lunes, 29 de junio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XIX) - VIÑETA 617

 
VIÑETA 617
 
Aquellos sesenta… (XIX)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 29 VI 202
 Paco Camino. Foto mural en Las Ventas 2026.
Entre treinta y cuarenta años después (1999), Paco Camino gran protagonista de la década, volvió a ella y la definió entonces, en conversación con Juan Antonio de Labra. Extracto:
   
–El toro insignia de la época fue el Santa Coloma.
–Yo de novillero me lo comía todo, y ya de matador de toros, Chopera el viejo, don Pablo, que me apoderaba lo prefería y le mataba toda la ganadería. Un toro, aunque con el trapío justo, muy enrazado, con mucha movilidad, muy listo, que no perdonaba, que cuando salía malo salía malo, y cuando salía bueno salía bueno, qué si le hacía las cosas, con valor, arte, inteligencia, embestía con nobleza y el público lo notaba.
 
Ese toro permitía faenas intensas y cortas. Eso de dar y dar pases y pases no es bueno, ni para la fiesta, ni para el aficionado, ni para el torero, ni para nadie. Ahora las faenas son muy largas. Yo toreé en Madrid cincuenta y tantas tardes, ni un aviso. En estos días en tres corridas, siete avisos. (En el pasado San Isidro 2026, en 27 corridas, 84 avisos). Y otro problema es la monotonía, torean todos igual. El Juli distinto, sí, pero es muy joven, no puedo aún opinar.
 
Salí de una familia muy humilde, y sin educación, sin estudio llegué a un sitio casi prohibido. Ser torero importante en el mundo. Lo hice fijándome siempre en el toro y escuchando a los que sabían, como Joaquín Buendía, como Atanasio Fernández, como Antonio Pérez Tabernero el viejo. Siempre gente mayor, que me podía enseñar. A la perfección nunca llegué. En el toreo nadie ha sido perfecto.
 
Debuté sin caballos en Zaragoza. Fui a torear una novillada y toreé catorce sin caballos y tres con caballos. Cuando me vieron dijeron, ¿esto que es? Decían que tenía buenas maneras y podía llegar a figura. Lo que pasaba es que ya tenía un recorrido, de los doce a los dieciséis años. Sabía algunas cosas, aprendidas en el campo y en las capeas, iba a todas. Y me dije, no puedo dejar escapar esta oportunidad.
 
Lo primero es dominar el miedo. El corazón es bruto, la cabeza es la que rige. Si un torero tiene valor, pero no tiene cabeza es torpe. Inteligencia, es la que tienen los que llegan a figura del toreo, siete, diez, quince años. La suerte no. La suerte existe un día. Que te embista un toro en Madrid y le cortes las dos orejas. Pero vale más la constancia. Todos los toros son distintos, hay que estar preparado mentalmente para eso.
 
El temple, es el que tenga el toro. Adaptarse a la velocidad que embiste. Me gustaban los toros con raza con temperamento, dejarlos crudos. Cada quién a su estilo, por ejemplo, El Viti les pegaba más.
 
En la época mía, estaban: Pedrés, Rafael Ortega, Antonio Ordóñez, Antonio Bienvenida, Gregorio Sánchez, Manolo Vásquez, Fermín Murillo, Chamaco, Andrés Vásquez, Julio Aparicio, Litri, Mondeño, Puerta, El Viti, El Cordobés, yo... Creo que fue la verdadera “Época de oro” del toreo. La historia buena del toreo va a ser esa, la de los sesenta. Esa, que del 63 al 74 fue la mejor mía, cuando ya era adulto y confiaba mucho en mí.
 
–¿Admiraba a El Cordobés? –Sí, sí, la técnica que tenía era perfecta para él.
–¿Fue difícil la convivencia siendo apoderados por la misma casa? –No coincidíamos, si nos veíamos era toreando, pero nada más.
–¿Fueron complementarios, usted ortodoxo y él heterodoxo? –Bueno el púbico que llegó con El Cordobés, fue un público nuevo. Pero tampoco era que no toreara bien. Fue a Sevilla y cortó un rabo.  Eso no lo corta toda la gente, y en una plaza de aficionados al arte, una plaza de toros buena.
 
En el ruedo no hay que ir de buena persona, al que venga comérselo. Y todos venían por lo mismo, el triunfo y el dinero. Fui hosco en la plaza. Siempre hice lo que quise. Me apetece, no me apetece y se acabó. No me preocupaba lo que dijera el público. El que mandaba en la plaza era yo.
 
Lo que más me impactó cuando llegué a México fue la corrida de ocho toros en Guadalajara, y un toro, “Catrín”, ahí empezaron a creer en mí. Los toreros:  Joselito Huerta, Capetillo, Procuna, Calesero, Juan Silveti, Jesús Córdoba, mayores que yo, muy buenos. Tuve amistad y rivalidad con Manolo Martínez, era de lo mejor. También Cavazos...
 
El toro español es más listo, no permite manoseo. El mexicano es muy dócil. De niño, mi padre me decía, cuando vayas a México ve a ver a Lorenzo Garza. Yo quiero torear algún día con el maestro, me dije. Toreé con él en un festival con Cagancho, Calesero, Arruza, Armillita, Silveti, Silverio, en la plaza de El Toreo (Ciudad de México).
 
–El gran Rodolfo Gaona (rival de Joselito y Belmonte) dijo que como lo había visto torear a usted con la mano izquierda, no había visto torear a nadie. –Esa frase de él, por ser de él, me llena de orgullo.
 
–La Beneficencia del 70 en Madrid.
–Me la ofrecieron en terna, pues no me habían pagado lo que pedí en San Isidro. Mato seis toros, les dije. No querían. La noche anterior no dormí. Me leí tres novelas de Marcial La Fuente Estefanía seguidas. Hasta que salió la corrida. Ya me quedé tranquilo al llegar a la plaza…, y pasó lo que pasó.
 
Es preferible que digan que no has querido, a que digan que no has podido. Sí no has podido das lástima, si no has querido das envidia. Pero hubo un toro que no pude con él, en Vinaroz, un toro de Galache, ganadería comercial. Ha sido el único. Pensaba, me coge, me coge... Me veía y me comía. Ha sido la única vez que he sentido impotencia. Lo pasé muy mal. Ese día pensé dejar el toreo. Lo maté al final, sí. Yo me iba arriba con las adversidades, pero me encontré impotente con ese animal. También quedaron los tres avisos de Lima, pero eso no fue impotencia, fue amor propio. Descabellando, me tiraron un bote de Cocacola, me cayó en el pie y me negué.
 
–Cómo le gustaría que lo recordaran.
–Como un buen torero, nada más.

 

 

lunes, 22 de junio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XVIII) - VIÑETA 616

 

VIÑETA 616

 

Aquellos sesenta… (XVIII)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 22 VI 2026

 El Cordobés, espontáneo en Las Ventas, 28 de abril de 1957. Foto: La Razón

Los sesenta terminaron entrados los setenta. Si fuese necesario precisar sitio, fecha y ocasión. Habría que decir: Plaza de Buenavista, Oviedo, martes 21 de septiembre de 1971, última corrida de la Feria de San Mateo.

 

Fue ahí cuando El Cordobés tras ocho años como matador de toros cortó a un toro de Manuel San Román, una oreja, (única de la tarde), alternando con Fermín Murillo y Raúl Aranda y, sin avisar, inició su primer largo retiro (también ocho años).

 

Aunque por su significado y repercusión, bien podría proponerse alguna de otras dos corridas, ambas en domingo, ambas en la Alameda de Jaén. La del 18 de octubre de 1970, última de la Feria de San Lucas, en la cual se encerró Benítez con seis toros de Carlos Núñez, regaló el sobrero, cortó once orejas, tres rabos y se montó en el séptimo.

 

O, la nocturna del 13 de junio del siguiente año, también ante toros de Carlos Núñez, alternando esta vez con Santiago Martín ‘El Viti’ y José Fuentes. Llamada “Corrida mundial del siglo”, y cuya transmisión a color vía satélite fue contratada, por la empresa norteamericana “Management System Corp”. Se calcula que pudo ser vista por 200 millones de telespectadores, hasta 500 publicó un diario (hace 55 años). Con especial recepción en Estados Unidos donde se acondicionaron salas de cine por todo el país para el efecto y en New York, la plaza Pensilvania frente al Madison Square Garden que ofrecía cuatro pantallas gigantes, comenzó a ser llamada por esos días “Plaza de toros”.

 

Según la revista El Ruedo: El escogido encierro se prestó para que El Viti quien había llegado a marcha forzada desde Granada, donde había lidiado por la tarde, cortara dos orejas y rabo. José Fuentes tres orejas y El Cordobés cuatro y un rabo en medio de la gran celebración transnacional, que convertía el acontecimiento en el inicio de la “era espacial de las corridas de toros”, y división de la historia de la Fiesta en antes y después.

 

Cualquiera de estas tres corridas, podría tomarse como colofón de aquellos sesenta. La una por calendario, la otra por más representativa del espíritu de la época, y la tercera como la gran explosión final del período. Aunque quizá lo propio sería considerar las tres como parte de un solo acto representado en un lapso de once meses.

 

Está bien, solo El Cordobés no fue la época, pero sin él esta hubiese sido otra. Una más, de las brillantes que ha tenido la historia del toreo. La genialidad de sus rivales de generación: Puerta, Camino, El Viti, Curro..., reforzada por el atardecer de los predecesores; Antonio Bienvenida, Ordóñez, Litri, Aparicio..., seguramente lo habría garantizado. Pero fue él quien la diferenció, universalizó y se hizo su ícono. Él, quien dijo y sostuvo, si yo toreara como ellos sería otro más. Que no era nada nuevo, apenas una versión personal del “se torea cómo se es” de Belmonte.  Pero de tal manera desentrañada y desbordada, que desafiando e insultando al establecimiento, sintonizó como pocas veces antes con su tiempo y venció.

 

Victoria de ambición, valor y persistencia. Encumbramiento personal de un mísero huérfano de la guerra, de un marginado, de un rebelde. Pero no de un revolucionario. No cambió el sistema, ascendió a golpes dentro de él, dominándolo, enriqueciéndose y enriqueciéndolo. Su rebeldía, su vehemencia, su autenticidad, su alegría tragicómica, su antidogmatismo, y su poder sobre los toros le puso a la cabeza de las masas, los medios y la taquilla.

 

Al irónico estilo que cruzaba la cultura de la época. Los Beatles en la música, Warhol y Lichtenstein en la pintura, Moore en la escultura, Kubrick en el cine, García Márquez en la literatura, Muhammad Alí en el deporte, El Che Guevara en la política, y la publicidad en su “era dorada”.

 

Un resumen gráfico de tal triunfo en tal contexto ha quedado en dos fotos, publicadas juntas con frecuencia. Una le muestra de punta en blanco, sentado junto al Rey de España en la barrera de Las Ventas, por San Isidro, Corrida de La Prensa, arriba de donde años antes le habían tomado la otra; entre dos guardias civiles que le sacaban anónimo, desgreñado, desastrado y detenido por haberse arrojado espontáneo en busca de una oportunidad. La historia le absolvió.

 

El Cordobés se fue dejando tras de sí una ola de imitadores, ninguno válido. Ni siquiera él mismo, cuando ya otro volvió a un mundo distinto en 1979. Perdido el encanto, la sorpresa, la emoción de su gestualidad. Encontró al público, que había multiplicado, de retorno al consumo de una tauromaquia más formal, Capea, Robles. Aunque los jóvenes que nos vimos en él, ahora mayores, siguiéramos yendo a verle, pero con otra emoción distinta; la nostalgia.

 

Sí, tuvo triunfos, evocaciones puntuales de su anterior conmoción, de su personalidad única, de su heterodoxia, pero ya nunca fue como antes. Su estrafalaria gesta había caducado, no calaba igual. Su insurrecta tauromaquia había hecho el camino de tantas “revoluciones” consumidas por sí mismas.

 

Los Beatles, Warhol, Leichtestein, Kubrick, García Márquez, Alí, El Che... son clásicos de colección, museo, cinemateca, librería... que no por ello despiertan hoy lo que en su momento despertaron. Lo que despertó ese toreo excepcional de los sesenta. Pretender reeditar esas emociones resulta vano, “vintage”, cursi.

 

Sin embargo, su influencia pervive, no en el remedo, en las nuevas formas, cuando son auténticas, cuando salen del alma. El pasado no perdona, al fin y al cabo, solo somos un pasado más reciente. Cuántas veces ahora cedemos conmovidos a una verónica, una chicuelina, unas banderillas, un natural, un volapié, un arrebato tremendo, que nos llevan por un instante a Curro, Camino, Paquirri, El Viti, Puerta, El Cordobés..., a lo que fueron, a lo que fue, a lo que fuimos...

lunes, 15 de junio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XVII) - VIÑETA 615

 VIÑETA 615
 
Aquellos sesenta… (XVII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 15 VI 2026
 
Paco Camino sale de Las Ventas el 4 de junio de 1970. Foto: La Razón
El San Isidro de 1970 fue escenario de la extensión del período. En el año anterior (69) último cronológico de la década, El Cordobés no había querido asistir, sustrayéndose y formando guerrilla extra metropolitana con el aún no confirmado, pero tratado desde su alternativa como figura por la publicidad, la taquilla y las empresas, Palomo Linares.
 
La rivalidad del “Huracán” de Palma del Río y Paco Camino “El sabio de Camas”, los dos exponentes de las tauromaquias enfrentadas durante la “revolución” sesentera, que ya había tenido incluso un amago de agresión física mutua, cinco años antes en el ruedo de Aranjuez, llegó a su colmo.
 
El uno exigió por dos corridas la entonces inédita y astronómica cifra de ocho millones de pesetas, poco menos de 250.000 euros hoy, (en capacidad adquisitiva presente según IA), y se las dieron. Por su parte, el camero, adalid de la restauración, reclamando “soy el primero”, pidió “trescientas mil pesetas más de las que cobrara El Cordobés”.  Y no se las dieron. Resultado, Camino quedó fuera de la feria.
 
Una feria que, a consecuencias del boom cordobesista, había subido a dieciocho festejos, y en los cuales ocurrieron cosas propias del pugnaz momento.
 
Una. Al fin, exactamente cuatro años después de haber tomado su alternativa y ya rico, Sebastián Palomo Linares vino a Las Ventas y confirmó, la tarde del 19 de mayo con toros de Antonio Pérez Angoso, de manos de Curro Romero y con el testimonio de Juan José García. Muy discretamente, por cierto; silenciado en el de la ceremonia y protestado en el otro.
 
Dos días después de la gris presentación de su conmilitón, El Cordobés comienza a marcar el que sería punto máximo de su carrera. Con cartel de “No hay billetes” en sus dos corridas, obtiene dos triunfos estruendosos, cortando primero las cuatro orejas de sus dos toros de Juan Mari Pérez-Tabernero, y saliendo a hombros por la Puerta grande, con Gregorio Sánchez y El Viti. Y como si fuera poco volviendo a la catedral a los tres días y repitiendo la apoteosis. Esta vez con toros de Atanasio Fernández y alternando con Diego Puerta y Rafael Torres, quien confirmaba. Ocho Orejas de cuatro toros (“todo lo cortable”), en dos corridas consecutivas en Las Ventas. Hazaña solo conseguida antes por el heroico Chicuelo II en 1954 y hasta hoy nunca repetida. Algunos de los más reticentes exclamaron, “Ahora sí”. Fue cuando Antonio Díaz Cañabate escribió con sorna aquello ya referido de: “Al menos salvemos el rabo”, tras ser negada la furiosa petición.
 
Pero ahí no quedó la cosa. El excluido Paco Camino, respondió, ya fuera del abono de San Isidro, en el mismo ruedo, el 4 de junio, “Corrida de la Beneficencia”.  Se encerró solo con siete toros (regaló el sobrero), de diferentes ganaderías y encastes:  Juan Pedro Domecq (1º y 4º), Joaquín Buendía (5º), Felipe Bartolomé (7º), Eduardo Miura (3º), Urquijo (2º) y Manuel Arranz (6º). Y les cortó también ocho orejas, pero en una sola corrida. Histórico.
 
Soy el primero”, reclamó y denunció a su rival por lo mismo que han denunciado a casi todos los mandones a lo largo de la historia del toreo: vetar compañeros que exigen el sorteo y se oponen a que sus representantes hagan y elijan los lotes. Denuncia respaldada por el joven madrileño Ángel Teruel quien desde sus comienzos se había unido a la causa “contrarrevolucionaria”: “Estoy harto de El Cordobés..., que se vaya a torear junto con Palomo al circo”. Rememora Diego Lechuga en su libro de 1997 “Cincuenta ferias de San Isidro”.
 
Pero pasaron más cosas notables en aquella feria del 70. El Viti, que no tomaba partido en confrontaciones personales, pero cuya tauromaquia era paradigma del clasicismo, refrendó su reinado en Madrid, siendo al final reconocido por los jurados y por la crítica tradicionalista como triunfador de la feria, por las cinco orejas obtenidas en ella, despreciando las ocho de El Cordobés. Así era la cosa.
 
Feria en la que confirmaron, además de Palomo y Rafael Torres, ya referenciados, los mexicanos Manolo Martínez, decorosamente, y triunfalmente Antonio Lomelín Migoni. El primero, el 22 de mayo, con toros de Baltasar Ibán, de manos de El Viti y Palomo Linares, cortando oreja al toro de la confirmación. El segundo, el impactante Lomelín, el 28 de mayo, con toros de Moreno de la Cova, y padrinazgo de Andrés Vázquez, cortando tres orejas y abriendo la Puerta grande.
 
Al final de la temporada, El Cordobés ratificó su mandato encabezando las estadísticas y rompiendo con 121 corridas su propio record de 111 cinco años antes, con que había superado las 109 de Belmonte en 1920. Sus siete años de alternativa habían disparado e internacionalizado la fiesta como nunca, pero también la habían precipitado por un camino de comercialización e inflación que persiste. Su toreo indómito, producto y alegoría de la contestataria época, marcó su generación torera y aficionada, y las que siguieron. Se agregó a la historia de la tauromaquia más allá del anécdota en que han querido convertirla. Pero claro, todo eso no hubiese sido posible sin el genial contraste de sus rivales, ahora clásicos. Tiempo irrepetible.
 
El año cerró al anochecer del 31 de diciembre en Cali.  Con toros mexicanos de José Julián Llaguno; Pepe Cáceres y Palomo Linares, quien sustituyó a El Cordobés, que se había excusado médicamente, se fueron en blanco. Mientras que el muy mexicano Eloy Cavazos impidió un final lánguido e inmerecido para la inolvidable temporada mundial. Desorejó al sexto, abrió a hombros la Puerta Señor de los Cristales y sacó a todo el mundo enfiestado de la plaza a esperar el 1971, que ya en España, cumplía las siete horas de vida.

No era el fin de la época. Este se produciría un años después, cuando El Cordobés, tras encabezar por última vez las estadísticas, iniciara su primera larga retirada...

lunes, 8 de junio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XVI) - VIÑETA 614

 

VIÑETA 614

 

Aquellos sesenta… (XVI)

Jorge Arturo Díaz Reyes, Madrid, España, 8 VI 2026

 

 Juan García “Mondeño”. Foto: M.G, Diario de Sevilla

Bueno, aunque sea lugar común, para mantener el contexto hay que repetirlo una vez más. Madrid, su plaza de Las Ventas, para bien y para mal es la plaza de las plazas. La que con razón o sin ella “da y quita”. La que vela por la tradición. La que dicta la moda. La que da el buen y el mal ejemplo. La insoslayable. La que ha hecho de su feria de San Isidro el tiempo taurino supremo de cada año, el concilio, el mundial, el juzgado mayor. En la que lo que pasa, y aun lo que no pasa es historia.

 

Cuando Livinio Stuick la fundó con solo cinco corridas iniciadas en la fecha del santo, algunas figuras del momento, de Manolete abajo, no concurrieron. Quizá por considerarla un embeleco de poca repercusión y futuro. No vinieron, no pasaron, pero con ello también hicieron historia.

 

Y la verdad es que los hechos, en principio, parecieron haberles dado la razón. El toro inaugural, “Capachero”, de Del Corral, lidiado por Rafael Ortega, estoqueador proverbial, se devolvió vivo al sonar los tres avisos, y Antonio Bienvenida fue cogido gravemente. Por si fuera poco, en todo el serial no se pudo conceder ninguna oreja. Además, las entradas no fueron prometedoras.

 

Pero el tenaz sembrador no se rindió ante la primera mala cosecha. El patronato, la leyenda y la estadística comenzarían a crecer, debió pensar. Un año después, 9 de mayo del 48, le otorgaron la primera oreja a “El Andaluz”. No había cumplido yo los tres años.

 

Ayer, aun a mis ochenta, terminé de apurar completas las 27 corridas consecutivas en esta plaza, durante las cuales, al tiempo con las crónicas he continuado evocando aquellos particulares sesenta. Mañana regreso a Colombia. Tan seguro como reza el cliché, de que no se puede caracterizar ninguna época, desde 1947 acá, sin tomar como señal de identidad, lo que ha pasado y no ha pasado en esta feria. Los once sanisidros transcurridos del 60 al 70, por supuesto fueron capitulares.

 

El de 1960, realizado entre el 15 y el 26 de mayo, y que cronológicamente abrió el período, se anunciaba en el cartel oficial como “Semana de San Isidro”. Contó con diez corridas, en cuyos carteles se repetían, por partida doble, los nombres de las principales figuras del momento: Antonio Bienvenida, Manolo González, Antonio Ordóñez, Manolo Vázquez, Julio Aparicio, Pedro Martínez “Pedrés”, Luis Segura, Antonio Borrero “Chamaco”, José Julio, y los jóvenes emergentes Diego Puerta, Curro Romero y el confirmante Juan García “Mondeño”.  

 

Con un festejo figuraron: Emilio Redondo, Manuel Carra, Limeño, Luis Garcés, Curro Montes y Alfonso Ordóñez.

 

A lidiar reses con los hierros de: Antonio Pérez de San Fernando, Galache, Atanasio Fernández, “Barcial”, Alipio Pérez y Sánchez, Clemente Tassara, Pablo Romero, Conde de Mayalde y Fermín Bohórquez.

 

El 20 de mayo, en la tercera de feria, con lleno total y asistencia de don Juan Carlos de Borbón, entonces Príncipe de Asturias, confirmó alternativa uno de los toreros que con su personalidad y carrera caracterizarían más el espíritu alternativo de la época, Juan García Jimenez, “Mondeño”. Nacido veinticuatro años antes en una humilde choza de Puerto Real, había llegado al toreo como única vía de redención social. No fue aficionado, una vez se hizo rico abandonó la profesión y en general el mundo taurino y vivió al margen de la fama, trashumante, coleccionista de carros antiguos, Gourmet y reconociéndose gay, cosa insólita para época y profesión. Fue célebre su retiro temporal (año y medio) en 1964, para recluirse como fraile dominico en un convento, y su regreso a los ruedos después, hasta el abandono definitivo en 1970.

 

Su Pareja y viudo, el alemán Ralf Bunger, dijo de él para los realizadores de un documental biográfico póstumo “El torero místico“: “Es increíble que hiciera algo tan bien gustándole tan poco...”

 

Había debutado con caballos en el Puerto de Santa María, a los 22 años, y diez meses después, abierto la Puerta del Príncipe de la plaza de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla como novillero. Tomando allí mismo la alternativa, el domingo de resurrección, de manos de Antonio Ordóñez, con Manolo Vázquez como testigo, y toros de Moreno Guerra. A partir de ahí se disparó su acogida por los públicos y su alternar con las principales figuras de los sesenta.

 

¿Cómo toreaba? Mejor que intentar describir mis recuerdos de su paso por Colombia en el 61 y el 62, transcribo la mejor semblanza de su tauromaquia redactada por Álvaro Rodríguez del Moral para “El Correo de Andalucía”, hace siete años:

 

“Algunos testigos de sus mejores años han querido ver en sus particulares formas un precedente remoto del concepto de José Tomás e incluso un epígono de Manolete. Hierático, vertical, solemne y dueño de un contrastado valor, hacía de la cercanía al animal toda una puesta en escena que enardecía a los públicos a pesar de su aire taciturno, casi místico. José María de Cossío, autor de la célebre enciclopedia taurina que tomó su nombre, escribió de él: “Practica su toreo con una quietud desasosegadora para el público, en un terreno inverosímilmente corto, y con un valor frío y sereno”.

 

Mondeño, torero suigeneris de una época suigeneris, ha quedado como uno de sus caracteres…, desde que Madrid lo confirmara en el San Isidro del 60.