VIÑETA 634

La casualidad
más que la causalidad nos rige. El toreo, culto proto religioso, lo consagra desde
antes que la filosofía, la ciencia y el arte pretendieran explicarlo. “La suerte”,
unidad básica. El feliz y fatal azar del hombre y la naturaleza. “Coincidencia
de cadenas causales independientes que carecen de una finalidad”,
decía Aristóteles.
Ese toro,
ese torero, esa faena, ese público, ese albur coinciden cada uno en su circunstancia,
en ese preciso momento. Como consecutivamente coincidieron en todo aquel preciso
decenio sesenta, qué al fin y al cabo también es un momento en el recuerdo y en
el tiempo.
Esa década
qué para unos mereció ser marcada “renacimiento”. Asimilando su conjunto de coincidencias
a las históricas que hace quinientos años sacaron al mundo de la Edad Media. Qué
barbaridad. Grandilocuencia, vicio propio de la literatura y la historia taurina.
El hecho
es que fue algo así. Como una eclosión de la fiesta en la que convergimos
todos, para mal o para bien. Los héroes, los subhéroes, los modestos, los anónimos,
los que hacíamos de coro, o quizá solo de telón de fondo. Entre los protagonistas
que por entonces tomaron alternativa (opción) y contribuyeron desde segundo
plano a la luminosidad general con su menor o más local y fugaz brillo, algunos
me resultan imposibles de olvidar. Otros, también importantes, no. Porque no
los vi o porque nuestras casualidades no se cruzaron.
De los primeros, más notorios: El Caracol, José Fuentes, Pedrín Benjumea, Miguel Márquez, Ángel Teruel, Zurito, José María Clavel, Curro Vásquez. Manolo Martínez, El Pireo, Andrés Vásquez, Enrique Trujillo, Oscar Cruz…
Unos
porque alumbraron como potenciales sucesores de las grandes figuras, y otros
porque pudiendo hacerlo no lo hicieron, pero su derrota no fue menos impresionante
para mí. No lo digo remirando esos episodios lejanos con los ojos cansados del
presente. No, trato de verlos como los viví. Tampoco incluyo en esta lista nombres
a los cuales ya dediqué viñetas anteriores.
Hace unos
años, quizá quince, quizá veinte, aterricé temprano en El Dorado. Era la rutina
de temporada, entre fines de enero y comienzos de marzo, pasadas las ferias de Cali
y Manizales. Viernes por la tarde vuelo a Medellín, festejo nocturno en La
Macarena, y al otro día vespertino. Domingo viaje madrugador a Rionegro para
tomar el avión a Bogotá. Sorteo en La Santamaría, almuerzo con amigos, corrida,
y presuroso vuelo nocturno de regreso a Cali. Y así...
En el
aeropuerto El Dorado decía, tomé un taxi aquella mañana fría y neblinosa de la
sabana. El conductor, un hombre mayor que yo, al saber mi destino, habló de
toros. Aficionado viejo de “balconcillo”, de los que no volvieron “por el costo
de las boletas y porque ya no es lo mismo”. Se despachó contra todos los males que
según él afectaban a la fiesta y lo habían echado de las plazas. Ilustró su
alegato con hechos, anécdotas, historias. No se cuan reales. Son trece kilómetros
y medio con tráfico. Citó a sus héroes (pocos), Ortega, Manolete, Ordóñez…, y
al final, girando la cabeza hacia el asiento de atrás donde yo lo escuchaba sin
chistar, me lanzó con pasión una frase: “El hombre al que yo he visto torear
mejor en mi vida fue a Enrique Trujillo, en el 64, aquí” —Señaló la plaza, y agregó
—son quince mil pesos —Pagué, nunca nos volvimos a ver, pero tampoco pude olvidar
el énfasis de su conclusión.
Porque yo
también, menos que veinteañero, lleno de ilusión y regionalismo había visto a
mi paisano cuando volvió alternativado de España. Y digo mi paisano, aunque algunos
aseguren que no nació en Cali, sino veintiocho kilómetros más allá, en Palmira.
Él nunca lo aclaró, pero en lo que sí coinciden sus biógrafos es en la fecha:
14 de noviembre de 1939. Tuvo suerte inicial. Encontró como maestro de primeras
letras al matador español Salvador Ivar “Ivarito”, retirado y afincado en
Palmira, vivero de toreros (de ahí quizá la discrepancia).
Comenzó
su andar novillero agregado al espectáculo mixto de El Empastre, hasta ser descubierto
cual gema por el apoderado también español Diego Martínez quien se lo llevó a
la península, le montó carrera novilleril, le presentó en Madrid con aplauso el
16 de junio de 1963, le hizo tomar alternativa en la feria de Cáceres del mismo
año, a manos de Gregorio Sánchez, y lo elevó a la confirmación en Las Ventas
con el padrinazgo de Limeño y toros de Moreno Yagüe. Una corrida desesperada de
verano el 15 de agosto del 65, en la que dio dos vueltas al ruedo, y ganó repetición
para el 12 de octubre con el mismo hierro, acompañado por Andrés Vásquez y Pepe
Mata, dando otra vuelta al ruedo.
Motivado
por eso y su gran triunfo en enero del año anterior en Manizales cuando en dos
corridas, una de Juan Pedro Domecq y otra de Félix Rodríguez, superó a toda la
nómina ferial que incluía entre otros a los españoles, Paco Camino, Bernadó,
Palmeño…, conquistando el trofeo de la feria: “Catedral de Manizales”. Proeza
refrendada clamorosamente después en la Santa María de Bogotá. En esa vez que
dio razones al éxtasis del taxista de marras y a mí recuerdo.
Por todo
eso, Cali, su tierra, que nunca se había fijado en él, típico, atendiendo a lo
de Manizales, Madrid y Bogotá, le dio tres corridas en diciembre. Era obligado.
Una dura de Achury Viejo, con Manolo Amador y El Pireo. La segunda no tanto, de
Fuentelapeña con Paco Camino y El Viti, y la tercera, ocho toros de Ambaló, la
del toro, con Joselillo de Colombia, Curro Girón, Paco Camino, El Viti, Vásquez
II, Aureliano Sáa y El Pireo.
Recibió
su primer toro en su tierra rodeado de gran beneplácito y jaleó, con un capote
muy templado y terso, brindó al entusiasmado paisanaje, y la muleta muy
acompañada templaba con jaleo, cuando el animal sacó sentido y todo vino a
menos; él, faena, corrida y feria. Pues no levantó en toda ella. Siete toros en
blanco, sin historia, como rezan los formatos noticiosos… Jamás volvió y empezó
el declive de su joven carrera, que nunca volvió a refrendar las ilusionantes
tardes.
Fue un
torero exquisito, contemplativo, displicente quizás. Leve de agresividad y ambiciones,
y frágil de tauromaquia. Alberto Lopera en su libro “Colombia tierra de toros”
lo describe con rigor: “Un torero con clase, pero débil en todo sentido, lo que
le llevó prontamente a verse desplazado de los carteles por diestros más
jóvenes.”
Preciosista
sí, cuando se hallaba, y así lo recuerdo, creador de imágenes carteleras en
aquella genial tarde bogotana, encumbrado a nivel de los mejores, cuando la
primera afición de Colombia, rendida le entregó los trofeos y el paradójico gallo
de pelea, quizás como un mensaje, una invitación, o un reto que no quiso
aceptar.
Una cadena
de casualidades que no se repitió, y signó la vida de un torero especial, que
llevaba el arte dentro y qué por instantes, como a otros lo puso en ese filo del
sol y la sombra. No del fracaso, porque la meta máxima del toreo no es el mundano
“éxito”, (fama y dinero), sino el ser oficiado con el alma, tal cual se es, en
el triunfo y en la derrota, y a ese privilegio casual que muy pocos humanos
alcanzan, accedió Enrique bellamente, conmovedoramente, momentáneamente. El
taxista bogotano, cuyo nombre nunca supe, y yo, podemos dar fe. Al fin y al cabo,
hablando de renacentistas, Leonardo no pintó, sino una sola Mona Lisa.
Aquellos
sesenta… (XXXV)
Jorge Arturo
Díaz Reyes, Cali 26 X 2026

Enrique
Trujillo pasea una oreja y un gallo de pelea en La Santamaría. Foto: El Tiempo
De los primeros, más notorios: El Caracol, José Fuentes, Pedrín Benjumea, Miguel Márquez, Ángel Teruel, Zurito, José María Clavel, Curro Vásquez. Manolo Martínez, El Pireo, Andrés Vásquez, Enrique Trujillo, Oscar Cruz…



