lunes, 27 de julio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXIII) - VIÑETA 621

 
VIÑETA 621
 
Aquellos sesenta… (XXIII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 27 VII 2026
 
Cogida mortal de José Falcón por “Cuchareto” en Barcelona. Foto: historiadeltoreo.com
Contando años, estamos hoy tan lejos de aquella década como esa lo estaba de la inicial del siglo pasado. La misma distancia.
 
¿Pero lo sigue siendo al medirla no con la escala del almanaque sino de los hechos, la cultura, la ciencia, la sociedad, las costumbres, las modas? ¿Resultan así calculadas tan equidistantes las tres épocas? El tiempo es una convención relativa, lo supimos pasada la primera, (Einstein 1915).
 
Hasta poco antes de la teoría, entre 1900 y 1910, cuando aún el tiempo y el espacio eran absolutos, la historia corría más lenta y el imperio español se liquidaba; Fuentes, Bombita y Machaquito marcaron la década oficiando la tauromaquia propia del siglo XVIII. La que setenta años antes, en la Escuela de Sevilla Pedro Romero había transmitido a Desperdicios, Cúchares, Paquiro (reglamentador)... Se lidiaban broncos miuras, veraguas, Pablorromeros, aleas…, en plazas que no anunciaban peso ni edad. No tenían estribo en las barreras, burladeros, peto, cruceta, ni ayudado. Las enfermerías, donde las había, eran rudimentarias y la anestesia, cirugía, medicina en general incipientes. Poco más que un consuelo. Ni se sospechaban los antibióticos. El promedio mundial de vida era de 32 años. La muerte era más fácil.
 
Baste repasar a esa fecha el grueso martirologio de la fiesta, modestos aparte: José Cándido Expósito, los hermanos Romero: Gaspar y Antonio; Pepe Hillo, Curro Guillén, los tres “Pepete”: José Dámaso, José Rodríguez y José Claro; los hermanos Fabrilo: Julio y Paco; José Gaviño, El Espartero, Dominguín…
 
En la mitad calendaria, 1960 a 1970, surgieron y marcaron el paso: Puerta, Camino, El Viti, El Cordobés. Con sus versiones personales de la tauromaquia descubierta por Belmonte, y sofisticada al compás del tiempo por Chicuelo, Manolete, Domingo Ortega, Ordóñez… Lidiando los hierros de tradición, más los Murube, Santa Coloma, Parladé y los Domecq que ya instalaban predominio.
 
Con obligatoriedad reglamentaria de anunciar peso y edad. En plazas con estribo, burladeros, cruceta, peto, ayudado, enfermerías a ley (no en todas partes). La anestesia, cirugía y medicina en general habían avanzado mucho. Se disponía de antibióticos diversos, conocimientos, destrezas, ayudas diagnósticas y terapéuticas insospechadas. El promedio mundial de vida subió a 53 años.
 
No ante el toro, pese a todo, como hicieron ver las muertes gloriosas acaecidas en el intervalo: Joselito, Granero, Litri, Sánchez Mejías, Gitanillo de Triana, Carmelo Pérez, Balderas, Carnicerito de México, Manolete...
 
Luego la velocidad se hizo vertiginosa. Pasaban más cosas en un año que las acontecidas en milenios anteriores. Salimos al espacio y entramos más allá del átomo. Proliferamos, nos ultra comunicamos, atosigamos la atmósfera, cambiamos el clima, hicimos artificial no solo la inteligencia sino la realidad, la verdad, y justificamos cualquier cosa. Legado y secuela.
 
Ahora, del 2020 al 2026 rigen: Roca Rey (peruano) entre lo sutil y lo tremendo, acompañado por Morante quien prolonga su vigencia (vintage) de tres décadas, y por quizá Ortega con su episódica sublimidad. Imponen su variedad de estilos aprobada por la posmoderna demanda, y pulida por sus predecesores; Capea, Espartaco, Ponce, El Juli…, uno tras otro en el altar.
 
Torean casi exclusivamente sangre Domecq, casi porque las otras se reservan para los gestos que demandan las particularidades del mercado y el resto para los menos remilgados. A los ruedos de pro, el toro sale más grande, pesado, adulto y en todas partes genéticamente menos fiero. Las enfermerías están superdotadas y con disponibilidad de traslado inmediato. La técnica médico-quirúrgica desborda la ciencia ficción. La muerte se hizo antinatural, injustificada, imperdonable. Promedio mundial de vida 74 años.
 
Y aunque a tenor de los tiempos que corren las cosas han seguido empujadas a favor de la sustitución del riesgo por su representación, las cogidas mortales de los connotados en el sexagenio: José Mata, Antonio Bienvenida, Joaquín Camino, José Falcón, Paquirri, El Yiyo, Pepe Cáceres, Víctor Barrio, Iván Fandiño, El Pana…, siguen atestiguando que la corrida no ha perdido su trágico dogma sacrificial.
 
En los medios de este ruedo de 120 años, quizá más allá, quizá más acá, dependiendo de quién y con qué mida, quedaron aquellos sesenta. Para quienes los vivimos, permanecen como un deslumbramiento, como una inflexión biográfica. Y si en la plaza los sobrevivientes de aquello nos miramos y oímos tan mutuamente distintos e idénticos con los de hoy, como entonces nos mirábamos y oíamos con los sobrevivientes del 1900, es porque siempre fue así. Cuando concurren el toro, el hombre y el toreo surgen el misterio y la intuición común de divinidad. Cambian los tiempos, cambian las formas, la esencia no. Está escrito.
 
En 1908, José de la Loma “Don Modesto” lo hizo de Bombita: “Tu es Petrus”, dijo Jesucristo a su primer discípulo. “Tu es Bombitus”, dijo ayer la afición al proclamar sumo pontífice del toreo a Ricardo Torres. La silla de Montes (Paquiro), vacante desde 1899, cuando el Papa Guerrita abandonó la jefatura de la tauromaquia, fue ocupada ayer... Ya tenemos Papa…, cada uno de sus naturales fue una encíclica.”
 
El 20 de mayo de 1964 Gonzalo Carvajal notarió a El Cordobés: “Sevilla lo consagró como genio del toreo, como un nuevo Belmonte, porque Huracán Benítez en sus dos toros (tercero, “Mariscal”, número 75 y sexto, “Bancalero”, número 74) (a los que cortó cuatro orejas y un rabo), fue, y lo digo sin empacho el torero con cuya existencia soñó el Pasmo de Triana.” Y él apostilló cincuenta y seis años después: "Dios tocó a algunos toreros con la varita, pero a mí me cogió en brazos…, yo fui el Papa del toreo."
 
Y el pasado 16 de abril del 2026, Antonio Lorca publicó en El País: “Morante, dios del toreo. El torero sevillano perdió los máximos trofeos al pinchar una explosión de improvisada genialidad ante una Maestranza enloquecida… Si tuvieron la fortuna de ver la corrida, quédense con lo vivido, con esa misteriosa conmoción colectiva que se apoderó de La Maestranza de la mano de un genio llamado Morante de la Puebla.”
 
Sí, la tauromaquia es una religión, quizá la más vieja, y en ella los feligreses podemos cambiar el hábito, el gusto, la época, el modo, pero no el dogma.
 

lunes, 20 de julio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXII) - VIÑETA 620

 
VIÑETA 620
 
Aquellos sesenta… (XXII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 21 VII 2026
 Andrés Hernando y El Cordobés a hombros en las Ventas, Beneficencia 1964. Foto: El Adelantado 
Entre las muchas escenas que persisten de aquellos años, una más que otras. Ocurrió en Cali, el 26 de diciembre de 1965, en los instantes finales de la primera corrida de la feria.
 
Entonces comenzaban más temprano y al terminar, el sol aun pegaba de frente, contra el tendido y su porción de ruedo. Me veo entre el gentío, contemplándola desde una fila alta, no recuerdo cual, ni en compañía de quien. Tampoco algunos detalles que hoy agrego, recuperados de archivos. La memoria visual pura, enfoca sobre lo que sucedió en ese pedazo de arena soleada durante aquel epílogo tenaz. Casi todo lo demás es bibliografía.
 
La feria empezaba muy envalentonada pues recientemente y por primera vez un equipo de la ciudad (el Deportivo Cali), había ganado el campeonato nacional de fútbol, qué a diferencia de este siglo, solo era uno al año. Vanidad y fanfarronería que a gritos y vivas se manifestaba por todas partes. Aún en la plaza incongruentemente, con réplicas airadas de los litúrgicos taurinos y los inconsolables hinchas rivales.
 
El cartel había sido premeditado como para garantizar un inicio exitoso y taquillero. Lo integraban tres toreros respaldados por prestigio y vigencia. Dos figuras y un debutante:
 
El venezolano Curro Girón, quien regresaba seis años después de haber obtenido un triunfo jamás igualado en esta plaza; cuatro orejas y dos rabos con toros de Achury Viejo (Conde de la Corte), refrendado con otra puerta grande a los ocho días, y el trofeo de la feria. Ausencia larga e inexplicable, durante la cual había encabezado por dos años (59 y 61) el escalafón en España. Su toreo festivo calzaba perfecto con el talante de la afición local, además, casado con la caleña Marlene Lozano se le consideraba propio.
 
Le secundaba Paco Camino, ídolo caprichoso y consuetudinario de la feria, en cuyos anales había dejado inscrita la mítica faena de “Sangreazul” dos años antes, y que encabezaba las estadísticas de la temporada mundial después de su antagonista El Cordobés.
 
La novedad era el debutante Andrés Hernando. Segoviano de veintisiete años con fama de toreo seco, valeroso y a tiro de pitón. En su aval del año anterior, lucían la Puerta grande de Madrid junto a El Cordobés en la Corrida de Beneficencia, y el trofeo de la Feria de San Ignacio en Linares, conquistado cortando las dos orejas y el rabo de un Miura en el aniversario de Manolete. Tenía toreadas 50 corridas ese año y ocupado el octavo puesto de las estadísticas. “Un relumbrón en la oscuridad”, había escrito de él Díaz Cañabate.
 
Los toros de Vistahermosa, ganadería bogotana de casta Santa Coloma (2.700 metros de altura), salieron pequeños, cornicortos, peleones con los caballos, malgeniados en la muleta, negados a regalarse. Hicieron la tarde dura.
 
Con ellos, Girón lució en banderillas, varió y mató bien, dando una vuelta entrañable. Ya en punto de cerrar la corrida, solo Camino y su joven sabiduría habían logrado cortar una oreja del segundo, mientras el tercero, Hernando, nuevo en la plaza, se había ido en blanco con el de su presentación y ahora se jugaba entero contra el más avisado de todos, el sexto, ante la silenciosa comprensión de unos y la ruidosa incomprensión de otros.
 
Lo tengo presente, lo veo muy bien, como si fuera hoy. Verde manzana y oro, corta estatura, ancho tórax, ojos y pelo claros, frente muy amplia, tez blanca sudorosa y congestionada. Ofreciéndose a cambio de arranconazos, tratando de conducir, de ligar suertes, larga y sufridamente, indiferente al ruido, absorto en la brega. De pronto, en el vaciado de un natural el vistahermosa revolvió, lo prendió por la entrepierna, lo izó, lo zarandeó como muñeco, lo tiró a la arena y lo asaeteó en ella, antes de que los tardíos y desesperados capotes le quitaran.
 
Lo levantaron, desastrado y sangrante. Querían llevárselo, era imperativo. Protestó y rechazó brazos. Arrancó la muleta y la espada de manos del peón, echó a todos, y volvió a la cara del toro. Obstinado, lo pasó una y otra vez, en medio de las ahora sí ovaciones solidarias, que incluían a los ha poco intolerantes. No había sonado la música. Sin esperanza de triunfo, la igualada fue angustiosa. El animal emboscado, miraba y buscaba. Él, esperando con el puño del estoque frente a sus ojos, agitando por abajo el trapo, las piernas abiertas y el chorro de sangre haciendo un charco que brillaba por el sol entre sus pies. Esa es la imagen.
 
Ya era estudiante de medicina, pero la crudeza del drama me impidió razonar como tal; en la ubicación de la cornada, las estructuras posiblemente lesionadas, la pérdida sanguínea, los traumas asociados, el shock, la posibilidad de muerte, la secuencia de procedimientos obligados para diagnosticar el daño…, para contener la hemorragia, asegurar la vida y reparar los destrozos.
 
El torero por lo visto mucho menos. Su expresión serena, concentrada, estoica, mostraba que ahí lo único importante en el mundo era oficiar a cabalidad la estocada. Pasaba el tiempo, una eternidad. Al fin, marcando los pasos del volapié, se tiró derecho, clavó la espada en la cruz, y cayeron los dos. Mientras apuntillaban el toro, cargaron y corrieron con el herido en busca de los médicos, qué al otro lado del ruedo, apresurados abandonaban su palco hacia la sala de cirugía. A donde luego enviaron las dos orejas.
 
Sin imaginar lo que allí pasaba, lo que conmovía era que bien hubiese podido dejarse llevar cuando lo levantaron corneado (“Pronóstico grave”, consignaron las crónicas del día). Nadie se lo hubiese reclamado. Además, estaba en una plaza americana, ni siquiera la más importante del país, donde el sacrificio no tendría la repercusión que en efecto no tuvo… Nunca volvió a torear en ella.
 
Treinta y siete años después, por junio, fuimos a Ávila con Quinito II y Alberto Lopera, para ver torear a José Miguel Arroyo, quien ya en las postrimerías de su carrera había esquivado Madrid. Allí, conocí a Andrés Hernando. Invitados por él, su esposa Sonsoles Aboin abogada, diputada de Madrid, y su hijo menor, novillero convaleciente de una cornada en el cuello, almorzamos en la “Torre de los Aboin”. Durante la sobremesa me sentí obligado a repetir mi relato, la terca imagen, mi admiración duradera...
 
El viejo torero, no quiso darle importancia. Como sorprendido por el recuerdo lejano, sus ojos hundidos, la leve sonrisa y la elevación de los hombros perecieron decir…, —era lo que tocaba… —No insistí en el asunto y él llevó la conversación a la corrida que nos esperaba...

lunes, 13 de julio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXI) - VIÑETA 619

 
VIÑETA 619
Aquellos sesenta… (XXI)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 13 VII 2026
Ampliación de la Plaza de Pamplona 1967. Foto: Memoriasdelviejopamplona
Es imposible viajar por los sesenta sin parar en Pamplona. Esa ciudad precristiana, fronteriza con Francia, fundada por Pompeyo sobre sangre de nativos antediluvianos, y donde la religiosa fiesta de toros “los sanfermines” ha mantenido su fervor por casi mil años (1186).
 
Festejos que conjugaron la liturgia católica, la feria de ganado y las corridas de toros. Dando lugar desde la edad media al espontáneo nacimiento de los “encierros”. Cuando los pastores cruzaban la población preventivamente a la madrugada, conduciendo los toros bravos hacia la plaza mayor.
 
Encierros para corridas en las que hace 800 años los “matatoros” llegaron a cobrar tanto, que el rey Alfonso X el Sabio los censuró en sus “Partidas” a favor de los que toreaban gratis, llevados solo por su valentía.
 
Es obligado bajar en esa histórica urbe, aún pequeña (213.000 habitantes), dónde hace ya más de un siglo un joven periodista gringo escribió un asombrado y quizá impreciso artículo para la revista Star Weekley de Toronto, publicado el 27 de octubre de 1923, que trajo consecuencias: “Las Fiestas de Julio en Pamplona.” –Una semana después vi otra mejor en Pamplona… desde 1186 hay allí corridas de toros durante seis días una vez al año. Descubriendo y mitificando para el mundo moderno esa celebración única, sin proponérselo.
 
Poco después, al embeleso de su neorromántica novela “Fiesta” (“The sun also rises”), las masas turísticas internacionales encabezadas por “famosos” se volcaron no solo sobre Pamplona sino sobre el toreo todo con sus profundas implicaciones. Tanto, que la plaza de La Misericordia debió ampliarse (1967) hasta casi duplicar su cupo de 12.000 a 20.000 localidades, a fin de albergar mayor cantidad de los privilegiados visitantes que lograban una entrada. Hoy la Televisión los ha multiplicado a millones.
 
Era el tiempo que los historiadores han llamado “Tardofranquismo”, cuando en medio del crecimiento económico y la presión social, el general cumplía setenta años (1962) y el “Movimiento nacional” se debatía entre “inmovilistas” y “aperturistas”, previendo su posible próxima ausencia. Debate que involucraba a toda España y por ende al toreo. Y que pretendió ser zanjado con la Ley Orgánica del Estado de 1967 y la designación en julio de 1969 de don Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, como sucesor, con la sentencia: “Todo queda atado y bien atado”.
 
Fueron esos los años que sucedieron a la última visita de Hemingway en 1959, y en los que se autorizó la primera edición española (1966) de su libro taurino “Muerte en la tarde”, publicado en inglés treinta y cuatro años antes y qué entonces, dicho sea de paso, no apareció traducido en libro sino por entregas en la “Gaceta ilustrada”.
 
Tiempo también aquel en que se bautizó al San Fermín como “La feria del toro”, con razón, y se empezó a cantar el: “A San Fermín pedimos por ser nuestro patrón...,” y durante el cual fueron muertos en el encierro: Vicente Urrizola Istúriz de 32 años el 9 de julio de 1961, por un toro de la ganadería de Torrestrella. E Hilario Pardo Simón, de 45 años, el 12 de julio de 1969, por el toro “Reprochado”, de Salvador Guardiola Fantoni.
 
Era cuando ante los: Pablo Romero, Miura, Cebada Gago, Torrestrella, Juan Pedro Domecq, César Moreno, Atanasio Fernández, Conde de la Corte, Guardiola…, lidiaron, sangraron, compitieron y reinaron:
Antonio Ordóñez, Antonio Bienvenida, Miguel Baez Litri, Julio Aparicio, Paco Camino, Jaime Ostos, Curro Romero, El Viti, Diego Puerta, César y Curro Girón, Palmeño, Andrés Vázquez, Mondeño y un novillero luego legendario llamado Manuel Benítez Pérez “El Cordobés”, quien ya torero estrella, entre triunfos y apoteosis motivó también la histórica y más monumental bronca de 1965.
 
Y sobre todos, Antonio Ordóñez, quien llegó a cobrar por primera vez en los anales de la feria (1967) más de un millón de pesetas por corrida. Cosa que hubiese escandalizado al sabio rey Alfonso X. Y También, el mismo que había marcado antigüedad como ganadero, debutando con “Malaquino”, número 1, y conquistando el trofeo al más bravo de la Feria del Toro en 1961. El cual fue ganado a su vez, en los años siguientes por:
Buscalíos”, 39, de Álvaro Domecq, lidiado por Mondeño en tercer lugar el 12 de julio de1962.
Escorpión”, 178, del Marqués de Domecq, lidiado quinto por Luis Segura el 11 de julio de 1963.
Nuevecosechas”, 80, del Conde de la Corte, lidiado primero por Pedro Martínez "Pedrés" el 7 de julio 1964.
Guinea”, 11, del Conde de la Corte, lidiado segundo por Paco Camino el 8 de julio de 1965.
Escultor”, 118, de Álvaro Domecq, ganó el premio y el Concurso de Ganaderías, lidiado sexto por Antonio Ordóñez, el 14 de julio de 1966.
Ricopelo”, 28, de Manuel Arranz, lidiado sexto por Andrés Hernando. el 8 de julio de 1967.
Ventero”, 8, de César Moreno, lidiado primero por José Fuentes el 8 de julio de 1968.
Madrileño”, 28, de Juan Pedro Domecq, lidiado sexto por Santiago Martín «El Viti» el 14 de julio de 1969.
Delirio”, 76, de Juan Pedro Domecq, lidiado segundo por Francisco Rivera «Paquirri», el 8 de julio de 1970...
 
Años cuando Diego Puerta, quién tras conquistar la plaza con su valentía, gusto y poder el 12 de julio de 1961 matando solo los seis toros, ya que “Churrero”, el primero de Pablo Romero, había corneado y mandado a la enfermería sus dos alternantes: Paco Camino en un quite, y Chamaco con la muleta. A la larga el gran sevillano terminó su carrera toreando treinta bien pagadas tardes allí.
 
Fue también cuando “Hilador”, del Conde de la Corte, que venía para la feria de 1965, abrió a cornadas el cajón del camión en un parqueadero, escapó, atacó un bus repleto de turistas portugueses, lo averió y debió ser ultimado a tiros por la Guardia Civil. Todo esto y más cosas pasaron en aquellos sesenta.
 
Por supuesto, yo no las presencié, pero las conocí a su tiempo mediante noticias y relatos, o después por literatura y visitas. Las traigo a cuento apenas como notas que esbozan el paso de la década por una estación inevitable, no solo de ella sino de la historia general de la Fiesta…
 

lunes, 6 de julio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XX) - VIÑETA 618

 
VIÑETA 618
 
Aquellos sesenta… (XX)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 6 VII 2026
S.M. El Viti, escultura en Salamanca. Foto (fragmento): Wikipedia
Ahora que andamos de “Mundial” y San Fermín, los viejos aficionados a los toros y al fútbol, recordamos con complicidad aquella popular hipérbole de que el mejor equipo, y el mejor cartel que han existido, fueron la selección Brasil del 58, y los cuatro ídolos de los sesenta.
 
Y seguramente lo compartimos porque los vivimos mientras atravesábamos aquel país maravilloso que queda entre la infancia y la primera juventud. Y en el cuál, como señala Chesterton, coexisten: realidad, ficción, fugacidad, eternidad, inocencia e instinto…, y los héroes se baten siempre con gigantes.
 
A los brasileños: Gilmar, Bellini, Orlando, Didi, Zito, Vavá, Zagallo, Pelé, Garrincha, Nilton y Djalma Santos…, los vimos después en los estadios, cuando nos visitaron repartidos en sus equipos: Botafogo, Santos, São Paulo, Fluminense, Corintias…, además, nos lo dejó afirmado y firmado en sus memorias Lev Yashin, arquero inmortal. “El fútbol que yo viví”.
 
Eran tan increíbles, que cómo dijo Pelé, muchos años después: —Si jugáramos hoy (2010) contra el campeón mundial, les ganaríamos también…, uno a cero — ¿Por qué uno a cero? —le preguntaron —apenas uno a cero porque ya tendríamos setenta años, contestó el Rey” sonriendo.
 
El cartel sí lo recuerdo íntegro; Puerta, Camino, El Viti y El Cordobés juntos, alternando con “santacolomas” de Ernesto González Piedrahita, en la plaza de Cali, el 30 de diciembre de 1963. No existen crónicas exclusivas del día, pues el 31 y el 1º no se publicaron periódicos en el país. Para el dos de enero, año nuevo, ya se habían dado dos corridas más en la feria y la prensa, por prioridad noticiosa, solo reseñó el resultado de trofeos. Diez orejas y tres rabos. Así no más, como una lista de precios. A cambio, rindo mi testimonio por enésima vez.
 
Desde hace, ya sesenta y tres años, ruedan esas incompletas imágenes por mi memoria, sobrenadando a las de infinidad de corridas posteriores y apenas alteradas por el tiempo, el reiterado relato y el eco, que como en el romanticismo, ha ido de voz en voz.
 
Entonces, Cali era más un pueblo grande que una ciudad pequeña. Qué apasionado por los toros, estrenaba feliz su plaza nueva, “Cañaveralejo” levantada seis años antes con entusiasmo, costo y vanidad general. Redención de tener que ir a verlos a la vieja “Barona Pinillos” (hoy escombros) en la vecina Palmira. Así era, poco antes de que le llegaran la “salsa”, el traqueteo y la sede de unos Juegos Panamericanos que la hizo sentir puesta en el mapamundi, y objeto de una expansión esnobista que asumió como progreso.
 
Pero volvamos a los buenos tiempos, los viejos habitamos en ellos. Era la “corrida del toro”, uno para cada uno, modalidad, introducida por los empresarios Dominguín (Domingo y Pepe) en sus plazas americanas. Para que quienes no pudiesen ir a todas, viesen a las figuras con una sola entrada, contribuyendo también a la taquilla.
 
Quedaba la plaza en las afueras, (hoy en el medio). Salimos de la casa de mi abuela Tulia, en la Roosvelt, frente al convento, donde ahora queda un restaurante de pollo frito. Temprano, al medio día, boleta en mano, conseguida con mucha maña, ansia y anticipación.
 
A pie, bordeamos el Pascual Guerrero, cruzamos Champagnat, más allá el gran descampado en el que luego construirían el barrio Tequendama, y atravesando la carretera de Jamundí, bordeamos el extenso parqueadero no pavimentado que poseía entonces la plaza. Sumándonos a la muchedumbre creciente. Colas, atasco en las puertas no resguardadas aún por la malla periférica actual. Sol, calor (no tan posclimático como ahora, claro).
 
Al fin, como si lo hubiésemos hecho al paraíso entramos al infierno ardiente de Sol general, no numerado y con sobrecupo. Larga, enfiestada y hacinada espera. Uno llevaba un pito de árbitro de fútbol, y hacía mucha bulla, más de la que había. Griterío, pasaban la bota y tiraban al aire con impunidad polvo de anilina, que ya descamisados y sudorosos nos teñía multicolor como hueste prehistórica.
 
De pronto se abrió la puerta de cuadrillas con un rugido de la plaza repleta, y aparecieron los cuatro grandes, flanqueados, a la izquierda por el caleño Manolo Zúñiga, blanco y plata, único nacional y el más veterano que abría la corrida. Y abrigando en medio a El Caracol, novedoso alicantino que la cerraría.
 
Del primero conservo nítidos el rostro aguileño y su mirada perdida en el tendido dando un pase de pecho rodilla en tierra. Del segundo, su alegría tremendista y acordobesada...
De Puerta, esa serena, escueta y enervante valentía frente al más áspero de la seguramente joven corrida, (no nos enterábamos, y no quedan datos), que solo le deparó una oreja, muy exigida.
 
Luego todo se desató. Salió El Viti, qué oficiando inmaculado, solemne, como adoctrinando, como impartiendo, como dando misa, impuso su reverencia sobre el vulgar alboroto, y cortó las dos orejas y el rabo, que paseó tan serio como había toreado. Camino, rotundo como era, cuándo era, bordó al cuarto sublime, “Sangreazul”, llevando la plaza toda, incluidos nosotros al paroxismo, y la faena y el toro a la leyenda (todavía se habla y se escribe de ellos), recibiendo las dos orejas y el rabo.
 
Pero la expectación máxima, sobre todo para nosotros, que habíamos ido más que todo por él, era El Cordobés, quien ya había debutado y asombrado, cinco días antes, con puerta grande, y qué siendo el mayor en edad, por estar recién alternativado (solo siete meses) iba de quinto. Hizo de todo, porque todos plantearon la rivalidad como si esa tarde fuese “Resurreción” en Sevilla, o “Beneficencia” en Madrid, (imaginé mucho después). Parecía personal, quizá lo era. Ninguno quiso ser menos. Hinchábamos por él, como una barra brava, y el nos azuzaba con su desafuero. Pero al final su espada falló y solo pudimos lograr una oreja, qué rabia, perdíamos el partido. Nuestro héroe había sido superado, pero no derrotado. Ahí estábamos nosotros con él.
 
Cerró la tarde un arrebatado Caracol, “teléfono” de rodillas en los medios incluido, y entre un manicomio enarboló también las dos orejas y el rabo. Días después, el trofeo general de la feria, “Señor de los Cristales” seria para S.M. El Viti.
  
Cada que oigo, que hoy se torea mejor que nunca, vuelvo a esa tarde imaginando qué si esos cuatro vivieran todos y torearan otra vez juntos, aventajarían a las figuras actuales, aunque solo fuese por una oreja. Y solo por una oreja, porque ya tendrían más de ochenta años.
 
Baste recordar que la última vez que El Cordobés, mano a mano con Paco Ojeda, salió a hombros por la Puerta de los Cónsules (3 orejas) de la bimilenaria plaza de Nîmes tenía ya 64. Lo traigo a cuento porque también estuve allí aquella mañana. Pero bueno, esa corrida no entra en la época de la cual hablamos...