lunes, 5 de octubre de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXXII) - VIÑETA 631

 
VIÑETA 631
 
Aquellos sesenta… (XXXII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 5 X 2026

Dámaso González. Foto: Guadanews

Vi a Dámaso por primera vez, la tarde de su debut en América, (29 de diciembre de 1969, Cali). Seis meses antes de que Madrid lo recibiera como matador de toros y lo confirmara. Pero no mucho después de que la revista El Ruedo nos trajese noticias de sus hazañas novilleriles recientes.
 
19 de marzo en Barcelona, cuatro orejas y rabo. 8 de junio en Las Ventas, a hombros sin haber cortado oreja. 15 de junio en La Maestranza, tres orejas. 21 de junio, encerrona en la Monumental de Valencia; siete orejas y rabo, tres días antes de que Miguelín y Paquirri le cedieran en Alicante el toro “Gañafote” de su alternativa y terminara herido la corrida.
 
Escéptico ante las rimbombantes reseñas le vi. Sin sospechar siquiera lo que nos traerían los años. Cruzaba yo también un momento personal determinante. Finalizaba la década, por primera vez abonado en propiedad a dos en aquel tiempo “imposibles” barreras de sol en el tendido 3. Ya no me tomaba por lo que se dice un aficionado incipiente. Me daba ciertos aires. Cumplía el año de internado, último de la carrera, en el desaparecido hospital San Antonio de Tuluá, 100 kilómetros al norte de Cañaveralejo. Quería ser cirujano.
 
En mi transcurrir por hospitales, había asistido a muchas tragedias, muertes y sufrimientos. También a muchas corridas. Había visto torear prácticamente a todas las figuras de la época, y algunas de la generación anterior, la de los cincuenta.
 
Esas experiencias, pasadas y repasadas a través de los años en largas conversaciones con mayores, lecturas y películas, podría decirse que habían sacado hacía rato mi afición de la adolescencia. O, mejor dicho, había perdido la inocencia para siempre.
 
Iniciaba esa edad en la que no se quiere aceptar nada diferente a lo que se cree perfecto. Esa edad que mi sabio amigo Toño Almanza llama “la travesía del desierto”. Por la que más o menos pasamos todos los aficionados, y en la que algunos, como las vacunas calaveras peladas de las películas del lejano oeste, se quedan tirados para siempre.
 
Además, como cualquier colombiano estaba tocado de una u otra manera por la atroz guerra interna, no declarada, que nuestro país vivía sin pausa desde hacía veintiún años. No era fácil entonces que me conmocionara, como de niño, con inminencias reales o tremendismos, en la plaza o fuera de ella. Estaba curtido en el estrés.
 
Sin embargo, me pasó en aquella tarde llena, soleada y caliente de Cañaveralejo. Cuando Dámaso y yo, cada uno en su particular circunstancia, coincidimos por primera vez en la plaza. De pronto le vi allí parado en la puerta de cuadrillas, de humilde caña y oro (creo recordar). No era de los que le cuadraba el traje de luces. Montera en mano, pequeño, esmirriado, poca cosa, con la palidez del invierno español, desentonando entre el natural garbo de Paco Camino, y el atildamiento del aún apuesto Joselillo de Colombia (ídolo local).
 
Pese a sus antecedentes recientes, la multitud que en mayoría los ignoraba no se había congregado precisamente por él. Tercero en jerarquía, y aunque novedad, no era tampoco, ni mucho menos una de las atracciones en los carteles de la feria. Los cuales anunciaban para las ocho corridas, fuera de los tres que teníamos a la vista en esta ya cuarta de abono, a don Ángel Peralta y su hermano Rafael, José Fuentes, Paquirri, Ángel Teruel, Manolo Martínez, Miguel Márquez, Vásquez II, El Chano, Pedro Domingo y Curro Vásquez, también debutante.
 
Antes de caminar tras los alguacilillos miró como sorprendido a lo alto de los bulliciosos tendidos. Le seguía su hermano Julio como una copia fiel. Su cráneo ligeramente dólico, peinado con carrera por la izquierda, largas patillas, frente adelantada, pobladas cejas que ensombrecían y hundían sus pequeños y juntos ojos, encima de una nariz aguileña, le daban un aspecto más bien melancólico. Avanzaba con cortos y rápidos pasos como tratando de no desalinearse con los otros. La antítesis del tronío. Quién se iba a fijar en él, a no ser por su contraste desangelado. --Aunque algo debía tener, así las noticias no fuesen ciertas, pues lo traía Pepe Camará el mismo apoderado que fue de Manolete desde novillero hasta su gloriosa muerte –Me decía.
 
De entrada, el primer fuentelapeña le pegó una cornada fuerte a Joselillo cuando sus primeros lances habían alborotado el paisanaje. Se lo llevaron a la enfermería, para no regresar. Quedando la cosa en un imprevisto mano a mano entre la máxima figura y el extraño debutante. Camino, con su docta facilidad lució y estoqueó al heridor, cortándole una oreja. Que luego sumó a otra de uno de los de su sorteo, asegurando el triunfo, más no la puerta grande que aquí requiere al menos dos en la misma faena. Era lo menos que se esperaba de él.
 
Corrieron turnos en consecuencia, y el tercero lo echaron segundo. Quizá novillo –refunfuñé-- pero alto, abanto, remató en tablas. Julio le paró y Dámaso se adelantó hacia él ofreciéndole la capa. Las verónicas fueron intercaladas con chicuelinas más bien raudas, de mano alta y sin pretensiones diferentes a las de hacerse al toro y cumplir el tercio. El público las coreó más por costumbre que por emoción.
 
Tras varas y banderillas de cuyas ejecuciones no puedo acordarme, y el brindis protocolario a la plaza. Despacio, engarzando la punta del ayudado en la franela se aproximó al animal, y sin dejar de mirarlo, se le puso por la cara, frente con frente, tal era la proporción de tamaños. Y allí se quedó toda la faena. En los terrenos del toro. Quieto, aguantado, con la cabeza hundida entre los hombros. Dejando su integridad solo confiada al mando del trapo. Parando y obligando pallá y pacá, con una tozudez desacostumbrada en esos años, muy anteriores a la llegada de Ojeda.
 
Cierto, la mano alta o a media altura en los embroques y algunos vaciados, pero con la tela planchada, intacta, y el bulto siempre a disposición de los pitones. Estóico, sin quitarse, sin posar. A verdad desnuda, larga e increíblemente. Sudoroso, el cuello desabotonado, la corbata torcida en el fragor. Metido entre las puntas, oscilando la muleta tras el cuerpo por uno y otro lado, mirando a las filas de arriba, con la boca entreabierta y el gesto ausente, abandonado, dejando pasar los segundos que se hacían minutos, como en vocación de martirio. A contra del canon estético en boga. Pero embellecida patéticamente y engrandecida su triste figura, hecha ofrenda propiciatoria. La vieja razón del rito.
 
Ofició así, como iluminado cura pobre sus tres faenas y salió a hombros con tres orejas. Para regresar a los cuatro días, “corrida del toro”, ya en el año siguiente (1970) y repetir el triunfo indultando a “Golpeado” de Las Mercedes. Volvió a nueve ferias, en las que cortó 28 orejas, indultó dos toros, y ganó el trofeo “Señor de los Cristales” dos veces. Lo seguí a otras plazas. Llegó a la élite. Dijo adiós a Cali el 2 de enero de 1988, desorejando el toro de la despedida... La última vez que le vi torear, fue en la Feria de julio de Valencia 1992, el martes 21, con toros de Victorino Martín. Al regreso de su primera retirada. Ya no éramos los mismos. Murió glorioso hace nueve años. 
 
Cuando pienso en él, no pienso en la figura del toreo. Pienso en ese desaliñado torerito que, abandonando su bicicleta de lechero, lanzó su fe por las capeas pueblerinas, el toreo bufo, la dura novillería…, y en aquella tarde remota de Cali, cuando por momentos me devolvió a la inocencia.

lunes, 28 de septiembre de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXXI) - VIÑETA 630

 
VIÑETA 630
 
Aquellos sesenta… (XXXI)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 28 IX 2026
Sebastián Palomo Linares. Foto: ABC
Qué la historia del toreo es la historia de los toreros. Perogrullada, si no fuese necesario estarla recordando al torismo unipolar.
 
El que torea es el hombre, el sujeto. La otra mitad esencial para la consumación del rito, el toro, es el objeto, aun en su sacralidad como abstracción de la naturaleza; bravura, poder, superioridad física, belleza… hoy, también selecciones humanas.
 
Todas las historias del quehacer terminan siendo la historia de quienes lo hacen. De quienes se dan a ello. Vassari cuenta el Renacimiento con su “Vida de grandes pintores”. Suetonio el Imperio romano con su “Vida de los doce Césares”. Diógenes Laercio la filosofía clásica con su “Vida de los filósofos más ilustres”. Y desde la magna enciclopedia de Cossío, hasta la muy condensada, pero plausible “Historia del toreo” de Laverón, la cuentan a través de sus catálogos biográficos de matadores de toros y novillos...
 
Por mi lado, estas viñetas, apenas recolección aleatoria de recuerdos juveniles desgastados o aumentados por subjetividades, idealizaciones, desmemorias e influencias tempranas y tardías, no tienen intención historiadora. No pueden tenerla.
 
Son solo relatos personales. Coincidan o no con el cliché histórico, inevitablemente también tratan de los que vi “ponerse delante”. De los que por una u otra causa no pude olvidarme. No sé si esta salvedad obligada ya la hice. De no ser así la invoco ahora en mi defensa. Si tengo alguna, ¿vale?
 
Los que arribaron en la segunda mitad de la próspera década. Muchos, todos ávidos como sucede con las utopías perseguidas a muerte; "Dorado", "Fiebre del oro", "Tierra prometida", “Fin del arco iris”…, ninguno pudo quitar a los que habían encabezado el fenómeno: Puerta, Camino, El Viti, El Cordobés.
 
Pero no fue cuestión de turnos, fue cuestión de toreo e impacto. Ninguno pudo arrebatarles, en esa década digo, el predominio del público, los carteles y el dinero. Pese a traer valor, personalidades propias, retadoras tauromaquias, obsesivas ambiciones, astutos apoderados, e incluso tempranas leyendas; espontáneas o fabricadas.
 
Palomo, Paquirri, Dámaso González, Fuentes, Teruel, Miguel Márquez, Andrés Hernando, El Caracol, Amador, Benjumea, Curro Vázquez, Julián García, Manolo Martínez, Eloy Cavazos… Me vienen, más que en orden cronológico de arribo (alternativa) o mérito torero, como la memoria los llama. Todos ellos, pese a su valía, llegaron a ya entrados los setenta haciendo la segunda, a despecho de los intentos belicosos con que algunos quisieron igualarse dentro y fuera del ruedo con los propios.
 
Por ejemplo, Sebastián Palomo Linares, a seis meses de su alternativa cuando le vi primero. Desde semanas antes de su debut en La Santamaría, de Bogotá, el 9 de diciembre del 66, con Joselillo de Colombia y El Viti, toros de Mondoñedo (creo). Ya los alrededores de la plaza estaban empapelados con su sonriente imagen de maletilla, melenuda, enjuta, medio infantil aun, y el eslogan de su temprana película: “Nuevo en esta plaza”.
 
Yo, dos años mayor, visitaba con frecuencia el cercano Tequendama, hotel de toreros, en cuyo lobby mi novia, Gloria, en vacaciones ambos de la universidad, atendía una boutique. No sé por qué, así como inconscientemente había asociado a El Cordobés con Los Beatles, asocié aquella imagen y actitud provocadora de Palomo con las del irreverente cantante francés Hervé Vilard, muy de moda entonces, disparado por el éxito de su vida: “Capri cest fini”, y quien burlón había contestado en una temprana entrevista: “mi novia se llama Robert”.
 
Fui a ver a Palomo. Su alegría, espectacularidad y sobre todo su vehemencia me ganaron, pese a no cortar orejas. Estatura media, no deslució la composición con ninguno de los dos pequeños toros. Codicioso, arrojado y bullidor, cada una de sus dos bregas pareció ser la última de su vida. Lucía como el más poseído por los hálitos multitudinarios de El Cordobés, y sin ser su imitador, era casi tan desafiante y contagioso como él.
 
A los pocos días, estaba en vacaciones, contaba, volví a verle en Medellín donde vivía mi padre. Tras escandalizar (no raro), esa vez con el cambio a última hora de los dos “aguasvivas” que le correspondieron en el sorteo, por dos de Mondoñedo, desquició la plaza compartiendo triunfo con Efraín Girón.
 
En cambio, nos quedamos esperándolo ese mismo año en Cali, mi plaza, donde se le anunció abriendo feria el 26 de diciembre con Pepe Cáceres y Tinín. Se quitó (“parte médico”), siendo sustituido, por Antoñete. Pero sí lo hizo al mes, 26 de enero del 67 en Manizales con Andrés Hernando y Oscar Cruz. No estuve, seguí la corrida por radio (Ramón Ospina). Cogido y triunfante.
 
Dos años más tarde por fin debutó en Cañaveralejo, abriendo la puerta Señor de los Cristales, el 28 de diciembre, segunda de feria, con El Viti, el paisa Hernán Alonso y toros de Fuentelapeña. Cortó tres orejas y fundó aquí desde aquella tarde una secta “palomista”. Populares periodistas incluidos: Pardo Llada, Gallego Blanco, Eduardo de Vengoechea (el más) entre otros, y consolidándose como figura en Colombia. De aquí salió alistado en “La Guerrilla” junto a El Cordobés, con quien retador, había intentado enemistarse en sus inicios. Cómplices en esa revoltosa temporada 1969. Amarga para los empresarios.
 
Años después en Madrid, ya viejos los dos, Pepe Dominguín, quien lo había descubierto en 1964, en esa nocturna de oportunidad en Carabanchel, plaza que llevaba con su hermano Domingo, me dijo después de un par de copas de pacharán — “Lo escogí porque tenía cara de granuja”.
—Recordé otra vez aquella lejana corrida cuando el aprendiz de zapatero, que de novillero apodaban “El rata”, cambió irreglamentariamente el sorteo y se robó a Medellín. Le di la razón.
—De los 800 aspirantes a la oportunidad, solo él llegó a figura —agregó Pepe.
—Estaba raquítico. Tuvimos que llevarlo al médico para que le pusiera un plan de alimentación.
—Recordaron en alguna entrevista después de su muerte, los hermanos Lozano sus apoderados vitalicios.
 
Guerrero, vivaz, carismático. No fue el más lírico ni más eficaz capotero, no hacía el segundo tercio, su brusca e impositiva muleta era más instrumento de combate y alarde que de sosiego, mando y temple, y su letal espada más espectacular que pura. Su carta de triunfo era él mismo, su soberbia, su torrentoso temperamento. Así lo recuerdo, en su habitual blanco y plata, con su vertiginosa ligazón, de pie y de rodillas, fajándose, alardeando, mordiendo un pitón, feliz o furioso a sintonía siempre con el momento del toro y de la plaza.
 
Mediático. En esa técnica publicitaria inventada por El Pipo para Manuel Benítez, que no funcionó igual con ningún otro. Palomo fue quién más la bordeó. Bajo la inteligentísima dirección de sus apoderados. Llevando gente, levantando emociones, polémicas y banderías. Siempre dando de qué hablar. Pero frente al toro y alternantes, macho, sin conceder ni desaprovechar ventaja. Su ambición era total e indeclinable. Así se ganó cada triunfo, cada cogida, cada peso, cada polémica.
 
Seguido a toda hora, en público y en privado por micrófonos, cámaras y ojos, como un precursor de los actuales realitys no se molestó en esconder su intimidad. Por decir algo, en el cinematográfico romance desde 1968, con la cantante y actriz Marisol. Ídolos de juventud que se repartían entre la pantalla y la realidad. El linarense llegó después a la cumbre, puso patas arriba Las Ventas con el rabo de “Cigarrón” en el 72, tuvo larga carrera, y murió célebre. Fue otro de los que escribieron con fosforescentes caracteres la historia de aquellos años.

lunes, 21 de septiembre de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXX) - VIÑETA 629

 
VIÑETA 629
 
Aquellos sesenta… (XXX)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 21 IX 2026

Grace Kelly y el príncipe Rainerio III en Las Ventas. Foto: Cano, ABC

Antitaurinos hubo siempre. Bueno, siempre no, es una exageración. Digamos que quizá solo desde que los homínidos bajados de los árboles hallaran vital desafiar con su cuerpo al uro para cazarlo.
 
O acaso antes de que el sapiens descubriera que además de alimenticio, provocar y esquivar las embestidas de un toro creaba emoción estética. Pero podría ser antes también de que lo tomasen por símbolo de la naturaleza, deidad y culto (los primeros). Y de que las pinturas prehistóricas de las cavernas europeas, los monolitos persas o los frescos cretenses, fueran testimonios de tal reverencia.
 
Aunque de cuando en cuando imagino que la primera vez que un niño halló divertido jugar al toro, su madre habría opuesto a ese acto libre, su propia libertad de considerarlo peligroso, insensato, innecesario…, y al pasar de regañar a prohibir, ejecutó la primera imposición antitaurina. El antiguo asunto del poder y la libertad.
 
Así que cuando en la primavera parisina de 1968, los revoltosos estudiantes gritaban por toda nuestra generación el “Prohibido prohibir”, estaban otra vez pregonando el viejo espíritu de la autodeterminación. Del niño jugando al toro. De una retoma de la libertad; en sensación, pensamiento, expresión y acción. Una liberación en la cultura toda; por eso los llamaron “contraculturales”, quienes consideraban la suya particular como la única. Su solo arte, su sola filosofía, su sola ciencia, su sola política, su sola estética, su sola idolatría.
 
Y su sola tauromaquia también. La insurrección cordobesista sintonizó con eso, con la época. Contrastó, la puso patas arriba, la cautivó, la cazó y la capitalizó. Por eso las versiones clásicas rivales tuvieron que afinar mucho, mucho. Y por eso, florecieron aquellos años del toreo, en que sus enemigos sempiternos, no fueron silenciados, pero tampoco escuchados. Nadie les paraba bolas, pues nadie podría siquiera imaginar entonces discutir la existencia del toreo, y muchísimo menos predecir que sesenta años después, con una nueva ola contralibertaria (la historia es péndulo;), el culto al toro llegase a ser ya no infamado, sino prohibido. En la segunda ciudad de España, y en las restantes capitales nacionales taurinas hispanoamericanas; México, Bogotá, Caracas, Quito…, y que con ello se prospectara su total aniquilación mundial en aras del “derecho” animal.
 
Quién iba a preverlo por esos días cuando fervientes llenábamos las plazas y en ellas, al filo mismo del ruedo, veíamos exhibiéndose complacidos a los íconos del momento, los famosos, los poderosos, los adorados, los imitados. Las bellas y los bellos de Hollywood, los escritores, los cantantes, los bailadores, los pintores, los faranduleros, los presidentes, y los políticos claro, (gratis), usando las multitudinarias corridas como calvas oportunidades promocionales, cotos de caza. Los mismos que años después, iban a legislar las prohibiciónes.
 
Y atrás de ellos, arriba en la grada, o a su lado, como escribiera Hemingway en el 59, de un remate de corrida en Málaga… Un conglomerado de aficionados al toreo, toreros, apoderados, ganaderos, periodistas, turistas, vagos, pervertidos de ambos sexos, conocidos, amigos, aristócratas, tipos dudosos, contrabandistas, gente dudosa en tejanos, gente agradable en la misma ropa, viejos amigos, ex viejos amigos, gorrones y personajes pintorescos.”    
 
Porque si alguna cosa deparó el toreo de la época, fuera de su ruptura con lo sistemático…, fue la universalización, el cosmopolitismo, la vulgarización. Todo ello en medio de la temporal ventolera juvenil, que justificaba el romántico: “quién a los veinte años no ha sido revolucionario, no tiene corazón…” y que pronto sería comprada por el prosaico: “quién a los cuarenta lo sigue siendo no tiene cabeza”. La historia es péndulo. El hombre es el hombre; sentimiento y razón, corazón y estómago, Quijote y Sancho…, “cosa vana, variable y ondeante”, que en todas partes dejó memoria amarga de sí.
 
Ejemplos manidos de lo que pasaba, y disculpen la falta de originalidad, pero no se me ocurren otros más ilustrativos. Grace Kelly y el Principe Rainerio. Ava Gardner, “el animal màs bello de la creación”, mujer de Frank Sinatra, con Luis Miguel Dominguín. Audrie Hepburn con su marido Mel Ferrer. Sofía Loren sola. Orson Welles, Hemingway, El Rey desde antes de ser Rey, El Ché Guevara…, en la barrera de Las Ventas; Dalí, Picasso y proporcionalmente, celebridades y micro celebridades regionales o locales por las otras plazas del mundo en dónde se hacía lo que Madrid hacía. Es que vivían los toros en el imaginario colectivo de una manera nunca antes ni después vivida. Más allá de la tradición y el rito. El asunto es que las corridas eran aconteciemintos insoslayables, necesarios, chic y además útiles. Aunque no gustaran, había que ir, convenía.
 
Pero el imaginario popular es dinámico, cambia como el clima, toma y desecha modas una tras otra, que lo diga la minifalda. La tauromaquia no es moda, claro, pero su consumo, frívolo, masivo al llamado de la publicidad sí (“Cénate Las Ventas”). Igual que puede serlo pugnar por una marca, una estrella, un color, un torero, un toreo…, y asumir como solo válida esa necesidad inducida, pasajera.
 
"El toreo eterno", repetimos presumiendo que el culto y su significado podrían serlo. Por que como nos pasa con el universo y el tiempo, no alcanzamos a divisar su origen ni su fin. Metáfora. Nada humano es eterno. Si acaso la energía y la materia que aleatoriamente nos componen y descomponen.
 
Aquellos años en los que sentíamos como han sentido los jóvenes de todas las épocas que la lozanía era perenne, que las cosas buenas permanecerían, que los abuelos no morirían, o al menos en el tiempo que nos cabía en la cabeza. Qué Ordóñez, Puerta, Camino, El Viti, El Cordobés tampoco pasarían…, y creíamos que nuestro alboroto cambiaría el mundo de una vez y para siempre, aunque no la Fiesta y lo que amábamos, por supuesto.
 
Qué tan embriagados andábamos con esas nada originales ilusiones, que ahora desde la vejez nos hacen ver como archivos apilados bajo el rótulo “generación perdida” y olvidada. Como tantas anteriores, cientos, quizá todas. Ese mismo rótulo con que como gran cosa marcó Gertrud Stein a la literaria y sufrida de Hemingway, Dos Passos y Fitzgerald, la de entreguerras.
 
Los antitaurinos, que también se mueven con la moda, permanecieron acallados por el clamor de las plazas en aquella década. Pero luego sacaron las uñas con una beligerancia retenida, llegando hasta las asonadas, las bombas (Colombia), las leyes de prohibición, y la colocación del toro bravo en la mira de la extinción, por primera vez desde que pisó la tierra.
 
Es la historia. La fatal futilidad y fugacidad de lo humano qué va y viene, invirtiendo valores e invalidando épicas. Lo señaló Thomas Mann en 1946, apenas acabada la Segunda Guerra Mundial; perdieron, pero ganaron. Y hay qué ver. Antitaurinos hubo siempre, bueno casi siempre, a veces han avanzado, a veces retrocedido como en los sesenta...
 
 

lunes, 14 de septiembre de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXIX) - VIÑETA 628

 
VIÑETA 628
 
Aquellos sesenta… (XXIX)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 14 IX 2026
 
Antonio Caballero. Foto: El Colombiano
Varias veces antes nos habíamos cruzado por ahí sin cambiar palabra. Volteábamos por los mismos barrios de lo que fue norte bogotano. Me caía más bien mal. Un larguirucho de pelo castaño, gesto pausado y mirada indiferente. Parecía uno más de los engreídos, sabelotodo del Gimnasio moderno. De esos que no jugaban fútbol sino bolos en el “Tout va bien” y tomaban malteadas faroleando con las bonitas de cola de caballo en el “Cream helado”.
 
Así lo clasificaba, en ese catálogo automático que vamos llevando de todo lo que vemos por ahí. Era evidente que nos reconocíamos, pero no lo mostrábamos. La casilla “innecesario” en que lo tenía registrado me lo impedía, y él por su lado menos, con esa manera que parecía decir —no me fijo en nada indigno de mi pedigrí. 
 
Yo estudiaba unas cuadras más abajo. En el Fray Cristóbal de Torres, sobre la carrera 13, que pese a su nombre era tan laico y “liberal” como el suyo situado sobre la 11, aunque no tan caro. Uno con la calle 70, el otro con la 74, cerca. Por eso las fortuitas coincidencias de lugar.
 
Hasta una vez, a mediados del 62. Lejos de allí, en el centro.  En uno de los pisos de la librería Buchholz. Quizá el tercero, no lo puedo precisar hoy, pese a que era uno de mis cotos preferidos de lectura furtiva.
 
Estaba en eso, frente al bien surtido estante “Tauromaquia”. Tema de producción editorial abundante, apreciada y demandada entonces. Absorto, hojeando “Death in he afternoon”, aun no traducido a “Muerte en la tarde”. Cuando escuché a mi espalda.
—Es un imbécil —- me giré sorprendido y encontré su mirada nada en su ya visto rostro juvenil, de una edad similar a la mía, y por tanto incongruente con la gravedad de la voz. Luego supe que solo era un mes mayor.
 
¿Cómo? —repliqué sorprendido y molesto.
—Hemingway —repitió como extrañado de que no se advirtiera la obviedad —Bueno, era un imbécil. Se mató hace un año.
 
Lo ignoré, preguntándome —a qué habrá venido este por acá. —Mientras reencontraba la página interrumpida —Imposible que haya sido a lo mismo que yo, libros y toros. —Pero insistió
 
—Ve y describe las corridas como lo hace con todo —regresé el libro a su lugar y lo encaré.
—Usted qué sabe.
—Porque lo he leído, a él y sobre él.
—Yo algo, y me parece que el imbécil es otro —contesté, dispuesto a la pelea.
 
La esquivó con un —Mejor este —y extrajo la “Tauromaquia” de Pepe-Hillo, esa sí en castellano.
—Es otra cosa —repliqué.
—Otra cosa sí. Como dice él mismo, uno solo debería escribir sobre lo que ha vivido.
—Él vivió lo suyo.
—Sí. Como un turista en el tendido. El otro como lidiador en el ruedo, y muerto por un toro.
—Bueno, pero este no lo escribió, lo dictó, era analfabeto —alegué.
—Es lo mismo. Escribir, dictar… Homero, Milton, Borges…
—Ciegos y tampoco vivieron lo que dictaron.
—Creación, arte, no falso testimonio — dijo despectivamente, mientras ponía a Pepe-Hillo en su sitio.
—En el fondo son lo mismo. Este libro hasta donde entiendo es ficción y no ficción. Un diálogo imaginario de un aficionado con una señora ignorante.
—Solo una patraña para colar un tratado sin fundamento, alzar un edificio sin cimientos. Además, mucho de tercera mano, se lo contaron o lo leyó… —argumentó levantando el tono por única vez.
—-Pero sus diálogos siempre son verosímiles, sus narraciones estupendas, sus personajes, su estilo…
—Y…
—Qué es un buen escritor. Hace buena literatura. Me gusta.
—Problema suyo. Eso que tiene ahí es un manual en inglés para gringos. Como esos de “Cómo ver una corrida”.
—Sí, sus opiniones seran discutibles para cada quién. Pero seguro este manual está bien escrito como los otros suyos. —insistí.
—-Tan bien escrito como concebía la literatura.
—Cómo
—Desnuda, directa, pobre. La obra literaria perfecta, es el cartel de toros, no le sobra ni le falta nada. Dijo una vez.
—Una metáfora
—Falsa, el texto de un cartel es artesanía publicitaria. “Seis bravos toros seis…”. Redundancia y mentira. Nunca salen así, los seis. Además, las imágenes, los colores, la diagramación…, es todo lo adjetivo y cursi que dice despreciar en la prosa.
—Era periodista, se formó así, fue lo que trajo al relato ficticio. La ruda y real sencillez.
—Claro. Fiesta, su mejor novela que lo lanzó joven, es poco más que un libro de viajes y ese que tiene usted ahí sin entenderlo, es una cartilla para principiantes.
—Así cautiva, vende a montones y es imitado
—Éxito comercial más que otra cosa. Sobrevalorado.
—Al menos indica el gusto mayoritario, no la moda, este libro, se publicó hace treinta años y sin estar traducido al idioma de las corridas aún se compra mucho y la crítica lo aprueba.
—La literaria, que no sabe de toros, y la taurina que no sabe de literatura, y no lo tratan igual.
— Pero coinciden en la importancia.
—Se sabía vender. Asociado desde el principio a los grandes: Anderson, Stein, Joyce, Pound… que le ayudaron a escribir y a proyectarse; y más con la imagen comercial de macho romántico que se construyó. Todo un montaje —siguió aduciendo ya sereno y sarcástico.
—Que funcionó. Cuando le dieron el premio Nobel hace ocho años, García Márquez que fue reportero como él escribió en El espectador la nota: “Para su obra literaria está bien por ahora el Nobel, para su obra vital quizá no haya premio suficiente.” Qué le parece.
—La opinión cómplice de un admirador —dijo alzando las cejas 
—El estilo
—La suma de virtudes y defectos de un escritor.
—Como el toreo. En eso coincidieron él y Belmonte —recordé
—Bueno. El arte es un asunto personal así sea torpe, y el toreo y la literatura lo son. Arte, digo.
—Tan personal como el honor en un duelo, que también es.
—Para mí el arte. La belleza de lo terrible—afirmó
—Para mí las tres cosas.
—Para mí Ordóñez hoy.
—Para mí también…
 
Conversando habíamos bajado, salido de la librería, cogido a la izquierda por la Jiménez, luego a la izquierda otra vez por la séptima, pasando San Francisco, la plaza de Las Nieves, el nuevo puente de la veintiséis, la plaza de toros, y por la trece sin darnos cuenta entramos en Chapinero.
 
Llegados al parque de Lourdes paramos. Allí me ofreció la mano diciendo —Soy Antonio Caballero, por qué no vamos juntos a la novillada el sábado.
—Está bien, a las dos y media en la entrada siete. Le di la mía y nos fuimos cada cual por su lado.
 
Antonio murió hace cinco años, el 10 de septiembre. Más o menos así creo recordar esa lejana primera conversación.
 

lunes, 7 de septiembre de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXVIII) - VIÑETA 627

 
VIÑETA 627
 
Aquellos sesenta… (XXVIII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 7 IX 2026
Familia Dominguín: Domingo, Carmina, Gracia, Pepe (hijos), Gracia, Domingo (padres) y Luis Miguel (hijo). Santos-Yubero. fondo fotográfico del Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid.
 
El toreo que los cincuenta entregaron y al cual asistimos con exorbitados ojos infantiles, estuvo jalonado por lidiadores de marcada individualidad y contrapuesto conjunto.
 
Un catálogo de estilos propios pugnando entre las corrientes culturales producto de la terrible primera mitad del siglo XX. Dos guerras mundiales y entre ellas las feroces civiles rusa, china y española.
 
Pepe Dominguín en su biografía familiar (“Mi gente”), recuerda los tempranos años treinta: Me despertaba de niño en la madrugada, y veía mi padre (alternativado por Joselito), a horcajadas en una silla, trabajando y corrigiendo de salón al joven Domingo Ortega, (alternativado por Gitanillo de Triana). Así, de generación en generación, década en década pasa el arte de torear.
 
Y así llegaron a esa mitad de siglo las diversas versiones de la revolucionaria faena belmontina. Sofisticada sucesivamente por Chicuelo y Manolete, padrino y ahijado, por cierto. Como todos, menciono solo a los que luego trascendieron a paradigmas de sus respectivas épocas (pecados y virtudes incluidos). En este caso, “Edad de Plata” y “Los cuarenta”.
 
A su turno, los cincuenta que mundialmente contundidos en la resaca del mar de sangre y sufrimiento, habían tirado por la filosofía y la literatura de la indiferencia, la estética de la angustia, el teatro del absurdo, la pintura voleada sobre lienzos en el piso, la poesía del aullido, la arquitectura del “brutalismo”, la causa de la desesperación, el síncope del rock and roll...
 
Por su lado, España, las dos Españas. La interior reconcentrada del “Bienvenido Mister Marshall” que aún resistía a la influencia exterior, y la otra, la del exilio, el reciente y el viejo (hispanoaméricano) que la asimilaban. Las dos seguían toreando, pero como siempre, desde el “descubrimiento”, a dictado de la primera, la profunda, la peninsular. Lo que pasaba allá pasaba acá.
 
Identificadas en el ruedo con: El tremendismo de Litri y Pedrés; quietud y espera. La espectacularidad de Luis Miguel, largura, vía Guerrita y Gallito (padrino de su padre ya dijimos), y de los Girón (Cesar y Curro), exuberantes expresiones tropicales de lo mismo. El neoclasicismo de Aparicio y Ordóñez capotes y muletas parantes, templantes y mandantes, pero espadas impropias de su nombradía y sobre todo de la esencia del culto.
 
Medio secular abanico de tauromaquias, sobre las cuales se siguen derramando miríadas de palabras y arte derivado, pero qué, con todo y eso, no lograron llenar el vacío en la emoción, tendidos y taquillas que había dejado la muerte de Manolete.
 
Así decían y así lo recuerdo. Eso fue lo que entregaron cuando cambió la época. Repito, el 3 de enero de 1960 en Cali, a tres meses y medio de terminado el “verano sangriento” con el último mano a mano de Luis Miguel y Antonio Ordóñez. Toros de Fuentelapeña, y una vez más triunfo del segundo como epílogo.
 
Algo había que hacer. Lo primero, volver a meter la gente en la plaza, sin eso no hay plata, ni toro, ni toreo, ni arte, ni corrida, ni negocio. Entonces, llegaron: Hemingway con su “Life” y su “best seller”, El Pipo con su Cordobés, la cátedra con su Puerta, su Camino y su Viti apretando la tuerca pura, la televisión..., y tras todos ellos encantadas las masas raizales y turísticas.
 
¿Cómo cambió entonces el toreo para lograr eso? no mucho. Nada en esencia y casi nada en técnica. Aparte de la nominación de algunas suertes con el capote, como “la cacerina” de Pepe Cáceres y “la miguelina” de Miguelín; o con la muleta, “la regiomontana” de Cavazos, y el insultante “salto de la rana” de El Cordobés..., poco más.
 
La explosión no ocurrió en el ruedo sino fuera. Con él eco que retumbó en el pecho de una sociedad estresada que se volvió a ver interpretada por el rito trágico. Cultura - contracultura, idolatría – iconoclasia, revolución - contrarrevolución.
 
Prendió la mecha un marginal desgreñado, arrojado, aguantado, que sobrador, atentando contra el “buen gusto”, desafiando el canon, burlando lo reverente se mostraba multiplicador de los panes. Había que verlo. Había que asustarse con sus largos parones, dejarse llevar por su ligazón natural, ovacionar su desparpajo, reír o maldecir con sus dislates, aplaudir sus estoconazos, echárselo a hombros, y contar que habíamos estado allí, que era verdad lo que decían de él, y más. Y había que ver también la respuesta de su contraparte, y a la siguiente tarde volver, hacer más lleno y apostar más a la ilusión del triunfo de lo que nunca triunfa.
 
No es que aquello fuera más tremendo que Litri y Pedrés, ni más prolijo que Luis Miguel y los Girón, ni mucho menos más armónico que Aparicio y Ordóñez. Era el encuentro con el desencontrado sentir de la época. Era la nada de Sartre, el extranjero de Camus, Pollock voleando pintura, Ginsberg aullando en rima, Le Corbusier brutalizando, El Ché muriendo, Chuck Berry dándole a la guitarra y bailando a pata de ganso… Era eso, el espíritu del tiempo hecho carne, el “Zetgeist” en traje de luces. Era otra vez el estrafalario Alonso Quijano parodiando a Lancelot. No lo sabíamos, claro. Apenas intuíamos algo así, desde allá del fondo evolutivo del hipotálamo.
 
De ahí salía la emoción, el frenesí. Con un toro, que vaya usted a saber si era toro. Y a quién le importaba, si era el mismo que toreaban sus rivales defensores del santo grial, del “toreo eterno”. De ahí venía esa vehemencia que, según los viejos solo habían causado antes el hieratismo de Manolete, el dramatismo de Belmonte o la excelsitud de Joselito…, en sus mejores días.
 
Allá en la base del cráneo, donde llega el metalenguaje del arte, que dice más de lo que dice. Que cada cual traduce a su momento, no con la razón sino con el instinto, el deseo, la frustración o la satisfacción. Allá llegaba. Hoy, a la distancia, sedimentados los recuerdos, el toreo teatro de la vida y la muerte, sigue ahí. Como antes, exorcizando, lidiando lo exorable y lo inexorable, lo confesable y lo inconfesable, la postura y la impostura.
 
Como las proezas goyescas de Ceballos, Martincho, Falces… El Viti, pinchando una faena histórica, cinco veces a recibir sin aliviarse. Camino total encerrado con seis toros. Puerta sangrando, Manuel desafiando todo y a todos... Gestas personales que como tantas otras de entonces amenazaron totalidad y perennidad, pero irrepetibles se diluyeron en pobres imitaciones.
 
También el toreo salió de la encrucijada histórica de los sesenta con revuelta y sin revolución. La trascendencia de la época queda solo en la bella autenticidad de sus múltiples héroes, en la concurrencia conmovedora de sus hazañas. Es quizá lo único que hizo único y digno de leyenda y nostalgia ese periodo sin par.

lunes, 31 de agosto de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXVII) - VIÑETA 626

 
VIÑETA 626
 
Aquellos sesenta… (XXVII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 31 VIII 2026
El toro de Osborne, emblema de los 60
¿Esos años cambiaron la fiesta?  Sí, la cambiaron, como cambiaron toda la cultura. En todo, y aunque no del todo, sí bastante más allá de lo temporal imperceptible que justifican el: nunca entramos al mismo río, ni a la misma corrida.
 
Hoy, a perspectiva, los sobrevivientes podríamos atestiguar que cambiaron sus significados de: juego, combate, arte, rito, espectáculo, negocio… Pero no lo suficiente cada uno para perdurar como “revolución”. Así lo hayan prometido los alborotos del momento y así hayan dado pie para metáforas hiperbólicas.
 
No cambiaron tanto el toro, el toreo, el torero, la técnica, la estética, el público, la afición, la crítica, la publicidad, el empresariado, las plazas ni la percepción general de la fiesta. Pero labraron algunas marcas hondas.
 
Comenzando por el toro, lo esencial. ¿Qué tanto cambió? En las plazas enfiestadas, nuestra generación y la inmensa mayoría de los mayores no lo acusamos en principio. Pero la minoría de la afición curtida y la crítica, que la había, sí. Lo hizo ahondando su exigencia sobre aspectos fundamentales.
 
La Edad fue lo primero. Que el toro fuese adulto. Si no a los cinco, de la preguerra, sí al menos a los cuatro reglamentados desde la posguerra. Y ya que el examen dental post mortem (no absolutamente fiable), hasta entonces era el único asidero para probar esa madurez mínima. La palabra del ganadero y la subjetiva impresión inicial en el ruedo, que la indicaban por aproximación; el desarrollo morfológico, volumen, peso, armas, pitones, actitud, cuajo, trapío. Eran los únicos argumentos.
 
Se juzgaba con solo la presunción de buena fe, el golpe de vista, la intuición y el instinto. Condicionados además por la experiencia o inexperiencia del observador, el cartel: “Seis hermosos y bravos toros seis”, las noticias previas, por la publicidad disfrazada de noticia y por el runrún.
 
Comprábamos la boleta y entrábamos al tendido ayunos en este aspecto y en otros, y salíamos peor. Posiblemente aclamamos y aún recordamos indeleblemente algunos bravos utreros y hasta erales adelantados, lidiados y muertos con clamor por las figuras. Pero con nosotros iban creciendo prevenciones, dudas y evidencias.
 
Cómo evitarlas, si, poco a poco nos contagiábamos también de que probar la edad reglamentaria era una ruidosa exigencia desde mucho antes. Por ejemplo: “Adolfo Bollaín en su perorata “Hoy se torea peor que nunca” 1945-48 gritaba: “Los becerros que hoy se lidian son poco mayores que los que se torean en los festivales jocosos”. Y Corrochano en 1953 (ABC): “El que no tenga toros, que no lidie corridas de toros. Al que le de miedo de los toros que no sea torero”. ¿Acaso éramos tontos?
 
Pero lo cierto es que tampoco nunca hubo antes edad certificada. Sin esa constancia se levantó la leyenda general de la fiesta. Y las particulares de; los cincuenta de Ordóñez; los cuarenta de Manolete; los plateados treinta y veinte de todos sus mártires; los dorados diez de Joselito, Belmonte y Gaona, y de ahí para atrás. Nunca se requirió datación pública. Todo quedaba confiado al buen ojo del parroquiano contribuyente.
 
Y aunque en tal tradición nos bautizamos, a medida que avanzaba la década entrábamos al reclamo. Al final, en 1969, ya éramos mayores y aplaudimos la imposición legal en España y el resto, del “Libro de registro de las ganaderías”, el herraje del guarismo en la paletilla, y el anuncio en las tablillas de la fecha de nacimiento.
 
Así la primera camada de cuatreños certificados apenas corriera en 1973. Podemos decir ahora que la norma es legado de aquella época y vino a significar un cambio trascendente para el toro de lidia y la dignidad del culto. Otra cosa es que en cada ocasión y sitio se respete. Pues bien dicen desde tiempos ha: hecha la ley hecha la trampa.
 
La integridad. Desde la grada, excepto en casos descarados de desmoche, la adulteración de las astas no era ni es fácil de ser afirmada por el aficionado curtido, y menos por el joven, incipiente y emotivo. La técnica es tan redomada que pasa las aprobaciones previas, y solo el examen veterinario microscópico, a posteriori en las autopsias puede asegurarlo.
 
Como en el caso de la edad, a lo más la mirada lejana, en movimiento, podría si acaso presumirlo. Mas, para la mayoría, nunca tanto como para renunciar a una faena pinturera, infamar al ídolo, ni malgastar el precio de la entrada incordiando la tarde. El “aquí vinimos a divertirnos”, primaba.
 
Pero el afeitado y otras corrupciones que atacan la integridad del toro y pervierten la fiesta, que venían siendo execrados desde antes por la crítica. Y fueron denunciados públicamente en la radio, por una figura del toreo como Antonio Bienvenida, en 1952. Primera vez. Causó gran revuelo, desatando acciones judiciales y coincidiendo cronológicamente (cronológicamente digo) con el retiro de toreros punteros como: Luis Miguel, Arruza y Manolo González entre otros.
 
Pasados diez años y llegados nosotros pelafustanes a la piedra, el escándalo había amainado. Entonces, con el boom de corridas, volvió a recrudecer promediando los sesenta. En las gargantas del siete de Las Ventas, y en filudas plumas como las. de Zabala Portolés, Navalón y Díaz Cañabate.
 
Denuncias serias, incluso con nombres propios, de apoderados famosos y sus cuernocuristas de planta. Trascendiendo internacionalmente y reactivando la respuesta gubernamental…, a según el país. Que luego las décadas siguientes atenuaran de nuevo la cosa, convirtiéndola en un cambio impreciso, en una ventolera, ya no es culpa de aquellos sesenta.
 
La casta. El toro preferido por las figuras de la época, el que más iba con su talante fue: Para Paco Camino el del tronco Santa Coloma. Para El Cordobés el Vega-Villar y Carlos Núñez. Para Puerta, el Juan Pedro Domecq y el Murube. Para El Viti, el Atanasio Fernández. Eran por tanto los viejos encastes que más se lidiaban y se han seguido lidiando por los que los pueden escoger.
 
En la ganadería americana; Colombia, por ejemplo, fue una década de amplio predominio Santa Coloma. Con su bravura, movilidad, fondo, “ir a más”, exigencia, moderado tamaño y proporcionado armamento. México ya había optado desde principios del siglo XX por una de sus raíces distintivas, el Saltillo. Todo lo cual coincidió con el largo pontificado caminista en estos lares.
 
Mas, como antes, como después, como siempre, los hierros fieros, duros y de prontuario necrológico los lidiaron casi siempre los modestos. E igual que ahora y desde la “revolución belmontina”, que dramatizó y alargó la faena: la mayoría de los ganaderos presionados por el mercado continuaron dedicados a seleccionar “nobleza” (toreabilidad) a costa de caracteres más fieros y propios de la especie.  Desnaturalización.
 
En resumen, el qué, por encima del herraje del guarismo para probar la edad, conseguido en aquellos años; por encima de las cruzadas contra el afeitado y otras perrerías; por encima de la oposición a la cría preferente de la docilidad, que muchas cosas continuaran luego el rumbo que traían, dice que los cambios en el toro no resultaron siendo precisamente una revolución…