VIÑETA 602
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali,
Colombia, 16 III 2026
La historia discurre como los
fenómenos cósmicos, impulsada por fuerzas aleatorias, sobrehumanas,
incontrolables. Yendo y viniendo azarosamente, más que con la cadencia de un
péndulo. Arrastrando en ella cosas, individuos, sociedades, imperios, culturas,
y… al toreo, por supuesto.
Lo enseñaron tempranamente los
épicos y los trágicos griegos (hado). Ese loco batir, hizo que su paso por los
años centrales del medio siglo transcurrido entre la bomba de Hiroshima y la
disolución de la URSS, fuesen particularizados, llamados “gloriosos” por
los historiadores franceses, y “de oro” por los anglosajones. A
diferencia de los taurinos que como habíamos dicho (I) prefirieron vestirlos: “de
platino”.
Sobre todo, en el hemisferio septentrional.
Pues como predicaba por aquel tiempo Henry Kissinger, omnímodo ministro de
Nixon: “La historia transcurre al norte del ecuador”. Aunque algo bajó
de la línea umbilical, no se puede negar. Era inevitable. La humanidad nunca
tuvo antes tanta energía (fósil), disponibilidad, boyantía, liberalidad, e
insumisión. El crecimiento, el consumo, la producción se aceleraron sin freno a
contra natura. Los gustos y costumbres trastocaron.
Los Beatles, Joan Báez, Bob
Dylan, Joan Manuel Serrat (“Ahora que tengo veinte años”), afinaron su
voz y lo cantaron. “Prohibido prohibir”, “Seamos realistas, pidamos
lo imposible”, coreaba y gesticulaba la juventud estudiantil, trabajadora y
desocupada en las calles, en los escenarios y los ruedos, sacudiendo toda la
cultura.
La insurrección de “El Cordobés”
personificó esa psicodélica era. Con las masas en fervor, las plazas a tope, las
corridas y el escalafón proliferando. Con él (caos) y Camino (canon), enfrentados
en cabeza. Los dos polos, iconos del antagonismo desatado. El ayer y el hoy. Así
continuaron todo aquel septenio, del 64 adelante. Sin importarles qué a más de
las figuras ya consolidadas, emergieran otros alternantes de peso, y estilo
diverso. En el 66, Palomo Linares (vehemencia) y Paquirri (poderío). En el 68, Miguel
Márquez (voluntad). En el 69, Dámaso González (estoicismo). Para, en el 70, cuál
si se tratara de una clausura con estrambote, ocurrir cosas aún mas notables.
Una, “La guerrilla”. Como para
subrayar la paradojal contemporaneidad. Los grandes empresarios: Chopera,
Balañá, Canorea, Dominguín, Miranda, Stuick…, que habían sido puestos de
rodillas en ‘Villalobillos” por el ya millonario “Ciclón”, cuando les amenazó
con su retiro (1967). Se reagruparon a comienzos del 69, tratando nuevamente de
contener sus incontenibles y contagiosos honorarios, imponiéndole tarifas
reguladas. Sobra decir por quien terció la prensa. Entonces este, afeándoles, que
sin arriesgar se hacían ricos a sus costillas, reclutó al otro “popularísimo”,
Palomo Linares, cogieron las armas y se fueron al monte. Torearon mucho, fuera y
contra el sistema. Hasta retomar el poder a comienzos del 70. La taquilla
manda.
Ahí, el “libro de las
ganaderías” se hizo de ley, garantizando la edad del toro. Y Manuel volvió al
foro de Madrid. En dos corridas (20 y 23 de mayo), corta ocho orejas a los de
Montalvo y Atanasio. Con gran consternación de los conservadores y “la cátedra”.
¡Salvamos el rabo! ironizó en el ABC Díaz Cañabate, ante su no concesión. Paco no
tarda en responder, allí mismo, el 4 de junio, en la Corrida de Beneficencia, encerrándose
con siete toros de distintas ganaderías (uno de Miura) y cortándoles ocho
orejas. Desquite. Apoteosis del “toreo eterno”.
“El Cordobes” guardó la réplica para
el final. Como remate a su año de 121 corridas, que habían pulverizado el viejo
record de Belmonte (109). También se encierra el 18 de octubre, en Jaén, feria
de San Lucas, lidia siete toros, les corta 11 orejas, tres rabos y al final, montado
en el sobrero dice: “Después de lo que he hecho ¿quién puede prohibírmelo?”. Genio y figura. Con esa blasfemia tan suya cerró
la temporada europea y la singular década, que la historia dejó atrás, para seguir
su revuelta e infinita carrera.
Hoy, a tantos años, y una vez
más de regreso a la barbarie, cuesta descubrir con justicia, en el sonriente,
apacible y nonagenario anciano, ciudadano ilustre, dueño de “califato”, medalla
de las bellas artes, nominador de calles, museos, bibliotecas, estatuas, leyendas
y adoración, al atrevido rapaz, espontáneo de 1957 en Las Ventas. Al novillero hambriento
y desesperado del “Aprendiendo a morir”, y del “O llevarás luto por mi”. Al “huracán”
del toreo al derecho, al revés, en todos los idiomas, y sin mover los pies. Al “nadie”,
redimido a héroe y prototipo de una generación y una época que se pretendieron
revolucionarias… ¿Lo fueron?





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