la muy heroica 1920 - 1936. No, a esta la han fundido en otro metal; “Edad de platino”.

 

Bueno, creo que la mayoría de quienes por razones naturales nos perdimos las tres primeras, pero vivimos la última, y la anterior a ella, (la de los cincuenta), y las seis que le han sucedido hasta hoy, podemos convenir, toreramente hablando, que la vitola platinada, pese a no ser eufónica, cuadra.  Está bien, al fin y al cabo, también es elemento precioso.

 

Nadie lo adivinaba cuando la cosa empezó en Cali (cuestión de fechas feriales), el 3 de enero de 1960, con el mano a mano Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez. Inicio, que también fue punto final a su “peligrosa” rivalidad del inmediato 59, apologizada por Hemingway.

 

En plaza llena, no era para menos. Calor y sol, toros de Fuentelapeña (Pinto Barreiros), pequeños y encastados, a los que el rondeño desaforado en la primacía, les cortó cuatro orejas, ante su estelar cuñado, que solo recibió una. Al otro día volvieron a coincidir allí mismo, con armado encierro de Achury Viejo (Conde de la corte), y tercería y sangre de Vásquez II. Pero ya todo estaba escrito, era cosa pasada. Amanecía otra época. La cual no sería para ninguno de los dos.

 

Pronto, el sábado 30 de abril, lo pregonó en La Maestranza, el joven Diego Puerta. Adelantado de una generación hija de la guerra civil. Y qué criada duramente sobre la arrasada España de la posguerra, venía por su lugar en el ruedo y en la vida, a como fuera. Diego salió esa tarde de la capilla, para enfrentar la corrida de Miura y dijo a sus peones: “Ojo a los quites, que esta tarde salgo muerto o rico”.

 

El berrendo “Escobero”, de 593 kilos, le dio la oportunidad de sostener con el cuero sus palabras. Tras una fiera, bella, y al fin triunfal batalla, llevaron al bravo sevillano a la enfermería, vivo aún, y luego rico. Filiberto Mira en su libro “Medio siglo de toreo en La Maestranza”, confiesa: Aquella tarde comprendí para siempre QUE EL TOREO ES EL ARTE DE LA EMOCIÓN. Así, tal cual, con mayúsculas en prensa.

 

Apenas 17 días después, Antonio Ordóñez, máxima cifra del poder amenazado, contesta en Las Ventas. Llovía, y tras confirmarle alternativa a Mondeño, recibe a “Girondino” (alias “Bilalarga”), 521 kilos, segundo de Atanasio Fernández, que va por él y le coge dos veces. La segunda, ya estoqueado. Los dos al piso.

 

Antonio Díaz Cañabate, cronista del ABC, consignó: “Toma la muleta en la izquierda y esculpe en el bronce imborrable del recuerdo cuatro naturales de prodigio… el clamor ensordecía… se va tras la espada… el toro está muerto… ¡Ahí queda una faena! Una faena indescriptible. Una faena que en la historia del toreo quedará…”

 

Sí. Cuarenta y un años después, estas dos gestas transicionales, la de “Escobero” y la de “Girondino” fueron incluidas por Pierre Arnuil e Ignacio de Cossío en su libro capitular: “Las grandes faenas del siglo XX”. Con prólogo de Camilo José Cela.

 

Ese alumbrante año taurino 1960, terminaría, de nuevo en Cañaveralejo, el 30 de diciembre. “Corrida del toro”, y otra vez con fuentelapeñas. Bernardino Landete (rejoneador), Luis Miguel Dominguín, Gregorio Sánchez, Jaime Ostos, y los jóvenes retadores Pepe Cáceres y Paco Camino, que aventajaron a los veteranos desorejando sus toros.

 

Con ellos emergerían: Curro Romero, El Viti, El Cordobés, Mondeño, Manolo Martínez, Palomo Linares, Paquirri…, la televisión, la conjunción de las masas, la internacionalización, y el abrir del tiempo a diez años que estremecerían el ruedo, porque fuera de él, también se estremecían la cultura y el mundo...

 

lunes, 23 de febrero de 2026

AQUELLOS SESENTA... - VIÑETA 599

 

VIÑETA 599

 

Aquellos sesenta…

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 23 II 2026 

 Hemingway entre Antonio Ordóñez y Pepe Luis Vázquez. Foto: Canito, La Verdad

Hacía frío y llovía sobre el aeropuerto de Barajas la noche del martes 11 de octubre de 1960. Ernest Hemingway conmovido se despedía, por última vez de España y de su veinteañera secretaria irlandesa, Valery Danby Smith. Testigo íntimo, nuera póstuma y cronista de sus tres años terminales, (“Correr con los toros”).

 

El escritor había llegado en agosto, como a recoger sus pasos, en un viaje que resultó enfermizo, amargo y triste. Yendo y viniendo tras las corridas, los lugares queridos y los viejos amigos, con la finca de su anfitrión Bill Davis, “La Consuela” en Churriana (Málaga) como base. Pero no, ya no, los alegres días no volverían jamás. Córdoba, Salamanca, Ronda, Jerez…, hasta refugiarse la última semana en una suite del central hotel Suecia de Madrid. Torturado por su psicosis alcohólica; insomnio, depresión, somatizaciones, delirios persecutorios y obsesión suicida.

 

Allí le alcanzó una pena más. Su última publicación en vida; relato por encargo de la rivalidad Luis Miguel – Ordóñez, del año anterior, “Dangerous summer”. Editado por la revista “Life” en tres entregas. Se sintió traicionado y expuesto por la recortada versión (10.000 palabras). Furioso rechazó todo: la portada, la diagramación, las fotos “que lo hacían ver como un bobo” y sobre todo el texto. Renegó el sesgo “ordoñista”, las apreciaciones taurinas inconsistentes y la infamación a Manolete, por usar “trucos baratos para cautivar el público”. Creyó que lo entregaban inerme a manos de sus enemigos. Que los tenía muchos, reales y espectrales.

 

Recuerdo haberlo leído por aquellos días, (la primera entrega), con avidez, placer y sin tales prevenciones, en un manoseado ejemplar de peluquería en Bogotá. Era yo un adolescente, seducido por su mundo y estilo literarios... Todavía.

 

Y así salió para al aeropuerto esa lúgubre noche de octubre, con la temporada también en agonía. Solo el joven Paco Camino, le había brindado uno de los pocos momentos de ilusión, quizá el único, con su toreo, en el que creyó descubrir al sucesor de su idolatrado Antonio Ordóñez, y quién a su vez, pocos días después, terminaría encabezando las estadísticas de la temporada 1960, junto a Gregorio Sánchez. Con setenta corridas cada uno.

 

Feble, avejentado, cargando sus fantasmas, abrazado a su cuarta esposa, Mary, abordó Ernest el vuelo de Iberia a New York. Ya no volvería jamás. Pero era solo un adiós físico, no el definitivo a su episódica y entrañable relación con España. Iniciada cuatro décadas antes, empujado desde París, por Gertrud Stein. Si quieres aprender a escribir sobre la vida y la muerte, ve a España a ver los toros, le dijo. Lo hizo y aprendió.

 

En 1985, Editorial Planeta publicaría la traducción al español, en libro corto, 45.000 de las más de 120.000 palabras originales del manuscrito. Era el cierre que no vivió.

 

Estaba por cumplir sus 62 ajetreados años, cuando apenas Ocho meses después, tras intenso tratamiento psiquiátrico en la Clínica Mayo, electrochoques incluidos, y ser dado de alta por supuesta mejoría, se volaría la cabeza con una escopeta de caza mayor a la madrugada del 2 de julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho.

 

Este trágico y estrambótico final de uno de los más insignes narradores de la fiesta, paradójicamente daría paso a una de las también más felices décadas de ella…

 

lunes, 16 de febrero de 2026

BORRASCAS - VIÑETA 598

 

VIÑETA 598

 

Borrascas

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 16 II 2026

Foto: lasexta.com

El toro chapaleando a campo abierto y los empresarios haciendo lo propio bajo techo. Así, hasta nevando, transcurrió la tormentosa y gélida semana en España.

 

La cual había empezado con la gala de Sevilla el lunes en “La Cartuja”, oficializando los carteles de la temporada, y presentando el debut de “Lances de Futuro”, que puso fin al secular reinado (93 años) de Pagés en las oficinas de La Maestranza. Cuánta historia.

 

Sin embargo y sin demora, solo cuatro días después, el destronado Ramón Valencia, en asocio con Toño Matilla, se postulaba para dirigir “La Misericordia” de Zaragoza. Cuyo pliego había sido declarado “inaceptable”, por su agremiación (ANOET) y demandado por Nautalia, empresa colega de Las Ventas. Disidencias. Turbulencia empresarial, en medio de la cual, otras plazas peninsulares importantes también anunciaban nuevos gestores o formatos; Valencia, Málaga, Albacete, Almería, Alicante, Guadalajara…

 

Pero volviendo a la cartelería, el alumbramiento de la sevillana, con sus 25 festejos, que irán del domingo de Resurrección, abril 5 al 27 de septiembre, y el de la mayor parte de la madrileña; marzo, abril, mayo y junio. Sumadas a las ya anunciadas de Castellón, Valencia, Olivenza… El año ha quedado planteado y la suerte echada.

 

Así está la cosa. En el papel. ¿Y cómo está en la opinión pública? Igual que siempre, polifónica. Que falta este, que sobra este, que me gusta este, que no me gusta este, que por qué este con este y no con este, qué cual…este, renovación… Bueno, lo acostumbrado. La fiesta es tradición.

 

El debutante Garzón por su lado, reunió la prensa y le dijo: Tuvimos poco tiempo, fue un milagro, quisimos complacer a todos (imposible)…, la llegada de Morante a última hora nos obligó a rehacer carteles, el cambio tendrá que esperar. Quizá el año entrante… Antonio Lorca le rezongó en El País: No tuvo tiempo para el cambio, pero sí para colocar a los recomendados.

 

Mohines aparte, un nombre sobrevuela el panorama del 2026. El de Andrés Roca Rey. De a corrida postinera en Castellón, Valencia y Olivenza por ahora, no quiso más. Incluida “Resurrección”, cuatro en Sevilla, que a unos parece mucho, e incluida “Beneficencia”, dos en Madrid, que a los mismos parece poco. Además de su efigie descamisada en el llamativo cartel oficial, que levantó algunas dolidas y no bien sufridas ampollas. Pero qué va, no os ofusquéis que mas sangre echáis.

 

Ya se sabe, en esto de vender entradas y TV, el cliente siempre tiene la razón, y el impacto cultural y la soberanía de la taquilla imponen porque imponen al espada peruano. Histórico, pero insuficiente consuelo para el acosado toreo de América. Qué por demás, luce justa representación. Casi toda mexicana.

 

Morante, (cuyo retiro no fue tal) es la gema diferencial y cotizante de la feria de abril en El Baratillo. Cuatro contratos, quizá cinco (si acepta el de San Miguel), ponen al de La Puebla en el pedestal que por cuarenta años Pagés (Diodoro Canorea) levantó para Curro Romero en el siglo pasado. Y el morantismo, al que tanto hizo llorar con su tremendo amague coletero de Las Ventas, contento, cómo no, y el resto también. Luego se supo que también irá a Jerez. Mejor.

 

Tras ellos, muy cerca, y alguno sorprendentemente hasta con más comparecencias, las otras figuras, los emergentes, los del común y los nuevos (pocos más bien). Todos elegidos en un marco (amplio) de comercialidad, concertación y meritocracia. Salvo claro, algunas excepciones de apoderamientos mágicos.

 

¿Y del toro? Casi no se habla. “Los toros están 'ahogados” reza un titular del jueves. Y en términos generales, por los carteles, lo proverbial. El duro para los modestos y el de “garantía” para las figuras. 


Epílogo luctuoso. Uno de López Gibaja mató la noche del viernes, a Eustaquio Martín “Taquito”, veterano aficionado (71 años), en la primera capea de Ciudad Rodrigo. Otro mártir modesto de la Fiesta. Pesar, respeto, Q.E.P.D.