VIÑETA 616
Aquellos
sesenta… (XVIII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 22 VI 2026
El Cordobés, espontáneo en Las Ventas, 28 de abril de 1957. Foto: La
Razón
Los sesenta terminaron entrados los
setenta. Si fuese necesario precisar sitio, fecha y ocasión. Habría que decir:
Plaza de Buenavista, Oviedo, martes 21 de septiembre de 1971, última corrida de
la Feria de San Mateo.
Fue ahí cuando El Cordobés tras
ocho años como matador de toros cortó a un toro de Manuel San Román, una oreja,
(única de la tarde), alternando con Fermín Murillo y Raúl Aranda y, sin avisar,
inició su primer largo retiro (también ocho años).
Aunque por su significado y
repercusión, bien podría proponerse alguna de otras dos corridas, ambas en domingo,
ambas en la Alameda de Jaén. La del 18 de octubre de 1970, última de la Feria
de San Lucas, en la cual se encerró Benítez con seis toros de Carlos Núñez, regaló
el sobrero, cortó once orejas, tres rabos y se montó en el séptimo.
O, la nocturna del 13 de junio
del siguiente año, también ante toros de Carlos Núñez, alternando esta vez con
Santiago Martín ‘El Viti’ y José Fuentes. Llamada “Corrida mundial del siglo”,
y cuya transmisión a color vía satélite fue contratada, por la empresa norteamericana
“Management System Corp”. Se calcula que pudo ser vista por 200 millones de
telespectadores, hasta 500 publicó un diario (hace 55 años). Con especial
recepción en Estados Unidos donde se acondicionaron salas de cine por todo el
país para el efecto y en New York, la plaza Pensilvania frente al Madison
Square Garden que ofrecía cuatro pantallas gigantes, comenzó a ser llamada por
esos días “Plaza de toros”.
Según la revista El Ruedo: El
escogido encierro se prestó para que El Viti quien había llegado a marcha
forzada desde Granada, donde había lidiado por la tarde, cortara dos orejas y
rabo. José Fuentes tres orejas y El Cordobés cuatro y un rabo en medio de la
gran celebración transnacional, que convertía el acontecimiento en el inicio de
la “era espacial de las corridas de toros”, y división de la historia de la
Fiesta en antes y después.
Cualquiera de estas tres
corridas, podría tomarse como colofón de aquellos sesenta. La una por
calendario, la otra por más representativa del espíritu de la época, y la
tercera como la gran explosión final del período. Aunque quizá lo propio sería
considerar las tres como parte de un solo acto representado en un lapso de once
meses.
Está bien, solo El Cordobés no
fue la época, pero sin él esta hubiese sido otra. Una más, de las brillantes
que ha tenido la historia del toreo. La genialidad de sus rivales de
generación: Puerta, Camino, El Viti, Curro..., reforzada por el atardecer de
los predecesores; Antonio Bienvenida, Ordóñez, Litri, Aparicio..., seguramente
lo habría garantizado. Pero fue él quien la diferenció, universalizó y se hizo
su ícono. Él, quien dijo y sostuvo, si yo toreara como ellos sería otro más.
Que no era nada nuevo, apenas una versión personal del “se torea cómo se es” de
Belmonte. Pero de tal manera desentrañada
y desbordada, que desafiando e insultando al establecimiento, sintonizó como
pocas veces antes con su tiempo y venció.
Victoria de ambición, valor y
persistencia. Encumbramiento personal de un mísero huérfano de la guerra, de un
marginado, de un rebelde. Pero no de un revolucionario. No cambió el sistema,
ascendió a golpes dentro de él, dominándolo, enriqueciéndose y enriqueciéndolo.
Su rebeldía, su vehemencia, su autenticidad, su alegría tragicómica, su
antidogmatismo, y su poder sobre los toros le puso a la cabeza de las masas,
los medios y la taquilla.
Al irónico estilo que cruzaba la
cultura de la época. Los Beatles en la música, Warhol y Lichtenstein en la
pintura, Moore en la escultura, Kubrick en el cine, García Márquez en la
literatura, Muhammad Alí en el deporte, El Che Guevara en la política, y la publicidad
en su “era dorada”.
Un resumen gráfico de tal triunfo
en tal contexto ha quedado en dos fotos, publicadas juntas con frecuencia. Una
le muestra de punta en blanco, sentado junto al Rey de España en la barrera de
Las Ventas, por San Isidro, Corrida de La Prensa, arriba de donde años antes le
habían tomado la otra; entre dos guardias civiles que le sacaban anónimo, desgreñado,
desastrado y detenido por haberse arrojado espontáneo en busca de una
oportunidad. La historia le absolvió.
El Cordobés se fue dejando tras
de sí una ola de imitadores, ninguno válido. Ni siquiera él mismo, cuando ya
otro volvió a un mundo distinto en 1979. Perdido el encanto, la sorpresa, la
emoción de su gestualidad. Encontró al público, que había multiplicado, de
retorno al consumo de una tauromaquia más formal, Capea, Robles. Aunque los
jóvenes que nos vimos en él, ahora mayores, siguiéramos yendo a verle, pero con
otra emoción distinta; la nostalgia.
Sí, tuvo triunfos, evocaciones
puntuales de su anterior conmoción, de su personalidad única, de su heterodoxia,
pero ya nunca fue como antes. Su estrafalaria gesta había caducado, no calaba
igual. Su insurrecta tauromaquia había hecho el camino de tantas “revoluciones”
consumidas por sí mismas.
Los Beatles, Warhol,
Leichtestein, Kubrick, García Márquez, Alí, El Che... son clásicos de
colección, museo, cinemateca, librería... que no por ello despiertan hoy lo que
en su momento despertaron. Lo que despertó ese toreo excepcional de los
sesenta. Pretender reeditar esas emociones resulta vano, “vintage”, cursi.
Sin embargo, su influencia
pervive, no en el remedo, en las nuevas formas, cuando son auténticas, cuando salen
del alma. El pasado no perdona, al fin y al cabo, solo somos un pasado más
reciente. Cuántas veces ahora cedemos conmovidos a una verónica, una
chicuelina, unas banderillas, un natural, un volapié, un arrebato tremendo, que
nos llevan por un instante a Curro, Camino, Paquirri, El Viti, Puerta, El
Cordobés..., a lo que fueron, a lo que fue, a lo que fuimos...






