lunes, 27 de abril de 2026

AQUELLOS SESENTA (IX) - VIÑETA 608

 

VIÑETA 608

Aquellos sesenta… (X)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 27 IV 2026

 Pedresina, cartel (fragmento). Foto: Plaza de toros de Albacete

¿Por qué se dio aquel fenómeno? Generación espontánea, coincidencia cronológica de talentos, reflejo de una época peculiar, mercadeo eficaz, o todas las anteriores.

 

Todas las anteriores, creo, más otra no menos importante. Los antecedentes inmediatos. Lo que venía del toreo de los cincuenta, que no era poca cosa, pese a su no comparable acogida comercial. Fue lo que para bien y para mal, alimentó la generación sesentera en proceso.

 

Esa primera década posmanoletista. “El Monstruo” había muerto a fines de los cuarenta. Luis Miguel, quien se pretendió su rival, quedo con el campo despejado, pero sin él, sin el gran referente a enfrentar. Hasta que vino Antonio Ordóñez quién para la historia, le superaría desde allí, desde su alternativa en el 52, hasta el retiro de ambos. “Solo a Hemingway se le podría ocurrir una comparación entre él y Luis Miguel”, escribiría después despectivamente, Néstor Luján, aludiendo al “Verano peligroso”. Ese mismo año, Antonio Bienvenida destapó el fétido asunto del afeitado. Como por encanto hubo un corte imprevisto de coletas perfumadas.

 

Entre los que se quedaron y llenaron la década naciente, brillaron, aparte de los tres mencionados: Aparicio y Litri, quienes desde novilleros se habían hecho figuras compitiendo entre sí. Tomaron alternativa juntos, en la misma corrida valenciana, el 12 de octubre de 1950. Los apadrinó Cagancho. Pero por encima de ellos pronto volaron: Gregorio Sánchez y los dos venezolanos hermanos, César y Curro Girón. Estos tres se repartirían la cabeza del escalafón (mayor número de contratos anual), desde 1954. Pues en el 51 Luis Miguel fue líder por última vez en su vida. En el 52 lo desplazó el recién alternativado Antonio Ordóñez, y en el 53, el albaceteño Pedro Martínez ”Pedrés”. De allí en adelante rigió ese triunvirato, alternándose, sin que hubiese un mandón absoluto.

 

De tal manera que la hondura del rondeño Antonio Ordóñez y la etiqueta del madrileño Julio Aparicio se codeaban con el tremendismo del “litrazo”, la “pedresina”, la “mondeñina”, la bernadina…, la seca reciedumbre lidiadora del toledano Gregorio Sánchez, las alegrías de los Girón, grandes toreros banderilleros, las intermitentes inspiraciones de Antoñete, y los estocadones de Rafael Ortega.

 

No hubo en consecuencia una tauromaquia de autor que identificara el período. No se llamó unánimemente, la era de fulano. Cada quién según sus preferencias podrá bautizarla como quiera. Unos tradicionalistas dirán que de Bienvenida. Para otros, quizá los historiadores más influyentes, y para mí que no soy ni lo uno ni lo otro, apenas un testigo infantil influido por su padre, fue la época de Ordóñez. Para los consumidores y estadígrafos, definitivamente ninguno de estos. Es que había toreo para todos los gustos, con un incierto toro que aún convalecía de la guerra, sin guarismo en la paletilla, ni peso en las tablillas. Una gran variedad de la oferta cartelera, y sus múltiples influencias en los novilleros que hacían tránsito hacia el doctorado.

 

México, aferrado a sus viejas glorias; Armillita, Lorenzo Garza, Pepe Ortiz, Silverio Pérez, El Calesero, El Soldado…, los recibía a todos.  Igual que los demás países taurinos americanos, sobre los que ejercía mayormente su fuerza de gravedad. En septiembre de 1957, toma alternativa en Sevilla, el colombiano Pepe Cáceres, y un año después allí mismo, Diego Puerta. En el 59, Curro Romero y Paco Camino. En el 61, El Viti, y apenas dos años después, El Cordobés, completando el cartel mayor que haría la nueva época.

 

¿Por qué fue? Sí, por una conjunción de todo lo anterior, proyectada mediante una modernizada y multiplicada promoción sobre un público dispuesto lo que produjo aquel boom, platinado del toreo. Que llevó de las 48 corridas con las que César Girón punteó la clasificación general en 1954, a las 121 de El Cordobés en el 70, y como efecto tardío de su onda expansiva, a las 161 del prolijo Jesulín de Ubrique, en 1995. Cifra tan lejana de las 111 de juan Belmonte en 1920 y aún más de las 43 de El Juli en el crítico 2019.

 

Mucha agua corrió bajo los puentes. Al menos tres o cuatro generaciones más llegaron a la fiesta, que aún sigue mostrando, corrida tras corrida, influencias de los sesenta. Como muestra las de siglos y milenios anteriores a lo largo de los cuales ha perdurado. Todo ha dejado huella en ella, en esa memoria abismal que se vislumbra cada tarde.

 

Y nosotros, los que por puro azar habitamos esos años, qué frente a la infinitud del tiempo, apenas fueron un instante, no quisimos, ni pudimos olvidarlos. Quizá más que por su innegable particularidad, porque los vivimos tan jóvenes, inocentes y felices.

lunes, 20 de abril de 2026

AQUELLOS SESENTA (IX) - VIÑETA 607

 

VIÑETA 607

Aquellos sesenta… (IX)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 20 IV 2026 

Toreros Cali 1969 - 70. Foto: Libro, “Cañaveralejo 50 años”

El final no fue un apagón. Fue una transición, no tan lenta como para ser imperceptible, ni tan súbita como para sobresaltar.

 

Aquel 31 de diciembre de1969, a las seis de la tarde, hora de Cali (12 de la noche hora de Madrid), cuando arrastraban el sexto de Abraham Domínguez, último toro de la década en el mundo, el cual acababa de cornear grave a “El Chano” antes de ser estoqueado por Paquirri, triunfador de la tarde. Mientras, los españoles en la plaza se felicitaban, sorbían Codorniú y comían uvas despidiendo el año que terminaba en su tierra. No parecía que todo cambiara, y comenzara una nueva era. Nadie sintió en ese momento que el toreo y el mundo se transformaran. Y así a la salida cogimos cada quién por su lado a esperar el año nuevo, pues acá todavía estábamos en los sesenta, sin importar que España ya se hallara en la década siguiente.

 

Sí señor, y en todo ese año inicial 1970, y en el 71, las cosas parecían continuar igual. Con El Cordobés mandando allá y acá, en la fiesta, como lo había hecho desde su alternativa. Ya en el 72, porque le dio la gana, no toreó (hasta el 79, cuando regresó por más). Sin embargo, aún ausente su heterodoxa influencia en los nuevos y el conservadurismo de sus rivales continuaban pugnando, pues estos no se fueron. Salvo el valentísimo Diego Puerta que despedazado por los toros (más de 50 cornadas) lo hizo en el 74 para refugiarse en la ganadería.

 

Camino, la “contrarrevolución clásica”, no alcanzó a llenar el vacío de poder, ni a liderar las estadísticas de la oferta y la demanda. Pues el sorprendente Paquirri, uno de la nueva ola, le aventajó con 10 corridas. Y en el 73 tomaría el mando del mercado y marcaría el ritmo hasta entrados los ochenta, el nuevo concepto de “El Niño de la Capea” con su toreo de gran profesionalismo, regularidad y taquilla.

 

La tauromaquia, como todo en la cultura, también obedece a esta humana necesidad de ir clasificando los acontecimientos en orden de aparición, en antes y después, en primero, segundo, tercero…, necesidad que dio lugar hace miles y miles de años a una de esas cosas arbitrarias que nos inventamos cada vez; <<el tiempo>>. En principio un recurso nemotécnico; segundos, horas, meses, años, siglos…, y con ello comenzar a compartimentar el pasado, administrar el presente y buscando relaciones de causalidad entre una cosa y la otra, intentar prever el futuro. El asunto fue que como ahora nos advierten sobre la Inteligencia Artificial (IA), en ese afán de controlarlo todo, terminamos siendo controlados, y esclavos del invento.

 

Esclavos del reloj, el horario, el calendario… El tiempo es oro, “the time is money. Como nos recordó el sabio “padre fundador” de los EUA, Benjamin Franklin desde la recién fundada y ambiciosa Filadelfia. Principio que, dicho sea de paso, ya regía en los toros desde antes. Desde el 27 de febrero de 1612, cuando Felipe III sistematizó el cobro de las entradas a la corrida y esta comenzó el camino del espectáculo-negocio (show business). El camino del “tiempo es moneda”, que no ha terminado.

 

Pero por más impositivo que sea el dios Cronos, tiene fugas, Claro, cuando soñamos, divagamos, imaginamos, nos extasiamos..., nuestra mente vuela sin restricciones cronométricas. El ayer, el hoy y el mañana se nos dan simultáneos, como seguramente los percibíamos antes de la razón, como un solo paisaje, un ilimitado presente. Al cual nos devuelve a veces la corrida. Gitanillo de Triana paraba los relojes con sus verónicas, y Morante funde pasado y presente con su barroquismo. No importa que ya despiertos y entrados en razón intentemos recordar, comparar el sueño con la vigilia, buscar parangones entre uno y otra, o juzgar los sucesos fuera de su contexto temporo-espacial, como historiadores torpes o intencionados, para terminar, riéndonos de nosotros mismos.

 

Pues aquella época, que como la recuerdo, se ha ido diluyendo, no fue un escape del tiempo, fue real, y dejó beneficios y secuelas, que me ha tocado vivir. Así como las dejó la monetarista decisión de Felipe III.

 

Una de ellas, por supuesto, ya es lugar común, la expansión y la internacionalización del toreo, el disparo de su demanda, de su ya viejo monetarismo e Inflación. Los honorarios de la figura máxima subieron geométricamente, por primera vez al millón de pesetas por corrida, llevando tras de sí a los demás toreros, los precios del toro, de los arriendos, de los impuestos y en general de todos los insumos, multiplicando los costos…, y al final de la cadena encareciendo el precio de las entradas, y agujereando el bolsillo del aficionado que es quien paga y sostiene el espectáculo.

 

Damnificado del fenómeno, el pueblo-pueblo. A su pesar comenzó a no poder comprar, a dejar de asistir. Y el toreo inalcanzable, a dejar de vivir en su cotidianeidad, a estrechar su autóctona base cultural, y alimentar resentimientos y odios antitaurinos. Proceso lento, no el único, que terminaría por llegar a la crisis prepandémica 2014 – 2020, cuando el abandono del público y la caída vertical del número de corridas puso la fiesta en estado agónico.

 

Postración de la cual, como ha sucedido con las periódicas crisis inflacionarias del capitalismo en general, se recupera explosivamente, desde la pospandemia, como el Gran Gatsby lo hizo después de la quiebra mundial del 28. No fue lo único, claro, pero sí lo más notorio. Lo otro, y quizá principal, que toca los cimientos éticos y estéticos de la vieja fiesta, de su doctrina, de su liturgia, de su esencia…, es el acentuamiento de la “espectacularización”, de lo llamativo sobre lo significativo, de lo comercial sobre lo ritual, de lo aparente sobre lo real.

 

Aunque de cuando en vez los del siete de Las Ventas y tras ellos la crítica, descubran algún joven que les hace sentir que ha llegado, como llegó Jesús al templo de Jerusalem, a sacar los mercaderes. Y todo vuelve a empezar.

 

lunes, 13 de abril de 2026

AQUELLOS SESENTA (VIII) - VIÑETA 606

 

VIÑETA 606

Aquellos sesenta… (VIII)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 13 IV 2026

 

El Cordobés por la Puerta del Príncipe (rabo), Sevilla abril 21 de 1964. Foto ABC

Sin saber cómo ni cuándo nuestra generación de incipientes aficionados entró a esa década. Con menos de quince años, los ojos y el asombro muy abiertos. Incluidos nosotros mismos, todo nos era nuevo, abismal, retador. La vida, el universo, el arte, la autoridad ubicua, las clases, los logaritmos, la tabla periódica…

 

Pero el toreo ya estaba. Venía desde los primeros recuerdos infantiles. En los juegos. En las coloridas imágenes. En las conversaciones de mayores. En sus relatos épicos. En los libros, (leíamos lelos); el Belmonte de Chávez, el “Maera” de Hemingway. el Gallardo de Blasco... El Cossío, que lo contenía todo. Nos llegaba la música valiente; Gallito, Manolete, Silverio… En la radio, que en feria transmitía día y noche. En la televisión. En las viejas películas; Tyrone Power y Anthony Queen (Armillita), toreándose uno a otro en la plaza, y Rita Hayworh (buenísima), toreándolos a ellos en la alcoba. Y Currito de la Cruz (Pepín Martín Vázquez), provocador y beneficiario de la muerte mano a mano de “Romerita” su suegro… Y claro, en las corridas a veces, felices veces, junto al padre, que pagaba, que sabía, que explicaba, que había visto a Manolete, Arruza, Garza…

 

Algunos, los menos, querían ser toreros. Otros, nosotros, los más, aficionados. Qué serlo “bueno” era más difícil que ser figura del toreo. Oíamos que había dicho Guerrita. Y como si lo hubiera dicho el Papa. Era ser santo. No caer en falta. Hallar siempre la verdad en la contradicción eterna.

 

¿Quién la tenía? Los que renegaban: ya no es como antes, ya no hay toros, se acabaron los toreros. Los que alababan: hoy se torea mejor que nunca, el toro y los toreros de ahora son más, vean las películas mudas sí no. Y qué íbamos a decir. Lo que veíamos, lo que sentíamos.

 

Y entonces, de pronto, nos íbamos a los sorteos, y a ver los toreros de cerca en los hoteles, y desde muy temprano a la plaza. Los primeros. Ya sin padre. Con los amigos, al tendido general, y bajo el sol abrazador, alborotados, nos quitábamos la camisa y le pegábamos a la bota sin preguntar, y jaleábamos durísimo. Éramos hombres ¿no? Había que serlo.

 

El asunto era el valor. A vida y muerte. Vivir más de veinticinco años era indecencia, escribió Andrés Caicedo (y lo cumplió). Como antes James Dean y después Janis Joplin (ídolos), y como tantos jóvenes por todas partes, en oscuras guerras, guerritas y guerrillas…

 

Mejor en medio de una fiesta. La Fiesta de las fiestas. No hay gloria más gloriosa que la de un torero, decía Antonio Caballero, uno más entonces. El toro grande y poderoso. la portagayola, las banderillas de poder a poder, el molinete de rodillas, el cambiado por la espalda, los desplantes entre pitones, los volapiés frontales…, eso era, sí o no. El resolver en un instante, con alegría y gracia la desgracia de la naturaleza. Lo coreábamos a gritos. Melenudos como Beatles, libres como hippies, burlones como El Cordobés que lo hacía de todos, y sobre todo de él mismo.

 

Contra el orden, que dictaba ser héroe y martir, pero sin alzar la voz, sin “tremendismo”, con santidad estoica, sosegada y veraz. Y a nosotros libertinos heréticos, nos costaba entenderlo, mejor, sentirlo. Y fue luego, ya salidos de la pubertad y de la universidad, entrados los setenta, cuando comenzamos a cambiar, a tener pareja, hijos, trabajos, hipotecas. Cuando volvimos al tendido numerado, ahora por cuenta propia, y fuimos parando, humillando, y plegándonos cada vez más al aguante, al mando, al temple, a la noria de la ligazón y a la devoción por la liturgia y los cánones inscritos con sangre sobre la piel del toro, por la tradición milenaria.  

 

Sobre la piel del toro, que sigue como siempre, inmutable, soberbio, bravo y fiel a sí mismo. Dispuesto a matar y morir por ello, donde y cuando toque.

 

Los que entramos niños y salimos hombres de aquellos años mediales del siglo XX, que ha sido señalado por los historiadores, como de cambios culturales y logros técnicos maravillosos, y al mismo tiempo como “el más violento de la historia humana”. Esos años, cuando tras dos hecatombes mundiales sucesivas levantaron el muro de Berlín. Asesinaron a los presidentes: Patricio Lumumba y John F. Kennedy y a su hermano Robert candidato presidencial imparable, y a Martin Luther King máximo defensor de los derechos humanos. Cuando la crisis de los misiles en Cuba puso el mundo al borde del apocalipsis. Cuando la guerra de Vietnam y la sucia en América Latina escalaron ferozmente. Cuando los estudiantes, que no querían, protestaron en todas partes y fueron masacrados en La Plaza de las Tres Culturas de México D.F, diez días antes de la lujosa inauguración allí mismo de los Juegos Olímpicos de 1968…

 

Esa época “de platino” para el toreo, hacia la cual los sobrevivientes, que fuimos perdiendo por el camino tantas cosas amadas, volvemos los ojos cansados. Con la memoria llena, las ilusiones vacías y la lección impuesta.

 

No fue una revolución, fue una ilusión, otra revuelta vencida. El Cordobés y los Beatles se hicieron millonarios. Y la historia siguió pasando y volviendo. Con el hombre ahí, como el toro, siempre el mismo, en su diferencia. El animal más inteligente y peligroso de la tierra, cuya ventaja, el progreso técnico, en lugar de hacerle más humano y más sabio, afila su instinto bestial. Fatalidad biológica, pecado original, que la hoy perseguida corrida continúa conjurando y purgando.

lunes, 6 de abril de 2026

AQUELLOS SESENTA (VII) - VIÑETA 605

 

VIÑETA 605

Aquellos sesenta… (VII)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 6 IV 2026

Carteles, Cali 1963: Foto: J.A.D.R.

Como el idioma, el toreo hispanoamericano, más que resultado de una fusión simétrica ha tenido en su origen español el carácter dominante, casi exclusivo. Solo diferenciados por algunas expresiones autóctonas minoritarias, acentos regionales, y estilo personal de lidiadores y hablantes. La lengua es la patria.

 

Y lo seguía siendo entonces, pese a la influencia mundial angloparlante, intensificada después de la bomba sobre Hiroshima, la cual, incluida la escalada antitaurina, haría pico cuatro décadas después con el Internet.

 

En América, La Fiesta se hacía con música, cánones, reglamentos, empresas, “figuras”, textos, escritores, historiadores, maestros, periodistas y publicistas españoles; así como cada vez más con toros (ganaderías) de genética peninsular certificada, cuando no importando los encierros directamente para la ocasión. Por ende, los profesionales, públicos y la afición en particular (peñas), atesoraban una representación idealizada de la pureza y clasicismo, una estética, un gusto, casi exclusivamente hispanos. Incluso, los más snob, imitaban cotidianamente los aires, los atuendos y el argot andaluz. Llegando hasta la hostilidad hacia cualquier “impura” expresión indígena, por más consanguínea que pudiera ser. Es su arte (no el nuestro) sentían.

 

Rasgo colonial. Aunque la explosión libertina, multicultural y contestataria de la época se reflejara en los ruedos folclóricamente. Recuerdo a Eloy Cavazos, en Cañaveralejo, tras una faena muy terrígena, iniciar su vuelta al ruedo en contrario, y pidiendo a la banda que le cambiara el pasodoble de homenaje por “Adelita”, corrido revolucionario mexicano, y al peleón Pepe Cáceres exigiendo “El Bunde Tolimense” himno de su tierra. Con división de opiniones en la concurrencia, claro. Bueno, eran exaltaciones nacionalistas gestuales que no pasaban de ahí. Lo cierto es que se continuaba y se continúa toreando como Dios (y España) mandan. Con los matices ya señalados, desde luego.

 

El toreo ultramarino, mejor dicho, sus toreros más populares solo llegaban a consolidarse como “figuras” locales, una vez los confirmara Madrid. Allí, la verdad sea dicha, los empresarios Jardón y Stuick daban lado. Para la década: en México, Manolo Martínez, Eloy Cavazos. En Colombia, Pepe Cáceres y Joselillo. En Venezuela los Girón, César y Curro ya consagrados desde los cincuenta...

 

Y con éxito no pocas veces. Por ejemplo, la corrida nacional, fuera de abono, el 6 de enero de 1961 en Cali, Con toros vallecaucanos de Fuentelapeña (Pinto Barreiro). Lleno total, sol, calor, mano a mano de Joselillo de Colombia, que acababa de ganar el trofeo de la feria frente a las figuras españolas, y su rival Pepe Cáceres. Cortaron cinco orejas, y el caleño rechazó el rabo concedido del tercero. Baste recordar que llegaron los dos a hombros de la multitud hasta el distante (6 kilómetros) Hotel Alférez Real (ya destruido) en el centro de la ciudad. Ídolos, con detractores locales por supuesto, como hemos dicho.

 

Por aquellos años, Gabriel García Márquez frecuentaba la Santamaría de Bogotá y escribía ocasionalmente sobre toros, y el presidente de Colombia Guillermo León Valencia (gran aficionado), leía su ya célebre conferencia “La política y los toros” en la peña taurina madrileña “Los de José y Juan”, y luego la repetía en el aula máxima de la Universidad de Salamanca (1969)…: “Un amigo colombiano me preguntó, quienes eran José y Juan y yo le respondí: los sucesores de Alejandro y César...” Con tal referencia a esos dos implacables conquistadores empezaba.

 

En Acho, la plaza más antigua de América, México D.F., la más grande del mundo, Iñaquito inaugurada en 1960 por Luis Miguel Dominguín, Pepe Cáceres y Manolo Segura, y otras, reinaban en paz los espadas de uno y otro lado del mar. Más los de allá, por supuesto: Puerta, Camino, El Viti, Ordóñez, Ostos, Curro, Palomo, Paquirri, Miguel Márquez, Teruel… y sobre todos El Cordobés…

 

Sin que la denominación de origen cuarteara la hermandad, y pese a la natural competencia en el ruedo, y a eventuales ninguneos en carteles, sorteos, premiaciones... Por decir algo, que suertes de creación americana, como la “Cacerina” colombiana (variante de la Tapatía mexicana), fueran rebautizadas en la península con nombres españoles. “Rogerina”, en este caso. Nada, la fiesta in crescendo, allá y acá, con soles y sombras como siempre.

 

Un par de acontecimientos pintorescos quizá puedan ilustrar el tono de la época. En Manizales, el 9 de enero de 1970, a plaza repleta, segunda corrida de la feria, encabezaban el paseíllo: Pepe Cáceres, El Cordobés y Palomo Linares, para lidiar toros de “Pueblito español” (Santacoloma), ganadería cundinamarquesa de la inolvidable y poderosa Isabel Reyes de Caballero. Ya en la puerta de cuadrillas, pasodoble al aire y aplausos. El Cordobés a la derecha, levanta la cabeza y mira de frente al palco presidencial, identificando en él como asesor al famoso cronista bogotano, Eduardo de Vengoechea y Baraya, reconocido palomista.

 

De pronto El “Huracán” de Palma del Río gira sobre sus talones y exclama: Me voy, si ese señor está en el palco, yo no toreo. Desconcierto, pánico en la plaza... —¡Que El Cordobés no torea! —En respuesta inmediata, el alcalde, ordena bajar fulminantemente (sin debido proceso), al cuestionado asesor. Manuel volvió sobre sus pasos y la corrida se dio con éxito. Después, interpelado por el defenestrado, contestó el burgomaestre sonriente y conciliador: —Muy sencillo mi querido Eduardo, asesores hay muchos, Cordobés solo uno.

 

Y otra. Pasado el tiempo, le preguntaron a Paquirri en España; ¿Maestro, que es lo más raro que le ha pasado en su vida torera? —Contestó: —toreaba yo, a fines de los sesenta, en una plaza de la costa atlántica colombiana llamada Sincelejo (tierra de corralejas), y sentía que lo estaba haciendo bien, pero la gente coreaba, !mierda! a cada pase. Me arrimaba más, y los ¡mierdas! aumentaban. Luego supe que allí, esa palabra es también expresión de admiración, sorpresa y elogio. —Cosas de la (con)fusión cultural taurina, entonces…  

 

lunes, 30 de marzo de 2026

AQUELLOS SESENTA (VI) - VIÑETA 604

 

VIÑETA 604

Aquellos sesenta… (VI)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 30 III 2026 

Las Ventas. Foto: Las Ventas

Sí, a compás del mundo, la Fiesta era una fiesta. Coincidían muchos toreros de personalidad, arte y tirón. Mucho público nuevo, joven, cosmopolita y no iniciado. Mucha inocencia. Mucha taquilla. Mucha prensa, radio, televisión, cine. Mucha publicidad. Mucha farándula. Mucho torerismo. Mucho taurineo. Mucha crítica complacida y… no poco “sobre”, se decía.

 

El toro se recuperaba. En España 1960 su peso mínimo reglamentario, que había bajado en la posguerra a 423 kilos, subió a 460, para plazas de primera (aún), y con obligación de ser anunciado en las tablillas. Se penalizaron la manipulación de las astas y otros menoscabos. Aunque la edad, apenas vino a ser garantizada (guarismo en la paletilla) por la entrada en vigencia del libro de las ganaderías hasta 1970. Gozosamente, la tauromaquia saludaba un nuevo amanecer. Más no sin disensiones.

 

Tal como sucedió en otras épocas felices y nodales, el purismo respondió aumentando su furor. Siempre fue así. Cuando a fines del siglo XVIII, Costillares introdujo el volapié (ahora ortodoxo), protestaron: “Pasan y repasan los toros hasta cuando fatigados e inmóviles se abalanzan sobre ellos para acuchillarlos”. Cuando Belmonte se quedó quieto y ligó, alegaron: “Así no se puede torear”. En 1948, cuando Manolete acababa de morir en la cumbre de su gloria, Adolfo Bollaín, con prólogo de Antonio Díaz Cañabate y epílogo de José María Cossío, publicó: “Hoy se torea peor que nunca”. Ya lo había dicho muchas veces antes, con El Monstruo en vida.

 

Y entonces, con la efervescencia sesentera desbocada, en el tendido siete de Las Ventas y sus andanadas arriba creció el clamor de contención, rigor y esencialidad. Pero sin hallar plumas dignas de él, que lo asimilaran, lo argumentaran, lo pusieran en blanco y negro, y lo lanzaran a los cuatro vientos. Los respetados papas vigentes de la crítica en Sevilla y Madrid, José María del Rey Caballero “Selipe” y Díaz Cañabate, asordinaban sus admoniciones. Ni que decir del resto.

 

Por ejemplo, con El Cordobés a toda máquina, tras su avasallador primer año de alternativa, Edgard Neville, conde de Berlanga, escritor taurino, diplomático, director de cine y pintor ya se siente obligado a encarar los protestones con su artículo, “Diestéfano y El Cordobés”: “Y esos sujetos que llevan un pito a la plaza, y se muestran furiosos con El Cordobés a la primera ocasión? Llevar un pito a la plaza es como meterse en el bolsillo un documento de identidad con una filiación vergonzosa (…) El torear es como quiere que sea quien toree” (ABC, Madrid 1 de julio de 1964).

 

Pero a contrapartida y al mismo tiempo, dos aguerridos espontáneos se lanzaban a la crónica. El canónico madrileño Vicente Zabala Portolés, y el beligerante salmantino (Fuente de Oñoro) Alfonso Navalón Grande, “Látigo de toreros, azote de afeitadores” le llamaría luego Javier Villán. Escribían, uno en El Alcázar y el otro en Informaciones, medios de corto alcance. Le declararon la guerra a “El Huracán” y semejantes, cada cual por su lado. Eran todo lo que ellos no toleraban. ¿Y cómo así que torear como quiere quien toree? No señor.

 

Inflexibles en su credo: el relato fáctico, la excelencia. El toro íntegro y fiero, (“único imprescindible”), con edad, cuajo, tamaño, peso, astas. La lidia, (“no se puede torear sin saber lidiar”); parar, citar frontal, cruzado, templar, cargar la suerte (sobre todo), mandar, vaciar atrás y ligar bien. La estética sí, pero solo construida sobre la ética, sino no. Atacaron sin concesiones las ventajas, el “destoreo”, el “perritoro”, el “afeitado”, el “sobre” y otras endemias.

 

Insoslayables, llegaron urbi et orbi, desde sus medios de no gran prensa, porque leerlos era razón y emoción. Como decían los escoceses, “la cabecera de la mesa está donde yo me siento”. Pontificaron sin ser infalibles, influyeron, crearon corriente, y excedieron también su poder. Zabala, que no tomaba notas, ascendió años después a la titularidad en el ABC, reemplazando a Díaz Cañabate, y el tenaz Navalón, en el diario El Pueblo, reemplazando a Gonzalo Carvajal. Reinaron largamente.

 

Por supuesto ganaron enemigos, dentro del sistema y alrededores. Era inevitable. Fueron adorados y execrados, acusados de “hacerle mucho mal a la fiesta” y laureados por defender su integridad. Navalón fue agredido físicamente en varias ocasiones, pero también, sacado a hombros en la plaza de Las Ventas, ¡dos veces! Homenaje que nunca ningún cronista recibió, antes ni después.

 

Su santa causa sería continuada en las décadas posteriores por escritores notables como Javier Villán en El Mundo y Joaquín Vidal en El país. Los comienzos de esa cruzada marcaron aquellos sesenta. Se le deben, fue una de sus herencias.

 

Mucho después, sin haber dado el brazo a torcer, el primero, murió en un avión de Américan, estrellado a 80 kilómetros de Cali, el 20 de diciembre de 1995, cuando llegaba para cubrir la feria. El segundo, estrellado contra sus molinos de viento y enfermo, en Salamanca 2005.

 

Inolvidables. Su gesta está consignada en crónicas, relatos, periódicos, revistas, libros…, papeles, no existía Internet, y ha sido revisada recientemente por la tesis doctoral del periodista vasco Javier García Nieto, nacido al finalizar la década (1970). Una investigación a posteriori, bibliográfica, que no por científica deja de ser amena y conmovedora:

 

La corriente crítica esencialista de la crónica taurina (1965-2002). Antecedentes, desarrollo, auge, y desaparición”; (Universidad del País Vasco 2022). Léanla, son solo 937 páginas bien escritas…

 

P. D.: Ayer, después del medio día, murió aquí en Cali Aura Lucía Mera; escritora, columnista, cronista taurina, espíritu formidable de aquella década. Había comenzado su trabajo también por 1964. Somos cada vez menos los de entonces.

lunes, 23 de marzo de 2026

AQUELLOS SESENTA (V) - VIÑETA 603

 VIÑETA 603

Aquellos sesenta… (V)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 23 III 2026

Palomo Linares pasea el rabo de “Cigarrón” en Las Ventas. Foto: ABC 

Como por compromiso en 1970 se apagaron Los Beatles, onomatopeya de una época que moría. La memoria colectiva, que se recrea en clichés, ahora los automatiza:

 

IA: “Década de cambios radicales, contracultura, revoluciones sociales; auge del movimiento hippie, el rock, la psicodelia, el hacer el amor y no la guerra, de lucha por los derechos civiles y la liberación femenina, de la píldora, la moda desastrada, el hombre en la Luna...

 

Está bien, ocurrió todo eso y más. ¿Pero fue de verdad una ruptura histórica, una revolución fuera y dentro del ruedo? ¿Cómo la industrial, que produjo la democracia liberal y el toreo romántico? ¿O cómo la del derrumbe de los imperios entrado el siglo XX, con la cual surgió el toreo moderno (belmontino)? 

 

¿Cambiaron tanto la ética, la estética, la percepción, la lidia, la técnica, las normas, el rito, la esencia, la liturgia, el público, la autoridad, el ámbito, la economía, el negocio, la organización…, el mundo del toreo?  ¿Fueron derogados los cánones y reemplazados por “herejías”? ¿O fue solo alboroto, calentura, inflación, arrebato de una generación perdida?

 

En 1972. La rebelión hace crisis en Las Ventas, en las mismísimas Ventas. El sábado 22 de mayo, el presidente Pangua concede a Palomo Linares (ex “guerrillero”), el rabo del toro “Cigarrón” de Atanasio Fernández, causando estupor. Un escándalo, un mea culpa general, una contrición. --!Oh! ¿Qué estamos haciendo? --La crítica ve su oportunidad y se rebota. Hacen de su señoría chivo expiatorio, lo befan y lo lanzan a la hoguera de la destitución y el ostracismo. Para colmo, dos libérrimos mexicanos, también de clara influencia cordobesista, abren la Puerta grande del templo; Curro Rivera, el mismo día, y Eloy Cavazos cinco días después. !Esto no puede ser! clama el establecimiento. !Juicio, juicio!

 

Entonces, poco después con el verano ad portas, el domingo 11 de junio, en el mismo ruedo y en el mismo cartel, debutan dos novilleros sensacionales, largos, ortodoxos, canónicos, que vienen como con una rama a restablecer el orden. Son Julio Robles, de Fontiveros, y “El Niño de la Capea”, de Salamanca. Tomarán alternativa el año siguiente, y este último, de allí en adelante dominará el mercado y las estadísticas hasta 1979. Ya eran otros tiempos, pero los mismos valores, la misma liturgia y el mismo sistema bicentenario, amenazados, pero nunca vencidos, y ahora refrendados hasta nuestros días.

 

Después de tantos años, tantos ires y venires, tanta bizarría y tanta sangre corrida, el pasado coexiste. Lo sucedido no lo borra, se le agrega. Presente y futuro no son. “Yesterday” sigue conmoviendo. Aunque los “hippies” se hicieran “yuppies”. La sicodelia, industria (ilegal). La justicia y los derechos civiles, utopía. El feminismo, más necesario. La moda, más tonta. La tecnología menos humana. La guerra, más atroz. El planeta, más envenenado. … Y el hombre no siguiera yendo a la luna… (si es que fue).

 

¿Qué cambió entonces? Poco y mucho. El toreo a más de otras cosas es arte, y en el arte cada uno es cada uno. “El Cordobés” en sí mismo y en su contexto, representó las ilusiones de una generación que quiso verse en él. En su desgreñada libertad, en su espectacular contestarismo, en su conmoción sobre la emoción, en su salto de la rana sobre el pase natural.... Otro cliché injusto, claro. Fue más, bastante más. Han terminado reconociéndolo hasta los más reticentes. 

 

Cimentó sus desafueros emocionales (auténticos), en la quietud, el riesgo, y el mando. Su personalidad, su valor y su muñeca izquierda quedan como paradigmas. Como todas las “figuras”, usó y abusó de los privilegios del rango. Igual que quienes compartimos sus años, usamos y quizás abusamos de nuestra juventud y de lo que deparaba la época. Fatalidad histórica.

 

Su carácter extrovertido, festivo y socarrón, y el nunca darse ínfulas que tanto sintonizaron con sus coetáneos, luego han contribuido a la frivolización que han querido hacer de él, los pesados detractores que cultivó, y a los que se suman de oídas muchos que no le vieron. Cuidado, fue un torero. La historia, plegándose a su significado le absolvió.

 

Cierto, no dictó otra tauromaquia como Pepe Illo, pero apasionó las masas, amplió el ámbito mundial de la fiesta y la cultura hispana, creó un boom del cual aún come el toreo... Y aunque al final su rebeldía fuese bien pagada y comprada. En principio, al menos, tuvo ese patético heroísmo quijotesco que llena la poesía. El mismo que tuvieron todas las causas perdidas de aquella generación lejana, y otras tantas de la historia.


lunes, 16 de marzo de 2026

AQUELLOS SESENTA (IV) - VIÑETA 602

 

VIÑETA 602

Aquellos sesenta… (IV)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 16 III 2026

El salto de la rana, El Cordobés. Foto: Fernando Rubio, La nueva crónica

La historia discurre como los fenómenos cósmicos, impulsada por fuerzas aleatorias, sobrehumanas, incontrolables. Yendo y viniendo azarosamente, más que con la cadencia de un péndulo. Arrastrando en ella cosas, individuos, sociedades, imperios, culturas, y… al toreo, por supuesto.

 

Lo enseñaron tempranamente los épicos y los trágicos griegos (hado). Ese loco batir, hizo que su paso por los años centrales del medio siglo transcurrido entre la bomba de Hiroshima y la disolución de la URSS, fuesen particularizados, llamados “gloriosos” por los historiadores franceses, y “de oro” por los anglosajones. A diferencia de los taurinos que como habíamos dicho (I) prefirieron vestirlos: “de platino”.

 

Sobre todo, en el hemisferio septentrional. Pues como predicaba por aquel tiempo Henry Kissinger, omnímodo ministro de Nixon: “La historia transcurre al norte del ecuador”. Aunque algo bajó de la línea umbilical, no se puede negar. Era inevitable. La humanidad nunca tuvo antes tanta energía (fósil), disponibilidad, boyantía, liberalidad, e insumisión. El crecimiento, el consumo, la producción se aceleraron sin freno a contra natura. Los gustos y costumbres trastocaron.

 

Los Beatles, Joan Báez, Bob Dylan, Joan Manuel Serrat (“Ahora que tengo veinte años”), afinaron su voz y lo cantaron. “Prohibido prohibir”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, coreaba y gesticulaba la juventud estudiantil, trabajadora y desocupada en las calles, en los escenarios y los ruedos, sacudiendo toda la cultura.

 

La insurrección de “El Cordobés” personificó esa psicodélica era. Con las masas en fervor, las plazas a tope, las corridas y el escalafón proliferando. Con él (caos) y Camino (canon), enfrentados en cabeza. Los dos polos, iconos del antagonismo desatado. El ayer y el hoy. Así continuaron todo aquel septenio, del 64 adelante. Sin importarles qué a más de las figuras ya consolidadas, emergieran otros alternantes de peso, y estilo diverso. En el 66, Palomo Linares (vehemencia) y Paquirri (poderío). En el 68, Miguel Márquez (voluntad). En el 69, Dámaso González (estoicismo). Para, en el 70, cuál si se tratara de una clausura con estrambote, ocurrir cosas aún mas notables.

 

Una, “La guerrilla”. Como para subrayar la paradojal contemporaneidad. Los grandes empresarios: Chopera, Balañá, Canorea, Dominguín, Miranda, Stuick…, que habían sido puestos de rodillas en ‘Villalobillos” por el ya millonario “Ciclón”, cuando les amenazó con su retiro (1967). Se reagruparon a comienzos del 69, tratando nuevamente de contener sus incontenibles y contagiosos honorarios, imponiéndole tarifas reguladas. Sobra decir por quien terció la prensa. Entonces este, afeándoles, que sin arriesgar se hacían ricos a sus costillas, reclutó al otro “popularísimo”, Palomo Linares, cogieron las armas y se fueron al monte. Torearon mucho, fuera y contra el sistema. Hasta retomar el poder a comienzos del 70. La taquilla manda.

 

Ahí, el “libro de las ganaderías” se hizo de ley, garantizando la edad del toro. Y Manuel volvió al foro de Madrid. En dos corridas (20 y 23 de mayo), corta ocho orejas a los de Montalvo y Atanasio. Con gran consternación de los conservadores y “la cátedra”. ¡Salvamos el rabo! ironizó en el ABC Díaz Cañabate, ante su no concesión. Paco no tarda en responder, allí mismo, el 4 de junio, en la Corrida de Beneficencia, encerrándose con siete toros de distintas ganaderías (uno de Miura) y cortándoles ocho orejas. Desquite. Apoteosis del “toreo eterno”.

 

“El Cordobes” guardó la réplica para el final. Como remate a su año de 121 corridas, que habían pulverizado el viejo record de Belmonte (109). También se encierra el 18 de octubre, en Jaén, feria de San Lucas, lidia siete toros, les corta 11 orejas, tres rabos y al final, montado en el sobrero dice: “Después de lo que he hecho ¿quién puede prohibírmelo?”.  Genio y figura. Con esa blasfemia tan suya cerró la temporada europea y la singular década, que la historia dejó atrás, para seguir su revuelta e infinita carrera.

 

Hoy, a tantos años, y una vez más de regreso a la barbarie, cuesta descubrir con justicia, en el sonriente, apacible y nonagenario anciano, ciudadano ilustre, dueño de “califato”, medalla de las bellas artes, nominador de calles, museos, bibliotecas, estatuas, leyendas y adoración, al atrevido rapaz, espontáneo de 1957 en Las Ventas. Al novillero hambriento y desesperado del “Aprendiendo a morir”, y del “O llevarás luto por mi”. Al “huracán” del toreo al derecho, al revés, en todos los idiomas, y sin mover los pies. Al “nadie”, redimido a héroe y prototipo de una generación y una época que se pretendieron revolucionarias… ¿Lo fueron?