lunes, 29 de junio de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XIX) - VIÑETA 617

 
VIÑETA 617
 
Aquellos sesenta… (XIX)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 29 VI 202
 Paco Camino. Foto mural en Las Ventas 2026.
Entre treinta y cuarenta años después (1999), Paco Camino gran protagonista de la década, volvió a ella y la definió entonces, en conversación con Juan Antonio de Labra. Extracto:
   
–El toro insignia de la época fue el Santa Coloma.
–Yo de novillero me lo comía todo, y ya de matador de toros, Chopera el viejo, don Pablo, que me apoderaba lo prefería y le mataba toda la ganadería. Un toro, aunque con el trapío justo, muy enrazado, con mucha movilidad, muy listo, que no perdonaba, que cuando salía malo salía malo, y cuando salía bueno salía bueno, qué si le hacía las cosas, con valor, arte, inteligencia, embestía con nobleza y el público lo notaba.
 
Ese toro permitía faenas intensas y cortas. Eso de dar y dar pases y pases no es bueno, ni para la fiesta, ni para el aficionado, ni para el torero, ni para nadie. Ahora las faenas son muy largas. Yo toreé en Madrid cincuenta y tantas tardes, ni un aviso. En estos días en tres corridas, siete avisos. (En el pasado San Isidro 2026, en 27 corridas, 84 avisos). Y otro problema es la monotonía, torean todos igual. El Juli distinto, sí, pero es muy joven, no puedo aún opinar.
 
Salí de una familia muy humilde, y sin educación, sin estudio llegué a un sitio casi prohibido. Ser torero importante en el mundo. Lo hice fijándome siempre en el toro y escuchando a los que sabían, como Joaquín Buendía, como Atanasio Fernández, como Antonio Pérez Tabernero el viejo. Siempre gente mayor, que me podía enseñar. A la perfección nunca llegué. En el toreo nadie ha sido perfecto.
 
Debuté sin caballos en Zaragoza. Fui a torear una novillada y toreé catorce sin caballos y tres con caballos. Cuando me vieron dijeron, ¿esto que es? Decían que tenía buenas maneras y podía llegar a figura. Lo que pasaba es que ya tenía un recorrido, de los doce a los dieciséis años. Sabía algunas cosas, aprendidas en el campo y en las capeas, iba a todas. Y me dije, no puedo dejar escapar esta oportunidad.
 
Lo primero es dominar el miedo. El corazón es bruto, la cabeza es la que rige. Si un torero tiene valor, pero no tiene cabeza es torpe. Inteligencia, es la que tienen los que llegan a figura del toreo, siete, diez, quince años. La suerte no. La suerte existe un día. Que te embista un toro en Madrid y le cortes las dos orejas. Pero vale más la constancia. Todos los toros son distintos, hay que estar preparado mentalmente para eso.
 
El temple, es el que tenga el toro. Adaptarse a la velocidad que embiste. Me gustaban los toros con raza con temperamento, dejarlos crudos. Cada quién a su estilo, por ejemplo, El Viti les pegaba más.
 
En la época mía, estaban: Pedrés, Rafael Ortega, Antonio Ordóñez, Antonio Bienvenida, Gregorio Sánchez, Manolo Vásquez, Fermín Murillo, Chamaco, Andrés Vásquez, Julio Aparicio, Litri, Mondeño, Puerta, El Viti, El Cordobés, yo... Creo que fue la verdadera “Época de oro” del toreo. La historia buena del toreo va a ser esa, la de los sesenta. Esa, que del 63 al 74 fue la mejor mía, cuando ya era adulto y confiaba mucho en mí.
 
–¿Admiraba a El Cordobés? –Sí, sí, la técnica que tenía era perfecta para él.
–¿Fue difícil la convivencia siendo apoderados por la misma casa? –No coincidíamos, si nos veíamos era toreando, pero nada más.
–¿Fueron complementarios, usted ortodoxo y él heterodoxo? –Bueno el púbico que llegó con El Cordobés, fue un público nuevo. Pero tampoco era que no toreara bien. Fue a Sevilla y cortó un rabo.  Eso no lo corta toda la gente, y en una plaza de aficionados al arte, una plaza de toros buena.
 
En el ruedo no hay que ir de buena persona, al que venga comérselo. Y todos venían por lo mismo, el triunfo y el dinero. Fui hosco en la plaza. Siempre hice lo que quise. Me apetece, no me apetece y se acabó. No me preocupaba lo que dijera el público. El que mandaba en la plaza era yo.
 
Lo que más me impactó cuando llegué a México fue la corrida de ocho toros en Guadalajara, y un toro, “Catrín”, ahí empezaron a creer en mí. Los toreros:  Joselito Huerta, Capetillo, Procuna, Calesero, Juan Silveti, Jesús Córdoba, mayores que yo, muy buenos. Tuve amistad y rivalidad con Manolo Martínez, era de lo mejor. También Cavazos...
 
El toro español es más listo, no permite manoseo. El mexicano es muy dócil. De niño, mi padre me decía, cuando vayas a México ve a ver a Lorenzo Garza. Yo quiero torear algún día con el maestro, me dije. Toreé con él en un festival con Cagancho, Calesero, Arruza, Armillita, Silveti, Silverio, en la plaza de El Toreo (Ciudad de México).
 
–El gran Rodolfo Gaona (rival de Joselito y Belmonte) dijo que como lo había visto torear a usted con la mano izquierda, no había visto torear a nadie. –Esa frase de él, por ser de él, me llena de orgullo.
 
–La Beneficencia del 70 en Madrid.
–Me la ofrecieron en terna, pues no me habían pagado lo que pedí en San Isidro. Mato seis toros, les dije. No querían. La noche anterior no dormí. Me leí tres novelas de Marcial La Fuente Estefanía seguidas. Hasta que salió la corrida. Ya me quedé tranquilo al llegar a la plaza…, y pasó lo que pasó.
 
Es preferible que digan que no has querido, a que digan que no has podido. Sí no has podido das lástima, si no has querido das envidia. Pero hubo un toro que no pude con él, en Vinaroz, un toro de Galache, ganadería comercial. Ha sido el único. Pensaba, me coge, me coge... Me veía y me comía. Ha sido la única vez que he sentido impotencia. Lo pasé muy mal. Ese día pensé dejar el toreo. Lo maté al final, sí. Yo me iba arriba con las adversidades, pero me encontré impotente con ese animal. También quedaron los tres avisos de Lima, pero eso no fue impotencia, fue amor propio. Descabellando, me tiraron un bote de Cocacola, me cayó en el pie y me negué.
 
–Cómo le gustaría que lo recordaran.
–Como un buen torero, nada más.

 

 

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