VIÑETA 610
Aquellos
sesenta… (XII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Madrid, Colombia, 11 V 2026
Antoñete y “Atrevido”. Foto: libro, Grandes Faenas del siglo XX.
Arnouil y Cossío.
Comienzo con una obligada fe de errata. En mi viñeta anterior escribí
sobre el San Isidro de 1962: “…por primera vez participan en la feria tres
colombianos: Joselillo de Colombia..., Pepe Cáceres… y Alfonso Vázquez II quien
doblemente ovacionado debuta con novillos de Pallarés el viernes 29.”
Corrección: este 29 sí fue, pero de julio, ya no era San Isidro, y mal
podría debutar Alfonso en la feria. Porque ya lo había hecho fuera de ella como
novillero en 1958, y luego, tomado y renunciado alternativa, antes de volver en
la ocasión citada. Todo eso me fue señalado generosamente por mi querido amigo,
Alberto Lopera “Loperita”, erudito historiador taurino, autor del libro “Colombia
tierra de toros” (Espasa-Calpe, Madrid 1989).
El proceso de la enmienda, con las obvias constataciones bibliográficas,
(la memoria es más incierta que la letra), dio pie a otras más de nuestras
conversaciones (Cali-Medellín), para mí siempre enriquecedoras. Alberto, que por
aquellos años que nos ocupan, pisó el ruedo como novillero, colgó los trastos e
inició su carrera como narrador y comentarista radial, muy popular.
Andando el tiempo fuimos, él y yo, habituales de la gran feria
madrileña con un grupo entrañable de amigos, de acá y de allá: Quinito II,
matador de toros, Vicente Blanco, periodista español-caleño, Antonio Caballero,
escritor y cronista, los buenos aficionados Germán Wolff (mi colega cirujano),
Jorge Agudelo (ex novillero y empresario), y el inolvidable maestro Miguel
Ángel Moncholi. Todos ya desaparecidos.
Ahora, sigo volviendo al San Isidro, hasta sin la compañía de Alberto.
Como un Pedro Páramo, sobreviviente solitario con su fardo de apariciones de
aquel mundo desaparecido. Mundo que aquí, en la inamovible plaza, se siente más
ido y más presente. Como en Comala, suertes, toros, rostros, voces, actitudes,
cosas, hechos, fechas…, vienen y se van.
Pero retomemos ese hilo dejado hace una semana, en el advenimiento del 66,
sesenta años ha hoy. Momento que, José Luis Suarez Guanes, en su libro: “Madrid
Cátedra del toreo (1931-1990), define con un modesto, pero avariento subtítulo:
“La feria más completa de la historia. El toro “blanco” de Antoñete y el “colorao”
de El Viti”.
Era 15 de mayo, día del santo, con lleno de “no hay billetes”. El cuarto
se llamó “Atrevido”, de Osborne, ensabanado, de 486 kilos, el más ligero
de la corrida. Antoñete, que con sus fluctuaciones
anímicas e intermitencias había ido diluyendo su figura de figura en el
imaginario colectivo, lo brindó al presidente electo de Colombia, el liberal
Carlos Lleras Restrepo, (Por cierto; “Remache” le gritábamos entonces los
estudiantes en la calle, por su corta estatura y dureza).
La faena, “con clasisismo, con arte estrujado hasta que diera
su última gota de belleza”, dijo en su momento Gonzalo Carvajal, ha perdurado,
se ha vuelto lugar común y referencia. Terminó con dos pinchazos, una estocada corta
atravesada y un descabello. Cómo sería, que le dieron una oreja, le pidieron la
otra y el diario El Pueblo, reseñó: “Antoñete rey de Las Ventas (faena
histórica del madrileño…)”. Ahora estatua frente a la plaza.
La de El Viti, al “colorao” tercero de Manuel Francisco Garzón, fue el
25. Lo desorejó y salió a hombros por la Puerta grande destacando entre Litri y
Diego Puerta, y confirmándose una vez más, no como un, sino como “el” torero de
Madrid. Y por ello, pese a que nos hemos propuesto en estas entregas últimas, enfocarnos
en cómo se vivió la década en la feria de San Isidro, no podemos ignorar la obra
que el mismo maestro realizara un mes antes, (abril 20 en Sevilla), con el
negro zaíno, “Peinadito”, sexto de Samuel Flores, 462 kilos.
“Usted fue todo un torero del universo, consagrado por La Maestranza”
le dijo arrobado el notario de la época Gonzalo Carvajal. Mientras, por su
lado, S.M. se confesaba: “Fue una faena muy sencilla…, me di cuenta qué
había cortado una oreja del tercero y podía salir por la Puerta del Príncipe…, dieciséis
pases más, pero lo pinché cinco veces recibiendo… No creí que me fueran a pedir
ni siquiera una vuelta al ruedo”. Pero así fue. Y no solo eso, sino que,
junto a la de Antoñete con “Atrevido”, figuran como antológicas, a
página seguida, entre las “Grandes faenas del siglo XX”, del ya citado libro de
Arnouil y Cossío. Y vale reiterar, que ambas bregas concluyeron con desatinadas
ejecuciones de la suerte suprema.
¿Era ya, cada vez más, torear una cosa y matar otra? ¿Dónde se comenzó
a extraviar esa unidad ontológica, que hacía del trasteo solo el necesario preámbulo
al honroso y limpio sacrificio ceremonial del toro, alegoría de la naturaleza, auténtica
razón de ser del rito? ¿Acaso con el cierre que fue Joselito del romántico
siglo XIX, y la asunción que fue Belmonte del modernista siglo XX? ¿Prevalencia
de la forma sobre la esencia, de la negación de la muerte? Goya nos muestra que
la contradicción era más vieja.
Pero disquisiciones aparte. Aquel mismo año en San Isidro, justificando
el subtítulo de Suarez Guanes, el sábado 28 de mayo, Antonio Bienvenida y Curro
Romero, mano a mano, abren con sus particulares tauromaquias, la puerta grande
de Las Ventas. Toros de Antonio Pérez de San Fernando. Desorejando el uno al quinto
y el otro al cuarto.
Y en esas llegó noviembre como un, “recuerda que eres polvo”. La
feria de Lima no tuvo triunfador. Tan gris fue. Sin embargo, el feliz año remontó,
cerrando, triunfal y triunfalista en Cali, el treinta de diciembre, con una
corrida brava de Fuentelapeña, plaza llena y gran fiesta: Bernardino Landete (rejoneador)
y Luis Miguel Dominguín (oreja cada uno), Jaime Ostos (en blanco), Gregorio
Sánchez, Pepe Cáceres y Paco Camino (dos orejas cada uno y Puerta Grande). Al final
el trofeo Señor de los Cristales se lo llevó Gregorio Sánchez. Pero sumando,
Camino encabezó lejos las estadísticas del año en el mundo…, el que más
quisieron ver. El que más vendió.






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