VIÑETAS
lunes, 18 de mayo de 2026
AQUELLOS SESENTA... (XIII) - VIÑETA 611
lunes, 11 de mayo de 2026
AQUELLOS SESENTA... (XII) - VIÑETA 610
VIÑETA 610
Aquellos
sesenta… (XII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Madrid, Colombia, 11 V 2026
Antoñete y “Atrevido”. Foto: libro, Grandes Faenas del siglo XX.
Arnouil y Cossío.
Comienzo con una obligada fe de errata. En mi viñeta anterior escribí
sobre el San Isidro de 1962: “…por primera vez participan en la feria tres
colombianos: Joselillo de Colombia..., Pepe Cáceres… y Alfonso Vázquez II quien
doblemente ovacionado debuta con novillos de Pallarés el viernes 29.”
Corrección: este 29 sí fue, pero de julio, ya no era San Isidro, y mal
podría debutar Alfonso en la feria. Porque ya lo había hecho fuera de ella como
novillero en 1958, y luego, tomado y renunciado alternativa, antes de volver en
la ocasión citada. Todo eso me fue señalado generosamente por mi querido amigo,
Alberto Lopera “Loperita”, erudito historiador taurino, autor del libro “Colombia
tierra de toros” (Espasa-Calpe, Madrid 1989).
El proceso de la enmienda, con las obvias constataciones bibliográficas,
(la memoria es más incierta que la letra), dio pie a otras más de nuestras
conversaciones (Cali-Medellín), para mí siempre enriquecedoras. Alberto, que por
aquellos años que nos ocupan, pisó el ruedo como novillero, colgó los trastos e
inició su carrera como narrador y comentarista radial, muy popular.
Andando el tiempo fuimos, él y yo, habituales de la gran feria
madrileña con un grupo entrañable de amigos, de acá y de allá: Quinito II,
matador de toros, Vicente Blanco, periodista español-caleño, Antonio Caballero,
escritor y cronista, los buenos aficionados Germán Wolff (mi colega cirujano),
Jorge Agudelo (ex novillero y empresario), y el inolvidable maestro Miguel
Ángel Moncholi. Todos ya desaparecidos.
Ahora, sigo volviendo al San Isidro, hasta sin la compañía de Alberto.
Como un Pedro Páramo, sobreviviente solitario con su fardo de apariciones de
aquel mundo desaparecido. Mundo que aquí, en la inamovible plaza, se siente más
ido y más presente. Como en Comala, suertes, toros, rostros, voces, actitudes,
cosas, hechos, fechas…, vienen y se van.
Pero retomemos ese hilo dejado hace una semana, en el advenimiento del 66,
sesenta años ha hoy. Momento que, José Luis Suarez Guanes, en su libro: “Madrid
Cátedra del toreo (1931-1990), define con un modesto, pero avariento subtítulo:
“La feria más completa de la historia. El toro “blanco” de Antoñete y el “colorao”
de El Viti”.
Era 15 de mayo, día del santo, con lleno de “no hay billetes”. El cuarto
se llamó “Atrevido”, de Osborne, ensabanado, de 486 kilos, el más ligero
de la corrida. Antoñete, que con sus fluctuaciones
anímicas e intermitencias había ido diluyendo su figura de figura en el
imaginario colectivo, lo brindó al presidente electo de Colombia, el liberal
Carlos Lleras Restrepo, (Por cierto; “Remache” le gritábamos entonces los
estudiantes en la calle, por su corta estatura y dureza).
La faena, “con clasisismo, con arte estrujado hasta que diera
su última gota de belleza”, dijo en su momento Gonzalo Carvajal, ha perdurado,
se ha vuelto lugar común y referencia. Terminó con dos pinchazos, una estocada corta
atravesada y un descabello. Cómo sería, que le dieron una oreja, le pidieron la
otra y el diario El Pueblo, reseñó: “Antoñete rey de Las Ventas (faena
histórica del madrileño…)”. Ahora estatua frente a la plaza.
La de El Viti, al “colorao” tercero de Manuel Francisco Garzón, fue el
25. Lo desorejó y salió a hombros por la Puerta grande destacando entre Litri y
Diego Puerta, y confirmándose una vez más, no como un, sino como “el” torero de
Madrid. Y por ello, pese a que nos hemos propuesto en estas entregas últimas, enfocarnos
en cómo se vivió la década en la feria de San Isidro, no podemos ignorar la obra
que el mismo maestro realizara un mes antes, (abril 20 en Sevilla), con el
negro zaíno, “Peinadito”, sexto de Samuel Flores, 462 kilos.
“Usted fue todo un torero del universo, consagrado por La Maestranza”
le dijo arrobado el notario de la época Gonzalo Carvajal. Mientras, por su
lado, S.M. se confesaba: “Fue una faena muy sencilla…, me di cuenta qué
había cortado una oreja del tercero y podía salir por la Puerta del Príncipe…, dieciséis
pases más, pero lo pinché cinco veces recibiendo… No creí que me fueran a pedir
ni siquiera una vuelta al ruedo”. Pero así fue. Y no solo eso, sino que,
junto a la de Antoñete con “Atrevido”, figuran como antológicas, a
página seguida, entre las “Grandes faenas del siglo XX”, del ya citado libro de
Arnouil y Cossío. Y vale reiterar, que ambas bregas concluyeron con desatinadas
ejecuciones de la suerte suprema.
¿Era ya, cada vez más, torear una cosa y matar otra? ¿Dónde se comenzó
a extraviar esa unidad ontológica, que hacía del trasteo solo el necesario preámbulo
al honroso y limpio sacrificio ceremonial del toro, alegoría de la naturaleza, auténtica
razón de ser del rito? ¿Acaso con el cierre que fue Joselito del romántico
siglo XIX, y la asunción que fue Belmonte del modernista siglo XX? ¿Prevalencia
de la forma sobre la esencia, de la negación de la muerte? Goya nos muestra que
la contradicción era más vieja.
Pero disquisiciones aparte. Aquel mismo año en San Isidro, justificando
el subtítulo de Suarez Guanes, el sábado 28 de mayo, Antonio Bienvenida y Curro
Romero, mano a mano, abren con sus particulares tauromaquias, la puerta grande
de Las Ventas. Toros de Antonio Pérez de San Fernando. Desorejando el uno al quinto
y el otro al cuarto.
Y en esas llegó noviembre como un, “recuerda que eres polvo”. La
feria de Lima no tuvo triunfador. Tan gris fue. Sin embargo, el feliz año remontó,
cerrando, triunfal y triunfalista en Cali, el treinta de diciembre, con una
corrida brava de Fuentelapeña, plaza llena y gran fiesta: Bernardino Landete (rejoneador)
y Luis Miguel Dominguín (oreja cada uno), Jaime Ostos (en blanco), Gregorio
Sánchez, Pepe Cáceres y Paco Camino (dos orejas cada uno y Puerta Grande). Al final
el trofeo Señor de los Cristales se lo llevó Gregorio Sánchez. Pero sumando,
Camino encabezó lejos las estadísticas del año en el mundo…, el que más
quisieron ver. El que más vendió.
lunes, 4 de mayo de 2026
AQUELLOS SESENTA... (XI) - VIÑETA 609
VIÑETA 609
Aquellos
sesenta… (XI)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 4 V 2026

Las Ventas, óleo Sánchez Manso. Portada libro, Madrid cátedra del
toreo. Suárez-Guanes
Las once capitales taurinas del mundo eran por entonces: Madrid,
Sevilla, Bilbao, Valencia, Pamplona, Barcelona, en España. En América:
México, Lima, Bogotá, Quito, Caracas. Once, de las cuales, hoy solo seis
dan corridas. No está el toreo mejor que nunca.
Y este año, a cuatro días del inicio de la feria magna en la primera de
todas, con la ausencia de Morante de la Puebla y la incierta aún
de Andrés Roca Rey, máximas figuras del momento, convalecientes ambos de graves
cornadas, recibidas en Sevilla, es inevitable volver la memoria a las ferias de
aquellos años. Cuando no faltaban los grandes.
Cuando no había satélite, y no se transmitía como ahora en directo por
televisión, magníficamente, por cierto. Cuando las noticias nos llegaban por
acá, tan diferidas, tan lentas y de tercera o cuarta mano. Cuando no existían,
el celular ni el internet, que han hecho universal, multitudinaria y permanente
la vieja tertulia tabernaria. Cuando teníamos los aficionados ultramarinos que
esperar semanas las revistas, que nos traían el relato, las fotos, y las exégesis
de la gran feria, sus corridas, faenas, glorias, pesares, veredictos... Cuando eso
era todo cuanto podíamos saber, creer y repetir.
San Isidro, donde pasaban tantas cosas buenas y malas, pero todas
importantes. Esa feria lejana, a la que no habíamos peregrinado aún. En Las
Ventas, quizá más que hoy, guía del toro, por su toro, medida y dictado del
presente y el futuro, de lo cierto y no cierto, de lo justo y lo injusto, de lo
bello y lo feo. Que cotizaba la cartelería (toros y toreros). Donde una
ovación, una vuelta al ruedo, una oreja, y ni se diga dos y la Puerta Grande,
no solo eran noticia y dato estadístico, sino historia universal.
Un acto de fe. Toda historia lo es. Más, para los que no estábamos allí.
Aunque ahora, guardadas proporciones, también. Lo estamos viendo con los
propios ojos, y el audio nos explica con pontificia voz, que no, que no es lo
que vemos sino lo que deberíamos ver. Con esas insignificantes salvedades, vuelvo
a la voz de los recuerdos. Qué también…
Cómo juzgó Madrid esos diez sanisidros. Qué pasó en ellos, a quiénes
derrotó, a quienes ungió como triunfadores. Sí, pues la historia la escriben
los triunfadores, como hizo notar George Orwell.
En el sesenta, la premiación oficial fue así: Trofeo de la feria, y por
supuesto, consagración definitiva del ni siquiera veinteañero aún, Diego Puerta.
Mejor estocada, Antonio Ordóñez, pero también su faena “del siglo” al atanasio,
“Bilalarga”. Y en esta misma corrida,
la confirmación del místico Mondeño.
En el 61, un acontecimiento jalonante. El sábado 13 de mayo, la
triunfal alternativa de El Viti, Puerta grande con toros de Alipio y Escudero
Calvo. Y el viernes 19, los atanasios (todos ovacionados en el arrastre) cogen
a Camino y a Puerta, y Gregorio Sánchez los mata solo.
En el 62, Todo fue para Jaime Ostos y el venezolano César Girón,
quienes el 16 y el 28 de mayo respectivamente, salen a hombros con sendas tres
orejas. Uno, de los galaches, y el otro (resurgido), de los de Gamero Cívico.
También es el año en que por primera vez participan en la feria tres
colombianos: Joselillo de Colombia, con toros de Barcial el domingo 6. Pepe
Cáceres que confirma y pincha dos grandes faenas a toros de Montalvo, el martes
día de San Isidro; y Alfonso Vázquez II quien doblemente ovacionado debuta con
novillos de Pallarés el viernes 29.
En el 63, el inicio de una leyenda, Paco Camino al fin conquista Madrid
de una vez y para siempre, con dos estruendosos triunfos, cortando tres orejas
a toros de Oliveira el viernes 17 de mayo, y cuatro a toros de Galache el
sábado 18. También fue la feria de la grave cornada de César Girón por su
primer toro de Pinohermoso.
En el 64, la histórica confirmación y grave cogida a El Cordobés por el
primero de Benítez Cubero el miércoles 20, y la tarde del jueves 14 de mayo en
que se descubre a El Pireo quien les corta tres orejas a novillos de Baltasar
Ibán.
En el 65, el triunfador indiscutido de San Isidro es El Viti con dos
Puertas grandes, cortando cinco orejas a toros de Miura y Galache, los días,
lunes 17 y martes 25 de mayo respectivamente. S.M. con su toreo majestuoso se
convertiría luego, en uno de los más grandes toreros en la historia de la plaza
y del toreo. 12 puertas grandes, dos más que Camino y 36 orejas cortadas,
cuatro menos que Camino. Madrid lo bendijo… Bueno, aquí se agotó el espacio por
hoy… (continuará).
lunes, 27 de abril de 2026
AQUELLOS SESENTA (X) - VIÑETA 608
VIÑETA 608
Aquellos
sesenta… (X)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 27 IV 2026
Pedresina, cartel (fragmento). Foto: Plaza
de toros de Albacete
¿Por qué se dio aquel fenómeno? Generación espontánea, coincidencia cronológica
de talentos, reflejo de una época peculiar, mercadeo eficaz, o todas las
anteriores.
Todas las anteriores, creo, más otra no menos importante. Los
antecedentes inmediatos. Lo que venía del toreo de los cincuenta, que no era
poca cosa, pese a su no comparable acogida comercial. Fue lo que para bien y
para mal, alimentó la generación sesentera en proceso.
Esa primera década posmanoletista. “El Monstruo” había muerto a fines
de los cuarenta. Luis Miguel, quien se pretendió su rival, quedo con el campo
despejado, pero sin él, sin el gran referente a enfrentar. Hasta que vino Antonio
Ordóñez quién para la historia, le superaría desde allí, desde su alternativa
en el 52, hasta el retiro de ambos. “Solo
a Hemingway se le podría ocurrir una comparación entre él y Luis Miguel”,
escribiría después despectivamente, Néstor Luján, aludiendo al “Verano peligroso”.
Ese mismo año, Antonio Bienvenida destapó el fétido asunto del afeitado. Como
por encanto hubo un corte imprevisto de coletas perfumadas.
Entre los que se quedaron y llenaron la década naciente,
brillaron, aparte de los tres mencionados: Aparicio y Litri, quienes desde
novilleros se habían hecho figuras compitiendo entre sí. Tomaron alternativa juntos,
en la misma corrida valenciana, el 12 de octubre de 1950. Los apadrinó
Cagancho. Pero por encima de ellos pronto volaron: Gregorio Sánchez y los dos
venezolanos hermanos, César y Curro Girón. Estos tres se repartirían la cabeza
del escalafón (mayor número de contratos anual), desde 1954. Pues en el 51 Luis
Miguel fue líder por última vez en su vida. En el 52 lo desplazó el recién
alternativado Antonio Ordóñez, y en el 53, el albaceteño Pedro Martínez ”Pedrés”.
De allí en adelante rigió ese triunvirato, alternándose, sin que hubiese un mandón
absoluto.
De tal manera que la hondura del rondeño
Antonio Ordóñez y la etiqueta del madrileño Julio Aparicio se codeaban con el
tremendismo del “litrazo”, la “pedresina”, la “mondeñina”, la bernadina…, la
seca reciedumbre lidiadora del toledano Gregorio Sánchez, las alegrías de los
Girón, grandes toreros banderilleros, las intermitentes inspiraciones de Antoñete,
y los estocadones de Rafael Ortega.
No hubo en consecuencia una tauromaquia de
autor que identificara el período. No se llamó unánimemente, la era de fulano. Cada
quién según sus preferencias podrá bautizarla como quiera. Unos tradicionalistas
dirán que de Bienvenida. Para otros, quizá los historiadores más influyentes, y
para mí que no soy ni lo uno ni lo otro, apenas un testigo infantil influido
por su padre, fue la época de Ordóñez. Para los consumidores y estadígrafos,
definitivamente ninguno de estos. Es que había toreo para todos los gustos, con
un incierto toro que aún convalecía de la guerra, sin guarismo en la paletilla,
ni peso en las tablillas. Una gran variedad de la oferta cartelera, y sus
múltiples influencias en los novilleros que hacían tránsito hacia el doctorado.
México, aferrado a sus viejas glorias;
Armillita, Lorenzo Garza, Pepe Ortiz, Silverio Pérez, El Calesero, El Soldado…,
los recibía a todos. Igual que los demás
países taurinos americanos, sobre los que ejercía mayormente su fuerza de
gravedad. En septiembre de 1957, toma alternativa en Sevilla, el colombiano
Pepe Cáceres, y un año después allí mismo, Diego Puerta. En el 59, Curro Romero
y Paco Camino. En el 61, El Viti, y apenas dos años después, El Cordobés,
completando el cartel mayor que haría la nueva época.
¿Por qué fue? Sí, por una conjunción de todo lo
anterior, proyectada mediante una modernizada y multiplicada promoción sobre un
público dispuesto lo que produjo aquel boom, platinado del toreo. Que llevó de las
48 corridas con las que César Girón punteó la clasificación general en 1954, a
las 121 de El Cordobés en el 70, y como efecto tardío de su onda expansiva, a
las 161 del prolijo Jesulín de Ubrique, en 1995. Cifra tan lejana de las 111 de
juan Belmonte en 1920 y aún más de las 43 de El Juli en el crítico 2019.
Mucha agua corrió bajo los puentes. Al menos
tres o cuatro generaciones más llegaron a la fiesta, que aún sigue mostrando, corrida
tras corrida, influencias de los sesenta. Como muestra las de siglos y milenios
anteriores a lo largo de los cuales ha perdurado. Todo ha dejado huella en ella,
en esa memoria abismal que se vislumbra cada tarde.
Y nosotros, los que por puro azar habitamos esos años, qué frente a la infinitud del tiempo, apenas fueron un instante, no quisimos, ni pudimos olvidarlos. Quizá más que por su innegable particularidad, porque los vivimos tan jóvenes, inocentes y felices.
lunes, 20 de abril de 2026
AQUELLOS SESENTA (IX) - VIÑETA 607
VIÑETA 607
Aquellos
sesenta… (IX)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 20 IV 2026
Toreros Cali 1969 - 70. Foto: Libro, “Cañaveralejo 50 años”
El final no fue un apagón. Fue una transición, no tan lenta como para
ser imperceptible, ni tan súbita como para sobresaltar.
Aquel 31 de diciembre de1969, a las seis de la
tarde, hora de Cali (12 de la noche hora de Madrid), cuando arrastraban el
sexto de Abraham Domínguez, último toro de la década en el mundo, el cual acababa
de cornear grave a “El Chano” antes de ser estoqueado por Paquirri, triunfador
de la tarde. Mientras, los españoles en la plaza se felicitaban, sorbían Codorniú
y comían uvas despidiendo el año que terminaba en su tierra. No parecía que todo
cambiara, y comenzara una nueva era. Nadie sintió en ese momento que el toreo y
el mundo se transformaran. Y así a la salida cogimos cada quién por su lado a esperar
el año nuevo, pues acá todavía estábamos en los sesenta, sin importar que
España ya se hallara en la década siguiente.
Sí señor, y en todo ese año inicial 1970, y en el
71, las cosas parecían continuar igual. Con El Cordobés mandando allá y acá, en
la fiesta, como lo había hecho desde su alternativa. Ya en el 72, porque le dio
la gana, no toreó (hasta el 79, cuando regresó por más). Sin embargo, aún ausente
su heterodoxa influencia en los nuevos y el conservadurismo de sus rivales continuaban
pugnando, pues estos no se fueron. Salvo el valentísimo Diego Puerta que despedazado
por los toros (más de 50 cornadas) lo hizo en el 74 para refugiarse en la
ganadería.
Camino, la “contrarrevolución clásica”, no
alcanzó a llenar el vacío de poder, ni a liderar las estadísticas de la oferta
y la demanda. Pues el sorprendente Paquirri, uno de la nueva ola, le aventajó con
10 corridas. Y en el 73 tomaría el mando del mercado y marcaría el ritmo hasta entrados
los ochenta, el nuevo concepto de “El Niño de la Capea” con su toreo de gran profesionalismo,
regularidad y taquilla.
La tauromaquia, como todo en la cultura,
también obedece a esta humana necesidad de ir clasificando los acontecimientos en
orden de aparición, en antes y después, en primero, segundo, tercero…, necesidad
que dio lugar hace miles y miles de años a una de esas cosas arbitrarias que
nos inventamos cada vez; <<el tiempo>>. En principio un recurso
nemotécnico; segundos, horas, meses, años, siglos…, y con ello comenzar a compartimentar
el pasado, administrar el presente y buscando relaciones de causalidad entre
una cosa y la otra, intentar prever el futuro. El asunto fue que como ahora nos
advierten sobre la Inteligencia Artificial (IA), en ese afán de controlarlo
todo, terminamos siendo controlados, y esclavos del invento.
Esclavos del reloj, el horario, el calendario…
El tiempo es oro, “the time is money”. Como nos recordó el
sabio “padre fundador” de los EUA, Benjamin Franklin desde la recién fundada y
ambiciosa Filadelfia. Principio que, dicho sea de paso, ya regía en los toros
desde antes. Desde el 27 de febrero de 1612, cuando Felipe III sistematizó el
cobro de las entradas a la corrida y esta comenzó el camino del
espectáculo-negocio (show business). El camino del “tiempo es moneda”, que
no ha terminado.
Pero por más impositivo que sea el dios Cronos,
tiene fugas, Claro, cuando soñamos, divagamos, imaginamos, nos extasiamos..., nuestra
mente vuela sin restricciones cronométricas. El ayer, el hoy y el mañana se nos
dan simultáneos, como seguramente los percibíamos antes de la razón, como un
solo paisaje, un ilimitado presente. Al cual nos devuelve a veces la corrida. Gitanillo
de Triana paraba los relojes con sus verónicas, y Morante funde pasado y
presente con su barroquismo. No importa que ya despiertos y entrados en razón intentemos
recordar, comparar el sueño con la vigilia, buscar parangones entre uno y otra,
o juzgar los sucesos fuera de su contexto temporo-espacial, como historiadores torpes
o intencionados, para terminar, riéndonos de nosotros mismos.
Pues aquella época, que como la recuerdo, se ha
ido diluyendo, no fue un escape del tiempo, fue real, y dejó beneficios y
secuelas, que me ha tocado vivir. Así como las dejó la monetarista decisión de
Felipe III.
Una de ellas, por supuesto, ya es lugar común,
la expansión y la internacionalización del toreo, el disparo de su demanda, de
su ya viejo monetarismo e Inflación. Los honorarios de la figura máxima subieron
geométricamente, por primera vez al millón de pesetas por corrida, llevando
tras de sí a los demás toreros, los precios del toro, de los arriendos, de los
impuestos y en general de todos los insumos, multiplicando los costos…, y al
final de la cadena encareciendo el precio de las entradas, y agujereando el
bolsillo del aficionado que es quien paga y sostiene el espectáculo.
Damnificado del fenómeno, el pueblo-pueblo. A
su pesar comenzó a no poder comprar, a dejar de asistir. Y el toreo inalcanzable,
a dejar de vivir en su cotidianeidad, a estrechar su autóctona base cultural, y
alimentar resentimientos y odios antitaurinos. Proceso lento, no el único, que
terminaría por llegar a la crisis prepandémica 2014 – 2020, cuando el abandono
del público y la caída vertical del número de corridas puso la fiesta en estado
agónico.
Postración de la cual, como ha sucedido con las
periódicas crisis inflacionarias del capitalismo en general, se recupera explosivamente,
desde la pospandemia, como el Gran Gatsby lo hizo después de la quiebra mundial
del 28. No fue lo único, claro, pero sí lo más notorio. Lo otro, y quizá principal,
que toca los cimientos éticos y estéticos de la vieja fiesta, de su doctrina,
de su liturgia, de su esencia…, es el acentuamiento de la “espectacularización”,
de lo llamativo sobre lo significativo, de lo comercial sobre lo ritual, de lo
aparente sobre lo real.
Aunque de cuando en vez los del siete de Las
Ventas y tras ellos la crítica, descubran algún joven que les hace sentir que ha
llegado, como llegó Jesús al templo de Jerusalem, a sacar los mercaderes. Y
todo vuelve a empezar.
lunes, 13 de abril de 2026
AQUELLOS SESENTA (VIII) - VIÑETA 606
VIÑETA 606
Aquellos sesenta… (VIII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali,
Colombia, 13 IV 2026
El Cordobés por la Puerta del Príncipe (rabo),
Sevilla abril 21 de 1964. Foto ABC
Sin saber cómo ni cuándo nuestra generación de incipientes
aficionados entró a esa década. Con menos de quince años, los ojos y el asombro
muy abiertos. Incluidos nosotros mismos, todo nos era nuevo, abismal, retador.
La vida, el universo, el arte, la autoridad ubicua, las clases, los logaritmos,
la tabla periódica…
Pero el toreo ya estaba. Venía desde los primeros
recuerdos infantiles. En los juegos. En las coloridas imágenes. En las
conversaciones de mayores. En sus relatos épicos. En los libros, (leíamos lelos);
el Belmonte de Chávez, el “Maera” de Hemingway. el Gallardo de Blasco... El Cossío,
que lo contenía todo. Nos llegaba la música valiente; Gallito, Manolete, Silverio…
En la radio, que en feria transmitía día y noche. En la televisión. En las viejas
películas; Tyrone Power y Anthony Queen (Armillita), toreándose uno a otro en la plaza, y Rita Hayworh
(buenísima), toreándolos a ellos en la alcoba. Y Currito de la Cruz (Pepín
Martín Vázquez), provocador y beneficiario de la muerte mano a mano de “Romerita”
su suegro… Y claro, en las corridas a veces, felices veces, junto al padre, que
pagaba, que sabía, que explicaba, que había visto a Manolete, Arruza, Garza…
Algunos,
los menos, querían ser toreros. Otros, nosotros, los más, aficionados. Qué serlo “bueno”
era más difícil que ser figura del toreo. Oíamos que había dicho Guerrita. Y como
si lo hubiera dicho el Papa. Era ser santo. No caer en falta. Hallar siempre la
verdad en la contradicción eterna.
¿Quién
la tenía? Los que renegaban: ya no es como antes, ya no hay toros, se acabaron
los toreros. Los que alababan: hoy se torea mejor que nunca, el toro y los
toreros de ahora son más, vean las películas mudas sí no. Y qué íbamos a decir.
Lo que veíamos, lo que sentíamos.
Y entonces,
de pronto, nos íbamos a los sorteos, y a ver los toreros de cerca en los
hoteles, y desde muy temprano a la plaza. Los primeros. Ya sin padre. Con los amigos,
al tendido general, y bajo el sol abrazador, alborotados, nos quitábamos la
camisa y le pegábamos a la bota sin preguntar, y jaleábamos durísimo. Éramos
hombres ¿no? Había que serlo.
El
asunto era el valor. A vida y muerte. Vivir más de veinticinco años era
indecencia, escribió Andrés Caicedo (y lo cumplió). Como antes James Dean y después
Janis Joplin (ídolos), y como tantos jóvenes por todas partes, en oscuras guerras,
guerritas y guerrillas…
Mejor en
medio de una fiesta. La Fiesta de las fiestas. No hay gloria más gloriosa que
la de un torero, decía Antonio Caballero, uno más entonces. El toro grande y poderoso.
la portagayola, las banderillas de poder a poder, el molinete de rodillas, el
cambiado por la espalda, los desplantes entre pitones, los volapiés frontales…,
eso era, sí o no. El resolver en un instante, con alegría y gracia la desgracia
de la naturaleza. Lo coreábamos a gritos. Melenudos como Beatles, libres como hippies,
burlones como El Cordobés que lo hacía de todos, y sobre todo de él mismo.
Contra
el orden, que dictaba ser héroe y martir, pero sin alzar la voz, sin
“tremendismo”, con santidad estoica, sosegada y veraz. Y a nosotros libertinos heréticos,
nos costaba entenderlo, mejor, sentirlo. Y fue luego, ya salidos de la pubertad
y de la universidad, entrados los setenta, cuando comenzamos a cambiar, a tener
pareja, hijos, trabajos, hipotecas. Cuando volvimos al tendido numerado, ahora
por cuenta propia, y fuimos parando, humillando, y plegándonos cada vez más al aguante,
al mando, al temple, a la noria de la ligazón y a la devoción por la liturgia y
los cánones inscritos con sangre sobre la piel del toro, por la tradición milenaria.
Sobre la
piel del toro, que sigue como siempre, inmutable, soberbio, bravo y fiel a sí
mismo. Dispuesto a matar y morir por ello, donde y cuando toque.
Los que entramos
niños y salimos hombres de aquellos años mediales del siglo XX, que ha sido señalado
por los historiadores, como de cambios culturales y logros técnicos
maravillosos, y al mismo tiempo como “el más violento de la historia humana”. Esos años,
cuando tras dos hecatombes mundiales sucesivas levantaron el muro de Berlín. Asesinaron
a los presidentes: Patricio Lumumba y John F. Kennedy y a su hermano Robert candidato
presidencial imparable, y a Martin Luther King máximo defensor de los derechos humanos.
Cuando la crisis de los misiles en Cuba puso el mundo al borde del apocalipsis.
Cuando la guerra de Vietnam y la sucia en América Latina escalaron ferozmente. Cuando
los estudiantes, que no querían, protestaron en todas partes y fueron
masacrados en La Plaza de las Tres Culturas de México D.F, diez días antes de la
lujosa inauguración allí mismo de los Juegos Olímpicos de 1968…
Esa época
“de platino” para el toreo, hacia la cual los sobrevivientes, que fuimos perdiendo
por el camino tantas cosas amadas, volvemos los ojos cansados. Con la memoria
llena, las ilusiones vacías y la lección impuesta.
No fue
una revolución, fue una ilusión, otra revuelta vencida. El Cordobés y los
Beatles se hicieron millonarios. Y la historia siguió pasando y volviendo. Con
el hombre ahí, como el toro, siempre el mismo, en su diferencia. El animal más inteligente
y peligroso de la tierra, cuya ventaja, el progreso técnico, en lugar
de hacerle más humano y más sabio, afila su instinto bestial. Fatalidad
biológica, pecado original, que la hoy perseguida corrida continúa conjurando y
purgando.
lunes, 6 de abril de 2026
AQUELLOS SESENTA (VII) - VIÑETA 605
VIÑETA 605
Aquellos sesenta… (VII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali,
Colombia, 6 IV 2026
Como el idioma, el toreo hispanoamericano, más que
resultado de una fusión simétrica ha tenido en su origen español el carácter
dominante, casi exclusivo. Solo diferenciados por algunas expresiones
autóctonas minoritarias, acentos regionales, y estilo personal de lidiadores y hablantes.
La lengua es la patria.
Y lo seguía siendo entonces, pese a la influencia mundial
angloparlante, intensificada después de la bomba sobre Hiroshima, la cual, incluida
la escalada antitaurina, haría pico cuatro décadas después con el Internet.
En América, La Fiesta se hacía con música, cánones,
reglamentos, empresas, “figuras”, textos, escritores, historiadores, maestros,
periodistas y publicistas españoles; así como cada vez más con toros
(ganaderías) de genética peninsular certificada, cuando no importando los encierros
directamente para la ocasión. Por ende, los profesionales, públicos y la
afición en particular (peñas), atesoraban una representación idealizada de la
pureza y clasicismo, una estética, un gusto, casi exclusivamente hispanos.
Incluso, los más snob, imitaban cotidianamente los aires, los atuendos y el
argot andaluz. Llegando hasta la hostilidad hacia cualquier “impura” expresión indígena,
por más consanguínea que pudiera ser. Es su arte (no el nuestro) sentían.
Rasgo colonial. Aunque la explosión libertina, multicultural
y contestataria de la época se reflejara en los ruedos folclóricamente. Recuerdo
a Eloy Cavazos, en Cañaveralejo, tras una faena muy terrígena, iniciar su vuelta
al ruedo en contrario, y pidiendo a la banda que le cambiara el pasodoble de
homenaje por “Adelita”, corrido revolucionario mexicano, y al peleón Pepe Cáceres
exigiendo “El Bunde Tolimense” himno de su tierra. Con división de opiniones en
la concurrencia, claro. Bueno, eran exaltaciones nacionalistas gestuales que no
pasaban de ahí. Lo cierto es que se continuaba y se continúa toreando como Dios
(y España) mandan. Con los matices ya señalados, desde luego.
El toreo ultramarino, mejor dicho, sus toreros más populares
solo llegaban a consolidarse como “figuras” locales, una vez los confirmara
Madrid. Allí, la verdad sea dicha, los empresarios Jardón y Stuick daban lado. Para
la década: en México, Manolo Martínez, Eloy Cavazos. En Colombia, Pepe Cáceres
y Joselillo. En Venezuela los Girón, César y Curro ya consagrados desde los cincuenta...
Y con éxito no pocas veces. Por ejemplo, la corrida
nacional, fuera de abono, el 6 de enero de 1961 en Cali, Con toros vallecaucanos
de Fuentelapeña (Pinto Barreiro). Lleno total, sol, calor, mano a mano de Joselillo
de Colombia, que acababa de ganar el trofeo de la feria frente a las figuras
españolas, y su rival Pepe Cáceres. Cortaron cinco orejas, y el caleño rechazó
el rabo concedido del tercero. Baste recordar que llegaron los dos a hombros de
la multitud hasta el distante (6 kilómetros) Hotel Alférez Real (ya destruido) en
el centro de la ciudad. Ídolos, con detractores locales por supuesto, como
hemos dicho.
Por aquellos años, Gabriel García Márquez frecuentaba la
Santamaría de Bogotá y escribía ocasionalmente sobre toros, y el presidente de
Colombia Guillermo León Valencia (gran aficionado), leía su ya célebre
conferencia “La política y los toros” en la peña taurina madrileña “Los de José
y Juan”, y luego la repetía en el aula máxima de la Universidad de Salamanca (1969)…:
“Un amigo colombiano me preguntó, quienes eran José y Juan y yo le respondí:
los sucesores de Alejandro y César...” Con tal referencia a esos dos implacables
conquistadores empezaba.
En Acho, la plaza más antigua de América, México D.F.,
la más grande del mundo, Iñaquito inaugurada en 1960 por Luis Miguel Dominguín,
Pepe Cáceres y Manolo Segura, y otras, reinaban en paz los espadas de uno y
otro lado del mar. Más los de allá, por supuesto: Puerta, Camino, El Viti, Ordóñez,
Ostos, Curro, Palomo, Paquirri, Miguel Márquez, Teruel… y sobre todos El Cordobés…
Sin que la denominación de origen cuarteara la
hermandad, y pese a la natural competencia en el ruedo, y a eventuales ninguneos
en carteles, sorteos, premiaciones... Por decir algo, que suertes de creación
americana, como la “Cacerina” colombiana (variante de la Tapatía mexicana), fueran
rebautizadas en la península con nombres españoles. “Rogerina”, en este caso. Nada,
la fiesta in crescendo, allá y acá, con soles y sombras como siempre.
Un par de acontecimientos pintorescos quizá puedan
ilustrar el tono de la época. En Manizales, el 9 de enero de 1970, a plaza repleta,
segunda corrida de la feria, encabezaban el paseíllo: Pepe Cáceres, El Cordobés
y Palomo Linares, para lidiar toros de “Pueblito español” (Santacoloma),
ganadería cundinamarquesa de la inolvidable y poderosa Isabel Reyes de Caballero.
Ya en la puerta de cuadrillas, pasodoble al aire y aplausos. El Cordobés a la
derecha, levanta la cabeza y mira de frente al palco presidencial,
identificando en él como asesor al famoso cronista bogotano, Eduardo de
Vengoechea y Baraya, reconocido palomista.
De pronto El “Huracán” de Palma del Río gira sobre sus
talones y exclama: Me voy, si ese señor está en el palco, yo no toreo.
Desconcierto, pánico en la plaza... —¡Que El Cordobés no torea! —En respuesta
inmediata, el alcalde, ordena bajar fulminantemente (sin debido proceso), al
cuestionado asesor. Manuel volvió sobre sus pasos y la corrida se dio con
éxito. Después, interpelado por el defenestrado, contestó el burgomaestre sonriente
y conciliador: —Muy sencillo mi querido Eduardo, asesores hay muchos,
Cordobés solo uno.
Y otra. Pasado el tiempo, le preguntaron a Paquirri en
España; ¿Maestro, que es lo más raro que le ha pasado en su vida torera? —Contestó:
—toreaba yo, a fines de los sesenta, en una plaza de la costa atlántica
colombiana llamada Sincelejo (tierra de corralejas), y sentía que lo estaba haciendo
bien, pero la gente coreaba, !mierda! a cada pase. Me arrimaba más, y los ¡mierdas!
aumentaban. Luego supe que allí, esa palabra es también expresión de admiración,
sorpresa y elogio. —Cosas de la (con)fusión cultural taurina, entonces…





