lunes, 6 de julio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XX) - VIÑETA 618

 
VIÑETA 618
 
Aquellos sesenta… (XX)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 6 VII 2026
S.M. El Viti, escultura en Salamanca. Foto (fragmento): Wikipedia
Ahora que andamos de “Mundial” y San Fermín, los viejos aficionados a los toros y al fútbol, recordamos con complicidad aquella popular hipérbole de que el mejor equipo, y el mejor cartel que han existido, fueron la selección Brasil del 58, y los cuatro ídolos de los sesenta.
 
Y seguramente lo compartimos porque los vivimos mientras atravesábamos aquel país maravilloso que queda entre la infancia y la primera juventud. Y en el cuál, como señala Chesterton, coexisten: realidad, ficción, fugacidad, eternidad, inocencia e instinto…, y los héroes se baten siempre con gigantes.
 
A los brasileños: Gilmar, Bellini, Orlando, Didi, Zito, Vavá, Zagallo, Pelé, Garrincha, Nilton y Djalma Santos…, los vimos después en los estadios, cuando nos visitaron repartidos en sus equipos: Botafogo, Santos, São Paulo, Fluminense, Corintias…, además, nos lo dejó afirmado y firmado en sus memorias Lev Yashin, arquero inmortal. “El fútbol que yo viví”.
 
Eran tan increíbles, que cómo dijo Pelé, muchos años después: —Si jugáramos hoy (2010) contra el campeón mundial, les ganaríamos también…, uno a cero — ¿Por qué uno a cero? —le preguntaron —apenas uno a cero porque ya tendríamos setenta años, contestó el Rey” sonriendo.
 
El cartel sí lo recuerdo íntegro; Puerta, Camino, El Viti y El Cordobés juntos, alternando con “santacolomas” de Ernesto González Piedrahita, en la plaza de Cali, el 30 de diciembre de 1963. No existen crónicas exclusivas del día, pues el 31 y el 1º no se publicaron periódicos en el país. Para el dos de enero, año nuevo, ya se habían dado dos corridas más en la feria y la prensa, por prioridad noticiosa, solo reseñó el resultado de trofeos. Diez orejas y tres rabos. Así no más, como una lista de precios. A cambio, rindo mi testimonio por enésima vez.
 
Desde hace, ya sesenta y tres años, ruedan esas incompletas imágenes por mi memoria, sobrenadando a las de infinidad de corridas posteriores y apenas alteradas por el tiempo, el reiterado relato y el eco, que como en el romanticismo, ha ido de voz en voz.
 
Entonces, Cali era más un pueblo grande que una ciudad pequeña. Qué apasionado por los toros, estrenaba feliz su plaza nueva, “Cañaveralejo” levantada seis años antes con entusiasmo, costo y vanidad general. Redención de tener que ir a verlos a la vieja “Barona Pinillos” (hoy escombros) en la vecina Palmira. Así era, poco antes de que le llegaran la “salsa”, el traqueteo y la sede de unos Juegos Panamericanos que la hizo sentir puesta en el mapamundi, y objeto de una expansión esnobista que asumió como progreso.
 
Pero volvamos a los buenos tiempos, los viejos habitamos en ellos. Era la “corrida del toro”, uno para cada uno, modalidad, introducida por los empresarios Dominguín (Domingo y Pepe) en sus plazas americanas. Para que quienes no pudiesen ir a todas, viesen a las figuras con una sola entrada, contribuyendo también a la taquilla.
 
Quedaba la plaza en las afueras, (hoy en el medio). Salimos de la casa de mi abuela Tulia, en la Roosvelt, frente al convento, donde ahora queda un restaurante de pollo frito. Temprano, al medio día, boleta en mano, conseguida con mucha maña, ansia y anticipación.
 
A pie, bordeamos el Pascual Guerrero, cruzamos Champagnat, más allá el gran descampado en el que luego construirían el barrio Tequendama, y atravesando la carretera de Jamundí, bordeamos el extenso parqueadero no pavimentado que poseía entonces la plaza. Sumándonos a la muchedumbre creciente. Colas, atasco en las puertas no resguardadas aún por la malla periférica actual. Sol, calor (no tan posclimático como ahora, claro).
 
Al fin, como si lo hubiésemos hecho al paraíso entramos al infierno ardiente de Sol general, no numerado y con sobrecupo. Larga, enfiestada y hacinada espera. Uno llevaba un pito de árbitro de fútbol, y hacía mucha bulla, más de la que había. Griterío, pasaban la bota y tiraban al aire con impunidad polvo de anilina, que ya descamisados y sudorosos nos teñía multicolor como hueste prehistórica.
 
De pronto se abrió la puerta de cuadrillas con un rugido de la plaza repleta, y aparecieron los cuatro grandes, flanqueados, a la izquierda por el caleño Manolo Zúñiga, blanco y plata, único nacional y el más veterano que abría la corrida. Y abrigando en medio a El Caracol, novedoso alicantino que la cerraría.
 
Del primero conservo nítidos el rostro aguileño y su mirada perdida en el tendido dando un pase de pecho rodilla en tierra. Del segundo, su alegría tremendista y acordobesada...
De Puerta, esa serena, escueta y enervante valentía frente al más áspero de la seguramente joven corrida, (no nos enterábamos, y no quedan datos), que solo le deparó una oreja, muy exigida.
 
Luego todo se desató. Salió El Viti, qué oficiando inmaculado, solemne, como adoctrinando, como impartiendo, como dando misa, impuso su reverencia sobre el vulgar alboroto, y cortó las dos orejas y el rabo, que paseó tan serio como había toreado. Camino, rotundo como era, cuándo era, bordó al cuarto sublime, “Sangreazul”, llevando la plaza toda, incluidos nosotros al paroxismo, y la faena y el toro a la leyenda (todavía se habla y se escribe de ellos), recibiendo las dos orejas y el rabo.
 
Pero la expectación máxima, sobre todo para nosotros, que habíamos ido más que todo por él, era El Cordobés, quien ya había debutado y asombrado, cinco días antes, con puerta grande, y qué siendo el mayor en edad, por estar recién alternativado (solo siete meses) iba de quinto. Hizo de todo, porque todos plantearon la rivalidad como si esa tarde fuese “Resurreción” en Sevilla, o “Beneficencia” en Madrid, (imaginé mucho después). Parecía personal, quizá lo era. Ninguno quiso ser menos. Hinchábamos por él, como una barra brava, y el nos azuzaba con su desafuero. Pero al final su espada falló y solo pudimos lograr una oreja, qué rabia, perdíamos el partido. Nuestro héroe había sido superado, pero no derrotado. Ahí estábamos nosotros con él.
 
Cerró la tarde un arrebatado Caracol, “teléfono” de rodillas en los medios incluido, y entre un manicomio enarboló también las dos orejas y el rabo. Días después, el trofeo general de la feria, “Señor de los Cristales” seria para S.M. El Viti.
  
Cada que oigo, que hoy se torea mejor que nunca, vuelvo a esa tarde imaginando qué si esos cuatro vivieran todos y torearan otra vez juntos, aventajarían a las figuras actuales, aunque solo fuese por una oreja. Y solo por una oreja, porque ya tendrían más de ochenta años.
 
Baste recordar que la última vez que El Cordobés, mano a mano con Paco Ojeda, salió a hombros por la Puerta de los Cónsules (3 orejas) de la bimilenaria plaza de Nîmes tenía ya 64. Lo traigo a cuento porque también estuve allí aquella mañana. Pero bueno, esa corrida no entra en la época de la cual hablamos...