VIÑETA 608
Aquellos
sesenta… (X)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 27 IV 2026
Pedresina, cartel (fragmento). Foto: Plaza
de toros de Albacete
¿Por qué se dio aquel fenómeno? Generación espontánea, coincidencia cronológica
de talentos, reflejo de una época peculiar, mercadeo eficaz, o todas las
anteriores.
Todas las anteriores, creo, más otra no menos importante. Los
antecedentes inmediatos. Lo que venía del toreo de los cincuenta, que no era
poca cosa, pese a su no comparable acogida comercial. Fue lo que para bien y
para mal, alimentó la generación sesentera en proceso.
Esa primera década posmanoletista. “El Monstruo” había muerto a fines
de los cuarenta. Luis Miguel, quien se pretendió su rival, quedo con el campo
despejado, pero sin él, sin el gran referente a enfrentar. Hasta que vino Antonio
Ordóñez quién para la historia, le superaría desde allí, desde su alternativa
en el 52, hasta el retiro de ambos. “Solo
a Hemingway se le podría ocurrir una comparación entre él y Luis Miguel”,
escribiría después despectivamente, Néstor Luján, aludiendo al “Verano peligroso”.
Ese mismo año, Antonio Bienvenida destapó el fétido asunto del afeitado. Como
por encanto hubo un corte imprevisto de coletas perfumadas.
Entre los que se quedaron y llenaron la década naciente,
brillaron, aparte de los tres mencionados: Aparicio y Litri, quienes desde
novilleros se habían hecho figuras compitiendo entre sí. Tomaron alternativa juntos,
en la misma corrida valenciana, el 12 de octubre de 1950. Los apadrinó
Cagancho. Pero por encima de ellos pronto volaron: Gregorio Sánchez y los dos
venezolanos hermanos, César y Curro Girón. Estos tres se repartirían la cabeza
del escalafón (mayor número de contratos anual), desde 1954. Pues en el 51 Luis
Miguel fue líder por última vez en su vida. En el 52 lo desplazó el recién
alternativado Antonio Ordóñez, y en el 53, el albaceteño Pedro Martínez ”Pedrés”.
De allí en adelante rigió ese triunvirato, alternándose, sin que hubiese un mandón
absoluto.
De tal manera que la hondura del rondeño
Antonio Ordóñez y la etiqueta del madrileño Julio Aparicio se codeaban con el
tremendismo del “litrazo”, la “pedresina”, la “mondeñina”, la bernadina…, la
seca reciedumbre lidiadora del toledano Gregorio Sánchez, las alegrías de los
Girón, grandes toreros banderilleros, las intermitentes inspiraciones de Antoñete,
y los estocadones de Rafael Ortega.
No hubo en consecuencia una tauromaquia de
autor que identificara el período. No se llamó unánimemente, la era de fulano. Cada
quién según sus preferencias podrá bautizarla como quiera. Unos tradicionalistas
dirán que de Bienvenida. Para otros, quizá los historiadores más influyentes, y
para mí que no soy ni lo uno ni lo otro, apenas un testigo infantil influido
por su padre, fue la época de Ordóñez. Para los consumidores y estadígrafos,
definitivamente ninguno de estos. Es que había toreo para todos los gustos, con
un incierto toro que aún convalecía de la guerra, sin guarismo en la paletilla,
ni peso en las tablillas. Una gran variedad de la oferta cartelera, y sus
múltiples influencias en los novilleros que hacían tránsito hacia el doctorado.
México, aferrado a sus viejas glorias;
Armillita, Lorenzo Garza, Pepe Ortiz, Silverio Pérez, El Calesero, El Soldado…,
los recibía a todos. Igual que los demás
países taurinos americanos, sobre los que ejercía mayormente su fuerza de
gravedad. En septiembre de 1957, toma alternativa en Sevilla, el colombiano
Pepe Cáceres, y un año después allí mismo, Diego Puerta. En el 59, Curro Romero
y Paco Camino. En el 61, El Viti, y apenas dos años después, El Cordobés,
completando el cartel mayor que haría la nueva época.
¿Por qué fue? Sí, por una conjunción de todo lo
anterior, proyectada mediante una modernizada y multiplicada promoción sobre un
público dispuesto lo que produjo aquel boom, platinado del toreo. Que llevó de las
48 corridas con las que César Girón punteó la clasificación general en 1954, a
las 121 de El Cordobés en el 70, y como efecto tardío de su onda expansiva, a
las 161 del prolijo Jesulín de Ubrique, en 1995. Cifra tan lejana de las 111 de
juan Belmonte en 1920 y aún más de las 43 de El Juli en el crítico 2019.
Mucha agua corrió bajo los puentes. Al menos
tres o cuatro generaciones más llegaron a la fiesta, que aún sigue mostrando, corrida
tras corrida, influencias de los sesenta. Como muestra las de siglos y milenios
anteriores a lo largo de los cuales ha perdurado. Todo ha dejado huella en ella,
en esa memoria abismal que se vislumbra cada tarde.
Y nosotros, los que por puro azar habitamos esos años, qué frente a la infinitud del tiempo, apenas fueron un instante, no quisimos, ni pudimos olvidarlos. Quizá más que por su innegable particularidad, porque los vivimos tan jóvenes, inocentes y felices.

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