lunes, 24 de agosto de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXVI) - VIÑETA 625

 
VIÑETA 625
 
Aquellos sesenta… (XXVI)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 24 VIII 2026
Portada libro, editorial Guadarrama.
Aunque discreta la retirada de Clarito, el quizá más formidable crítico taurino de la historia, clausura la época. Se despidió a sí mismo con solo una irónica frase, última de sus memorias publicadas en 1972: “Aquí fina mi papel de Fray Gerónimo
 
“Fray Gerónimo de Campazas, alias Zotes”, burlador de los excesos, la pedantería y el mal gusto de su tiempo. Personaje ficticio de la novela de Jose Francisco de Islas en 1758.
 
Cuando las escribió (Las memorias) Clarito había sido ya testigo y cronista de: La “Edad de oro”. La de “Plata”. La manoletista. Los tremendos cincuenta, y aquellos sesenta, dedicándole a estos los capítulos 16 al 19, últimos de su libro.
 
Lo hizo no sin antes barrer el piso con Hemingway, cobrándole las blasfemias contra su mandamiento: «El toreo está tan lleno de Manolete como los cielos y la tierra de la voluntad de Dios». Llamando al premio Nobel con argumentos; chiflado, escritor pobre de mal oído, y aurea mediocritas.
 
Después de tal ajuste de cuentas, acomete Clarito el recuento de su final década crítica, la que nos ocupa.  La memoria del ilustre riojano hace cuerpo con mis recuerdos y los enriquece. Cómo esquivar sus conceptos, evaluaciones, frases que han trascendido, repetidos hasta la saciedad, hasta ser convertidos en adagios, en lugares comunes como sucede con todos los clásicos. Como no volver una y otra vez a su clarividente prosa. Como soslayarlo en esta o ninguna otra evocación. Así comienza:
 
Antes de irse los años cincuenta dan a luz, para que sienten sus reales en la época venidera, tres toreros de alternativa –Mi pluma veterana se resiste a usar el viejo apelativo matador de toros”. Diego Puerta, Curro Romero y Paco Camino.
 
Del primero dice: —Puertita— sume su alegre pinturería en un carácter volcánico. Su toreo, al rojo, eleva y realza su breve estatura. Lejos de salirle la sangre buena por las heridas, se levanta encorajinado, sobrándosele el valor por encima de la montera. Recrecido en vez de rebajado por el cruento rosario de cornadas, se la juega una y otra tarde con un toro y otro, sin distingos ni reparos. No existe en los anales de la torería de altura rastro ni huella de un valiente semejante…Puerta —casado, con hijos y una buena fortuna— continúa sostenido por su inmarcesible coraje y guiado por sí mismo, entre las primeras figuras de 1971…
 
Del bombeado arte de Curro Romero —para mi inédito aún, y nunca tendré ocasión de apreciarlo en todo su esplendor— me quedo ayuno y escasamente me es permitido juzgar sino figura y apariencias… Puesto a torear, los toros de larga embestida le hermosean el viaje y los remisos le atosigan.  Pero muy bien compuesta la figura, el armonioso movimiento de los brazos, su ritmo su cadencia, consigue con los toros que colaboran al remate de las suertes lances y pases que le crean una fantástica personalidad y un sonoro romance…
 
Y el tercer hombre —primero en facundia y vena artística— de este fin de década, el otro camero, flor virtualmente abierta en 1960, al menos a mis ojos, se llama Paco Camino y es un garboso chaval andaluz, bien hecho, conformado en la talla justa, bien parecido, moreno y sevillano. Y sevillano su corte torero: un fino espécimen de la bella escuela… ¡Ah!, sí, fino artista, gran torero y perfecto matador que, cuando aquellos raramente tenidos hoy por virtuosos del estoque trucan la suerte, él alguna vez —varios San Isidros le anotan la estocada más pura—, perfilado en el centro de gravedad, la espada a su nivel canónico, la muleta discurriendo a ras del suelo, ejecuta clásicamente el volapié…
 
Y sigue: Cuando El Viti, matador de buenos modos toreros y prurito pro matar bien, vino a os toros me iba yo a casa. Pude contar poco de él. La afición, el mundo taurino y poco más o menos todo el mundo pendía de un novillero revolucionario, de El Cordobés.
 
El caso de El Cordobés —no inexplicable. Pero poco explicado— va a constituir en los anales del toreo todo un caso… adelantado de hippies y Beatles simboliza la época en perspectiva descocada y minifaldera… Quienes pregonan que ha levantado la fiesta, confunde la fiesta con el espectáculo, que a mi particularmente me crispa los nervios…
 
Sin embargo, Feria de Sevilla (junio13 de 1968) —presencio asombrado, embebido, embelesado la revelación de El Cordobés en una tarde no de padre y señor mío sino de a mí me pesa, pésame señor… dos faenas a dos toros de Carlos Núñez, bravos…, bien hechos, bien armados; con el trapío todavía exigido en La Maestranza. ¡Toros y torero! Arte serio y buen arte. Unidad de medida. Apertura reposo y mando. Ligazón y remate de los pases. Clasicismo y clase. ¡Santo Diós! Me revengo contrito—, yo estoy equivocado. ¡Es un artista! ¡Es un tío!
 
Antes de la frase final de sus memorias dejó otra lapidaria: “Triunfar sin peligro es triunfar sin gloria! Clarito murió en Madrid, trece años después. Vivió noventa y seis entre las épocas de “Guerrita” y “Espartaco”. Estuvo antes y después de Joselito, Belmonte, las plazas monumentales, el peto, la puya tricorte, la espada de juguete, la penicilina, el tremendismo, el toro “destremendizado”, los veedores, la selección del dócil, el utrero, el afeitado, la "bastarda simbiosis crítica-publicidad", y el “más festival que fiesta”.
 
Testigo secular, a regañadientes, de cómo, lidia, combate, arte, toro, toreros, públicos, plumas, modos, modas, normas, gustos... fueron supeditándose al mercado. Íntimo confidente del toreo, guardián de sus cánones, lo amó, lo pensó, lo defendió denunciando sus males, glorificando sus virtudes, y lo hizo citando, describiendo, relatando, probando más que predicando.
 
Cronista maestro, reverenciado y temido, jamás escribió para la gran prensa. No lo necesitó. Desde sus medios de menor tirada, “The Kon leche”, “Liberal” e “Informaciones” levantó su taurología. Ministro de la república española (Comunicaciones 1934). Preso político, dato que aparece minimizado en las biografías bajo su dimensión de crítico e historiador taurino.
 
Sus “Memorias”, texto grandioso y obligado a quienes pretendan afición y comprensión, deja que los hechos hagan la teoría...
 
Al bizarro “Pepete” glosando los quiebros del “Gordito”; “Tú jases títeres”.
 
O el joven Luís Miguel, abrumado por la espectacularidad, los efectos y los adornos de Arruza, preguntar al retirado Belmonte –¿Qué puedo hacer yo ante todas esas cosas?
Y al Pasmo responder –¡Pues torear! Que… que… es lo que no se ha hecho en toda la tarde.
 
César Jalón Aragón “Clarito”, pasó templada, larga y lentamente por la fiesta iluminándola. Cuando el bravo, el valor y el honor hayan sido extinguidos, podrán ser evocados en sus escrituras y el culto vivirá.
 

lunes, 17 de agosto de 2026

MINUTO Y MEDIO - VIÑETA 624

 
VIÑETA 624
 
Minuto y medio…
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 17 VIII 2026
 
Rescate de un bebé entre los escombros, Cali. Fotograma TV
El lunes pasado, a dos horas de haber enviado mi anterior viñeta, la tierra tembló. Permanecía en la biblioteca del segundo piso de mi casa, trabajando, descalzo, sin camisa, con solo una pantaloneta. La noche y la madrugada habían sido calurosas.
 
Al principio la silla se meció suavemente sobre sus rodachinas. Los gritos de mi mujer alertaban pidiendo que saliéramos —Calma, calma, ya pasará —le dije seguro, tratando de serenarla. Los temblores leves aquí no son raros.
—¡No! Salgamos, salgamos ya —me ordenó angustiada, mientras echaba mano del celular, arrancaba el cargador del enchufe y corría gradas abajo.
 
Sonreí. Pero a través de las persianas en vaivén, vi que la copa del árbol frente a la ventana se sacudía como azotada por el viento. Los pájaros de aquella y de otras ramazones, volaban trinando en desbandada. Dante, mi perro, ladraba nervioso y corría de un lado a otro, como queriendo avisar, quizá sí. Los vecinos salían a la calle confundidos, mirando en diferentes direcciones. Algunos con prendas leves y pijamas, una señora tenía colocado el sostén al revés sobre la blusa. El vigilante había disparado la sirena de alarma y más allá otras ululaban. El clamor, los chillidos, los ladridos, las invocaciones, el ruido sordo de la tierra y las cosas aturdían.
 
El trepidar in crescendo de todo se hacía frenético, caían libros, cuadros, portarretratos, botellas, la casa estremecida, como sacudida por las manos de un gigante loco, crujía. También los vidrios, los estantes. Los muebles patinaban como sobre la cubierta de un barco en la tormenta.
 
Me incorporé y corrí por un pantalón que me puse tratando de mantener el equilibrio. Abroché un canguro el cual mantengo a mano con cosas esenciales para mis paseos matinales con Dante. Agarré de carrera una camiseta del perchero y me la fui poniendo con gran dificultad mientras rebotaba entre la pared y el pasamanos.
 
En la puerta exterior, Imaginé que el balcón y el tejado se nos venían encima. Gritábamos a nuestra hija que saliera, y ella, con uno de sus gatos, “Lulo”, bajo el brazo se internó hacia el patio trasero buscando al otro y diciendo: Sin “Tutú” no me voy. —No pudimos detenerla. Cuando ganamos la calle, buscando alejarnos de las zarandeadas edificaciones y las cuerdas primarias de la electricidad, el pavimento ondeaba, los postes bailaban y el tendido de cables culebreaba.
 
Una señora negra y gruesa que pasaba, no conocida, no vecina, se arrodilló con los brazos en cruz orando y suplicando a gritos. Los mangos maduros de en frente caían como aguacero, la calle se cubrió con ellos. La implorante, se levantó de repente, sacó de su bolso una talega plástica y comenzó a llenarla de fruta sin dejar de rezar.
 
Levanté la vista hacia el edificio de doce pisos, una cuadra tras de mi casa, donde habita mi nieto con sus padres en el noveno, y lo vi surfear como barco en lontananza. Sentí miedo por él, por todos y esperé lo peor. Arriba, a la izquierda, sobre las estribaciones de la cordillera occidental, las altas torres de apartamentos parecían querer venirse con ellos en avalancha. El caos y la sensación de acto final eran generales.
 
De pronto, tras un eterno minuto y medio, todo se fue calmando, calmado, como por encanto. Y unos con pavor, otros con risa comenzamos a mirarnos las caras, a darnos cuenta de que habíamos sobrevivido y a preguntarnos por los que no veíamos. Los acabados de las fachadas y tejas de algunas casas se habían desprendido sobre los antejardines. Revisamos la nuestra estaba milagrosamente intacta.
 
Tratamos de llamar por teléfono a los parientes y amigos. No había comunicación. Tampoco Internet. Entramos aun inseguros. “Tutú” que se había escondido no supimos dónde, apareció como si no hubiese pasado nada. Tampoco había energía ni agua. La puerta del garaje no funcionaba. Ruby volvió a salir apresurada con Mar hacia la avenida 52, en busca de transporte para ir a comprobar el estado de su madre. Luego me enteré de que lo halló pronto, un viejo y amable taxista que huía la llevó y la trajo. Mi suegra estaba bien, solo aterrorizada.
 
Me vestí, busqué mi pequeño radio inalámbrico, ya nadie los usa, yo, solo en las transmisiones de las corridas, y mientras escuchaba los primeros informes de intensidad y extensión del terremoto, me dirigí con Dante a buscar mis familiares más cercanos: hijo mayor, nuera y nieto.
 
Ansioso recorrí el callejón, crucé la avenida, doblé la esquina. Fuera, la multitud evacuada hablaba simultáneamente, miraba y señalaba los pisos superiores. Pregunté por los míos al portero quien me informó que el citófono y los ascensores no funcionaban, y me pidió no entrar, sugiriendo que buscara entre la gente agolpada en la ancha zona verde. Lo hice sin encontrarlos. Por lo menos el edificio está en pie, me dije, sin dejar de pensar en los otros.
 
De regreso, los hallé fuera de mi casa. También me buscaban. Nos abrazamos —¿Te dio susto? —pregunté a mi nieto. —No, igual se muere uno ahora que después, pero mi mamá se disgustó porque no me asusté —se quejó extrañado.
 
Nos fuimos casa tras casa de familiares. Salvo pérdidas materiales, desalojos y conmoción, se habían salvado. De regreso a la mía, mucho desorden. Marcos y cristales rotos, caros recuerdos por el suelo… En el bar del fondo, caídos y maltrechos, los carteles de Manolete en Linares 1947…, de Paquirri en Pozoblanco 1982…, de Pepe Cáceres en Sogamoso 1985…, El dedicado de Rincón en el Puerto de Santa María 1992… Recogiéndolos uno por uno y apilándolos contra la pared, recordé la frase de Antonio Caballero: “No hay gloria más gloriosa que la de un torero”.
 
Por los audífonos me llegaban las noticias:  devastación de una gran zona del país; Chocó, Caldas, Risaralda, Quindío, Valle del Cauca…, muertos…, desaparecidos…, solidaridad masiva, inmediata, espontánea, desesperada, escarbando escombros con uñas, baldes, palas…, dolor, lágrimas…, un bebé rescatado vivo bajo el cadáver de la mujer que lo había protegido con su cuerpo hasta el último aliento…, y claro, como en toda catástrofe, también algunos alardes de impiedad, oportunismo y grotesca vanagloria…
 
Subí a donde estaba cuando todo empezó. Comencé a recoger libros, levanté los “Ensayos de Montaigne”, y en ellos con el marcador aun entre las páginas de su “Apología de Raimundo Sabunde”, releí el clásico y amargo párrafo de hace 450 años:
 
“¿Quién ha convencido al hombre de que este formidable movimiento de las bóvedas celestes, la luz eterna de esas antorchas que giran con tanta fuerza sobre su cabeza, las espantosas sacudidas de ese mar infinito, han sido establecidos y permanecen durante tantos siglos para su conveniencia y servicio? ¿Es posible imaginar algo más ridículo que esta insignificante criatura, que no es dueña ni de sí misma, expuesta a los ataques de todas las cosas, se diga dueña y soberana…?”

lunes, 10 de agosto de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXV) - VIÑETA 623

 
VIÑETA 623
 
Aquellos sesenta… (XXV)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 10 VIII 2026
 
 “El Cordobés y “El Pipo” 1960. Foto: ABC
El 16 de octubre de 1960, Rafael Sánchez “El Pipo” presentó en Córdoba, frente a novillos de Sánchez Cobaleda, un torpón albañil, medio truhan, de 24 años, precedido de cierta aura suicida; “El Renco”.
 
Al terminar el festejo preguntaron al maestro Juan Belmonte García, quien había ido a presenciar la novillada con su amigo Rafael Gómez “El Gallo”, qué opinaba del curioso debutante. Con toda su parquedad, “El Pasmo de Triana” respondió: “Pues que debutó con caballos, llenó la plaza y cobró cuarenta mil duros.
 
Esa tarde moría “El Renco” y nacía “El Cordobés”. Personaje creado para la imaginación, la emoción y el boom de los sesenta, por el ingenioso vendedor de mariscos, apoderado y amigo entrañable del extinto Manolete,
 
Veintisiete años después, el torero reconocería en el funeral de su mentor: «Todo lo que soy y he sido se lo debo a él». Y lo hizo con modestia y grandeza. Honrando la triste ocasión, al omitir su parte, e ignorar los agravios de que fue objeto en el libro “Así fue…” con el cual El Pipo había desfogado tardíamente contra él su amargura por la temprana ruptura de 1962, antes de la alternativa. Lo cual le impidió participar de la inmediata explosión de masas y riqueza de su hechura, disparada al infinito luego. Cierto, habían sido apenas dos años de obra, pero le bastaron para marcar con ella la historia.
 
Cómo tantos, yo vi antes a El Cordobés de novillero en el cine que de torero en el ruedo. Cuando esto sucedió ya me había tragado su slogan “solo ante el peligro”, y las noticias de su rebelión e ironía, de su desmelenamiento, de su tauromaquia insumisa, de su desprecio a la muerte, de su impacto de masas, y de lo mucho que le pagaban a él, cuando a otros les cobraban por torear.
 
Todo eso me embargó e identificó. Forme parte de lo que Luján llamó luego “ese público sugestionado”, en pro y en contra, ninguno indiferente. Cómo no seguir ese relato ceniciento, milagroso, épico, que nadie con tanto encanto como El Pipo había tejido ni volvió a tejer en el toreo. Los de hoy son nada más que imitaciones. ¿Pero, habría calado igual si todo hubiese resultado falso? ¿Si la imagen no se hubiese correspondido con el ser de carne y hueso? ¿Si frente al toro y la gente no fuese como frente a las cámaras y la fama? Fue más.
 
Hay quienes mal dicen que El Cordobés fue solo producto de la publicidad, y otros, incluso han preguntado ladinamente: ¿Qué hubiera logrado “El Pipo” si hubiese apoderado a Joselito, Juan Belmonte, Luis Miguel o Antonio Ordoñez?  
 
Bueno, el hecho es que fue más, y que después El Pipo también apoderó, sin alcanzar ese furor, a toreros de gran talento y arrojo como: José Fuentes y Curro Vázquez, y a otros no mal dotados como José María Clavel, José María Montilla, Paco Pallarés, “Espartaco” (padre), Manuel Capetillo y José Ramón Tirado...
 
Sí, los años 60 fueron la “Edad de Oro” de la publicidad, y con ella otros Boom concurrieron, por ejemplo: El literario latinoamericano. El Pop art en la música, la pintura, la arquitectura, el cine… El estructuralismo en filosofía, ciencia y crítica. La reivindicación de los derechos civiles en todas partes. El feminismo, la liberación cultural, política, sexual. La sicodelia, la minifalda, la píldora… ¿Acaso fue todo eso, incluido el toreo de aquellos años, producto de la publicidad? ¿O fue la expresión del espíritu de la época, el resultado de un estado de cosas, de un malestar en la cultura, como diría Freud, al cual se sumó ella?
 
El portal Marketingdirecto.com encabeza una breve nota histórica con este titular: “Los Beatles y la publicidad, ¿quién inventó a quién?”. Claro, Andy Warhol era publicista y actor, pero su celebridad, favorecida por ello, se la debe a su pintura. ¿Vale preguntarse ahora, qué hubiesen logrado los primeros editores de: García Márquez, Cortázar, Fuentes, Donoso, Vargas Llosa, Rulfo…, si en vez de promoverlos a ellos lo hubiesen hecho con otros escritores?
 
¿Cien Años de soledad, Rayuela, Pedro Páramo, La región más transparente, La ciudad y los perros, El obsceno pájaro de la noche… no serían las novelas que son? ¿Y la reivindicación de los derechos fue causada por la publicidad o por su crisis?
Puerta, El Viti, Camino, El Cordobés, Curro, y los tardíos sesenteros como Paquirri, Palomo, Dámaso, Benjumea, Márquez, Martínez, Teruel… no llenaron la época solo por la sagacidad de sus apoderados y el manejo del mercadeo. La llenaron fundamentalmente, porque su personalidad, arte y emoción interpretaron la sociedad de su tiempo, coparon el imaginario y la cautivaron. Aparecieron en el sitio y el momento precisos, para encontrarse con la circunstancia precisa.
 
La publicidad da visibilidad, ilusiona, manipula perceptual y neuralmente, cierto. ¿Pero sin ella no gustaríamos aún de “Yesterday”, “Let it be”, “Get back”? ¿No amaríamos todavía el recuerdo de John, Paul, George y Ringo? ¿No añoraríamos las chicuelinas de Camino, la majestad de El Viti, la desfachatez de El Cordobés? 
 
Lo que generalmente pasa es que, si lo publicitado no se sostiene a nivel de las expectativas creadas, la mentira más temprano que tarde se difumina en el abandono de las masas consumidoras. Es parte de lo que la economía llama autorregulación del mercado, la política democracia y la ciencia el avance del conocimiento. Generalmente digo, no siempre. Hay espejismos, ilusiones, utopías perennes.
 
Creo que los jóvenes de aquellos años también estábamos listos, en el sitio y momento precisos para descubrir sobre el ruedo muchas de las representaciones que nuestras objetividades y subjetividades reclamaban, y sugestionados o no, sembramos allí nuestra afición fresca. Qué luego la vida se halla encargado de írnosla curtiendo, es otro asunto.
 
Kant es Kant, entre otras cosas, porque develó lo evidente: que el conocimiento no es copia de la realidad sino construcción activa de la mente. La ciencia, la filosofía, el arte, incluido el de torear por supuesto, lo prueban todos los días.
 
Pero quizá, si hoy a esta edad, volviésemos a presenciar por primera vez aquellas corridas que nos estremecieron entonces, no reaccionaríamos igual. Quizá. El toreo es arte fugaz.

lunes, 3 de agosto de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXIV) - VIÑETA 622

 
VIÑETA 622
 
Aquellos sesenta… (XXIV)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 3 VIII 2026
 
Néstor Luján. Foto: M.G., Diario de Sevilla
Confrontar con otros testigos el recuerdo, siempre parcial y subjetivo, generalmente conduce a una suma de subjetividades parciales. A un collage de retazos perceptivos.
 
No existen copias exactas de la realidad. Una del mundo tendría el tamaño del mundo. Una de diez años lejanos duraría diez años. Borges bromeó con esa paradoja: “Y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”.
 
Imagino qué si los historiadores hubiesen alcanzado esa plenitud, tampoco habrían encontrado suficientes milenios en los cuales acomodar su relato. Imposible reconstruir el pasado tal como fue. Y sigue siendo así, aunque busquemos apuntalar nuestra pobre memoria con otras más autorizadas por la conveniencia, el consenso y la tradición. Eso es lo que hay; aproximaciones, mitos, leyendas, literaturas, historias, pedazos a escala…
 
En 1967, plena década, Néstor Luján justificó la segunda edición de su ya clásica “Historia del toreo”, que reconoció tributaria de la enorme y a la vez sintética enciclopedia de Cossío, con el agregado de un último capítulo que arranca desde 1954, fecha de la primera edición. Es el VII de la segunda parte, y lo titula: “El público de toros deja de ser ibérico (Los tendidos babélicos)”.
 
Fenómeno cierto, que se dio en las plazas españolas (y no españolas), atribuido a coincidencias culturales, políticas y sociológicas también aquí ya recordadas. Y al que el autor culpa de las desgracias de la fiesta, y, posteriormente, de su propia renuncia: “El espectáculo taurino ha quedado reducido a una manifestación folclórica de cara a un público extraño”. Y clama: “… la fiesta de los toros siempre había sido del gusto de una minoría muy concreta”. Tenía 45 años cuando lo publicó. Era un gran lector, erudito, bibliófilo, cronista, escritor gustoso, y por esos días lo que se dice un aficionado terminal. Después no volvió a ir a los toros ni a escribir sobre ellos.
 
Su libro de 440 páginas, en formato mayor, despacha a Paco Camino, entonces en la cumbre, y a Diego Puerta con poco más de una línea para cada uno. En la de este: “Le llaman “Diego Valor”, de una tenacidad en el éxito encomiable, que le hace un torero aplicado y brillante.” Del primero: “El sevillano Paco Camino, torero evidentemente artista, aunque contra opinando con la mayoría de los aficionados, nunca nos acabó de gustar.”
 
A El Viti, con un poco más de prolijidad, lo aprueba con honores: “Torero completo, ponderoso, firme, de un arte serio y reposado, dominador y austero… Lo más notable de su personalidad y esto le diferencia de todos es que es un magnífico estoqueador a la antigua usanza… el mejor matador desde Manolete y supera a este en seguridad y le iguala en estilo.”
 
A El Cordobés, por inevitable quizás, dedica escrupulosos párrafos enteros. Le llama: “Fenómeno publicitario…, uno de los componentes de su éxito. El otro es sin duda alguna su personalidad… valeroso, afectado, impasible, no se le puede negar un valor, unas maneras de estar en la plaza peculiar y atractivo. Pero no es el torero que pueda agradar a los aficionados ni a los críticos... arrastra sin duda alguna al público sugestionado… torea cuanto quiere y a precios fabulosos.”
 
A cambio, y sobre todos los que reseña en este aparte, se detiene rendidamente en Antonio Ordóñez, de quien sin embargo señala su declive a partir de 1961:
 
La calidad de su toreo, raramente habrá sido superada ni aún por la depuradísima generación de los Gitanillo de Triana, Los Cagancho y los Victoriano de la Serna, o, más hacia nosotros de los Manolete y Pepe Luis. Con la capa, Antonio Ordóñez anula los mejores… Con la muleta…, posiblemente con Manolete y Silverio Pérez, el que ha poseído más emocionado temple… En la difícil facilidad su toreo ha aunado las virtudes antiguas con el espíritu moderno… Con la espada, displicente y desaprensivo suele matar muy mal… Ya en las temporadas 1960 y 1961, sin enemigo apreciable, rebajó y ha congelado sus faenas reduciéndolas a un puro trámite ante un torito inerme…”
 
Así quedan la época, el toreo, los ídolos y el público de entonces. Luján, era catalán, de Mataró, vivió en Barcelona, ciudad que llegó a tener tres plazas funcionando. Allí principalmente vio las corridas que fueron material de sus crónicas e historias. Nadie, ni aun en esta época del internet inteligente puede tener una visión universal. Pero el criterio, el estilo de su temporal afición, la elegante claridad de su prosa y el placer que depara su lectura, han convertido en excepcional la subjetividad del docto, caballeroso y jovial gourmet y bon vivant.
 
Excepcional, no infalible, no indiscutible. Por ejemplo, mis juveniles recuerdos (directos) coinciden mucho con su semblanza de Ordóñez, El Viti, y aún con la de Puerta pese a su displicente laconismo. Más no con su disgusto por Camino, con la descalificación del Cordobés, ni en particular con su rechazo a la que fue herencia mayor de la época; la internacionalización de la fiesta. A la que sube a la picota en su capítulo final, “los públicos babélicos”. Misma que alude por contra el también coetáneo poeta Gerardo Diego (1966):
 
“El Cordobés”
es el toreo en inglés,
en danés
y en pequinés
y en volapuk y sin mover los pies.
¿Si no te quitas tú te quita el toro?
A “El Cordobés” el toro no le quita.
“El Cordobés” imita la mezquita…
 
¿Cómo compartir la negación a esa nueva generación feligresa que llenó los sesenta en todo el mundo? ¿Cómo aceptar la segregación, si para los que hicimos parte de ella, ahora, evocada desde la vejez, representa la infancia y la edad de la razón de nuestra afición?
 
El reclamo de origen, de blasón, de pureza de sangre en los tendidos, con los cuales dicho sea de paso la fiesta ya no existiría, invita para bien y para mal el sarcasmo de Borges en 1943: “Los españoles que (épicamente) se proclaman nietos de los conquistadores de América, están equivocados: los nietos somos los hispanoamericanos, nosotros; ellos son los sobrinos.”

lunes, 27 de julio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXIII) - VIÑETA 621

 
VIÑETA 621
 
Aquellos sesenta… (XXIII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 27 VII 2026
 
Cogida mortal de José Falcón por “Cuchareto” en Barcelona. Foto: historiadeltoreo.com
Contando años, estamos hoy tan lejos de aquella década como esa lo estaba de la inicial del siglo pasado. La misma distancia.
 
¿Pero lo sigue siendo al medirla no con la escala del almanaque sino de los hechos, la cultura, la ciencia, la sociedad, las costumbres, las modas? ¿Resultan así calculadas tan equidistantes las tres épocas? El tiempo es una convención relativa, lo supimos pasada la primera, (Einstein 1915).
 
Hasta poco antes de la teoría, entre 1900 y 1910, cuando aún el tiempo y el espacio eran absolutos, la historia corría más lenta y el imperio español se liquidaba; Fuentes, Bombita y Machaquito marcaron la década oficiando la tauromaquia propia del siglo XVIII. La que setenta años antes, en la Escuela de Sevilla Pedro Romero había transmitido a Desperdicios, Cúchares, Paquiro (reglamentador)... Se lidiaban broncos miuras, veraguas, Pablorromeros, aleas…, en plazas que no anunciaban peso ni edad. No tenían estribo en las barreras, burladeros, peto, cruceta, ni ayudado. Las enfermerías, donde las había, eran rudimentarias y la anestesia, cirugía, medicina en general incipientes. Poco más que un consuelo. Ni se sospechaban los antibióticos. El promedio mundial de vida era de 32 años. La muerte era más fácil.
 
Baste repasar a esa fecha el grueso martirologio de la fiesta, modestos aparte: José Cándido Expósito, los hermanos Romero: Gaspar y Antonio; Pepe Hillo, Curro Guillén, los tres “Pepete”: José Dámaso, José Rodríguez y José Claro; los hermanos Fabrilo: Julio y Paco; José Gaviño, El Espartero, Dominguín…
 
En la mitad calendaria, 1960 a 1970, surgieron y marcaron el paso: Puerta, Camino, El Viti, El Cordobés. Con sus versiones personales de la tauromaquia descubierta por Belmonte, y sofisticada al compás del tiempo por Chicuelo, Manolete, Domingo Ortega, Ordóñez… Lidiando los hierros de tradición, más los Murube, Santa Coloma, Parladé y los Domecq que ya instalaban predominio.
 
Con obligatoriedad reglamentaria de anunciar peso y edad. En plazas con estribo, burladeros, cruceta, peto, ayudado, enfermerías a ley (no en todas partes). La anestesia, cirugía y medicina en general habían avanzado mucho. Se disponía de antibióticos diversos, conocimientos, destrezas, ayudas diagnósticas y terapéuticas insospechadas. El promedio mundial de vida subió a 53 años.
 
No ante el toro, pese a todo, como hicieron ver las muertes gloriosas acaecidas en el intervalo: Joselito, Granero, Litri, Sánchez Mejías, Gitanillo de Triana, Carmelo Pérez, Balderas, Carnicerito de México, Manolete...
 
Luego la velocidad se hizo vertiginosa. Pasaban más cosas en un año que las acontecidas en milenios anteriores. Salimos al espacio y entramos más allá del átomo. Proliferamos, nos ultra comunicamos, atosigamos la atmósfera, cambiamos el clima, hicimos artificial no solo la inteligencia sino la realidad, la verdad, y justificamos cualquier cosa. Legado y secuela.
 
Ahora, del 2020 al 2026 rigen: Roca Rey (peruano) entre lo sutil y lo tremendo, acompañado por Morante quien prolonga su vigencia (vintage) de tres décadas, y por quizá Ortega con su episódica sublimidad. Imponen su variedad de estilos aprobada por la posmoderna demanda, y pulida por sus predecesores; Capea, Espartaco, Ponce, El Juli…, uno tras otro en el altar.
 
Torean casi exclusivamente sangre Domecq, casi porque las otras se reservan para los gestos que demandan las particularidades del mercado y el resto para los menos remilgados. A los ruedos de pro, el toro sale más grande, pesado, adulto y en todas partes genéticamente menos fiero. Las enfermerías están superdotadas y con disponibilidad de traslado inmediato. La técnica médico-quirúrgica desborda la ciencia ficción. La muerte se hizo antinatural, injustificada, imperdonable. Promedio mundial de vida 74 años.
 
Y aunque a tenor de los tiempos que corren las cosas han seguido empujadas a favor de la sustitución del riesgo por su representación, las cogidas mortales de los connotados en el sexagenio: José Mata, Antonio Bienvenida, Joaquín Camino, José Falcón, Paquirri, El Yiyo, Pepe Cáceres, Víctor Barrio, Iván Fandiño, El Pana…, siguen atestiguando que la corrida no ha perdido su trágico dogma sacrificial.
 
En los medios de este ruedo de 120 años, quizá más allá, quizá más acá, dependiendo de quién y con qué mida, quedaron aquellos sesenta. Para quienes los vivimos, permanecen como un deslumbramiento, como una inflexión biográfica. Y si en la plaza los sobrevivientes de aquello nos miramos y oímos tan mutuamente distintos e idénticos con los de hoy, como entonces nos mirábamos y oíamos con los sobrevivientes del 1900, es porque siempre fue así. Cuando concurren el toro, el hombre y el toreo surgen el misterio y la intuición común de divinidad. Cambian los tiempos, cambian las formas, la esencia no. Está escrito.
 
En 1908, José de la Loma “Don Modesto” lo hizo de Bombita: “Tu es Petrus”, dijo Jesucristo a su primer discípulo. “Tu es Bombitus”, dijo ayer la afición al proclamar sumo pontífice del toreo a Ricardo Torres. La silla de Montes (Paquiro), vacante desde 1899, cuando el Papa Guerrita abandonó la jefatura de la tauromaquia, fue ocupada ayer... Ya tenemos Papa…, cada uno de sus naturales fue una encíclica.”
 
El 20 de mayo de 1964 Gonzalo Carvajal notarió a El Cordobés: “Sevilla lo consagró como genio del toreo, como un nuevo Belmonte, porque Huracán Benítez en sus dos toros (tercero, “Mariscal”, número 75 y sexto, “Bancalero”, número 74) (a los que cortó cuatro orejas y un rabo), fue, y lo digo sin empacho el torero con cuya existencia soñó el Pasmo de Triana.” Y él apostilló cincuenta y seis años después: "Dios tocó a algunos toreros con la varita, pero a mí me cogió en brazos…, yo fui el Papa del toreo."
 
Y el pasado 16 de abril del 2026, Antonio Lorca publicó en El País: “Morante, dios del toreo. El torero sevillano perdió los máximos trofeos al pinchar una explosión de improvisada genialidad ante una Maestranza enloquecida… Si tuvieron la fortuna de ver la corrida, quédense con lo vivido, con esa misteriosa conmoción colectiva que se apoderó de La Maestranza de la mano de un genio llamado Morante de la Puebla.”
 
Sí, la tauromaquia es una religión, quizá la más vieja, y en ella los feligreses podemos cambiar el hábito, el gusto, la época, el modo, pero no el dogma.
 

lunes, 20 de julio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXII) - VIÑETA 620

 
VIÑETA 620
 
Aquellos sesenta… (XXII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 21 VII 2026
 Andrés Hernando y El Cordobés a hombros en las Ventas, Beneficencia 1964. Foto: El Adelantado 
Entre las muchas escenas que persisten de aquellos años, una más que otras. Ocurrió en Cali, el 26 de diciembre de 1965, en los instantes finales de la primera corrida de la feria.
 
Entonces comenzaban más temprano y al terminar, el sol aun pegaba de frente, contra el tendido y su porción de ruedo. Me veo entre el gentío, contemplándola desde una fila alta, no recuerdo cual, ni en compañía de quien. Tampoco algunos detalles que hoy agrego, recuperados de archivos. La memoria visual pura, enfoca sobre lo que sucedió en ese pedazo de arena soleada durante aquel epílogo tenaz. Casi todo lo demás es bibliografía.
 
La feria empezaba muy envalentonada pues recientemente y por primera vez un equipo de la ciudad (el Deportivo Cali), había ganado el campeonato nacional de fútbol, qué a diferencia de este siglo, solo era uno al año. Vanidad y fanfarronería que a gritos y vivas se manifestaba por todas partes. Aún en la plaza incongruentemente, con réplicas airadas de los litúrgicos taurinos y los inconsolables hinchas rivales.
 
El cartel había sido premeditado como para garantizar un inicio exitoso y taquillero. Lo integraban tres toreros respaldados por prestigio y vigencia. Dos figuras y un debutante:
 
El venezolano Curro Girón, quien regresaba seis años después de haber obtenido un triunfo jamás igualado en esta plaza; cuatro orejas y dos rabos con toros de Achury Viejo (Conde de la Corte), refrendado con otra puerta grande a los ocho días, y el trofeo de la feria. Ausencia larga e inexplicable, durante la cual había encabezado por dos años (59 y 61) el escalafón en España. Su toreo festivo calzaba perfecto con el talante de la afición local, además, casado con la caleña Marlene Lozano se le consideraba propio.
 
Le secundaba Paco Camino, ídolo caprichoso y consuetudinario de la feria, en cuyos anales había dejado inscrita la mítica faena de “Sangreazul” dos años antes, y que encabezaba las estadísticas de la temporada mundial después de su antagonista El Cordobés.
 
La novedad era el debutante Andrés Hernando. Segoviano de veintisiete años con fama de toreo seco, valeroso y a tiro de pitón. En su aval del año anterior, lucían la Puerta grande de Madrid junto a El Cordobés en la Corrida de Beneficencia, y el trofeo de la Feria de San Ignacio en Linares, conquistado cortando las dos orejas y el rabo de un Miura en el aniversario de Manolete. Tenía toreadas 50 corridas ese año y ocupado el octavo puesto de las estadísticas. “Un relumbrón en la oscuridad”, había escrito de él Díaz Cañabate.
 
Los toros de Vistahermosa, ganadería bogotana de casta Santa Coloma (2.700 metros de altura), salieron pequeños, cornicortos, peleones con los caballos, malgeniados en la muleta, negados a regalarse. Hicieron la tarde dura.
 
Con ellos, Girón lució en banderillas, varió y mató bien, dando una vuelta entrañable. Ya en punto de cerrar la corrida, solo Camino y su joven sabiduría habían logrado cortar una oreja del segundo, mientras el tercero, Hernando, nuevo en la plaza, se había ido en blanco con el de su presentación y ahora se jugaba entero contra el más avisado de todos, el sexto, ante la silenciosa comprensión de unos y la ruidosa incomprensión de otros.
 
Lo tengo presente, lo veo muy bien, como si fuera hoy. Verde manzana y oro, corta estatura, ancho tórax, ojos y pelo claros, frente muy amplia, tez blanca sudorosa y congestionada. Ofreciéndose a cambio de arranconazos, tratando de conducir, de ligar suertes, larga y sufridamente, indiferente al ruido, absorto en la brega. De pronto, en el vaciado de un natural el vistahermosa revolvió, lo prendió por la entrepierna, lo izó, lo zarandeó como muñeco, lo tiró a la arena y lo asaeteó en ella, antes de que los tardíos y desesperados capotes le quitaran.
 
Lo levantaron, desastrado y sangrante. Querían llevárselo, era imperativo. Protestó y rechazó brazos. Arrancó la muleta y la espada de manos del peón, echó a todos, y volvió a la cara del toro. Obstinado, lo pasó una y otra vez, en medio de las ahora sí ovaciones solidarias, que incluían a los ha poco intolerantes. No había sonado la música. Sin esperanza de triunfo, la igualada fue angustiosa. El animal emboscado, miraba y buscaba. Él, esperando con el puño del estoque frente a sus ojos, agitando por abajo el trapo, las piernas abiertas y el chorro de sangre haciendo un charco que brillaba por el sol entre sus pies. Esa es la imagen.
 
Ya era estudiante de medicina, pero la crudeza del drama me impidió razonar como tal; en la ubicación de la cornada, las estructuras posiblemente lesionadas, la pérdida sanguínea, los traumas asociados, el shock, la posibilidad de muerte, la secuencia de procedimientos obligados para diagnosticar el daño…, para contener la hemorragia, asegurar la vida y reparar los destrozos.
 
El torero por lo visto mucho menos. Su expresión serena, concentrada, estoica, mostraba que ahí lo único importante en el mundo era oficiar a cabalidad la estocada. Pasaba el tiempo, una eternidad. Al fin, marcando los pasos del volapié, se tiró derecho, clavó la espada en la cruz, y cayeron los dos. Mientras apuntillaban el toro, cargaron y corrieron con el herido en busca de los médicos, qué al otro lado del ruedo, apresurados abandonaban su palco hacia la sala de cirugía. A donde luego enviaron las dos orejas.
 
Sin imaginar lo que allí pasaba, lo que conmovía era que bien hubiese podido dejarse llevar cuando lo levantaron corneado (“Pronóstico grave”, consignaron las crónicas del día). Nadie se lo hubiese reclamado. Además, estaba en una plaza americana, ni siquiera la más importante del país, donde el sacrificio no tendría la repercusión que en efecto no tuvo… Nunca volvió a torear en ella.
 
Treinta y siete años después, por junio, fuimos a Ávila con Quinito II y Alberto Lopera, para ver torear a José Miguel Arroyo, quien ya en las postrimerías de su carrera había esquivado Madrid. Allí, conocí a Andrés Hernando. Invitados por él, su esposa Sonsoles Aboin abogada, diputada de Madrid, y su hijo menor, novillero convaleciente de una cornada en el cuello, almorzamos en la “Torre de los Aboin”. Durante la sobremesa me sentí obligado a repetir mi relato, la terca imagen, mi admiración duradera...
 
El viejo torero, no quiso darle importancia. Como sorprendido por el recuerdo lejano, sus ojos hundidos, la leve sonrisa y la elevación de los hombros perecieron decir…, —era lo que tocaba… —No insistí en el asunto y él llevó la conversación a la corrida que nos esperaba...