VIÑETA 607
Aquellos
sesenta… (IX)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 20 IV 2026
Toreros Cali 1969 - 70. Foto: Libro, “Cañaveralejo 50 años”
El final no fue un apagón. Fue una transición, no tan lenta como para
ser imperceptible, ni tan súbita como para sobresaltar.
Aquel 31 de diciembre de1969, a las seis de la
tarde, hora de Cali (12 de la noche hora de Madrid), cuando arrastraban el
sexto de Abraham Domínguez, último toro de la década en el mundo, el cual acababa
de cornear grave a “El Chano” antes de ser estoqueado por Paquirri, triunfador
de la tarde. Mientras, los españoles en la plaza se felicitaban, sorbían Codorniú
y comían uvas despidiendo el año que terminaba en su tierra. No parecía que todo
cambiara, y comenzara una nueva era. Nadie sintió en ese momento que el toreo y
el mundo se transformaran. Y así a la salida cogimos cada quién por su lado a esperar
el año nuevo, pues acá todavía estábamos en los sesenta, sin importar que
España ya se hallara en la década siguiente.
Sí señor, y en todo ese año inicial 1970, y en el
71, las cosas parecían continuar igual. Con El Cordobés mandando allá y acá, en
la fiesta, como lo había hecho desde su alternativa. Ya en el 72, porque le dio
la gana, no toreó (hasta el 79, cuando regresó por más). Sin embargo, aún ausente
su heterodoxa influencia en los nuevos y el conservadurismo de sus rivales continuaban
pugnando, pues estos no se fueron. Salvo el valentísimo Diego Puerta que despedazado
por los toros (más de 50 cornadas) lo hizo en el 74 para refugiarse en la
ganadería.
Camino, la “contrarrevolución clásica”, no
alcanzó a llenar el vacío de poder, ni a liderar las estadísticas de la oferta
y la demanda. Pues el sorprendente Paquirri, uno de la nueva ola, le aventajó con
10 corridas. Y en el 73 tomaría el mando del mercado y marcaría el ritmo hasta entrados
los ochenta, el nuevo concepto de “El Niño de la Capea” con su toreo de gran profesionalismo,
regularidad y taquilla.
La tauromaquia, como todo en la cultura,
también obedece a esta humana necesidad de ir clasificando los acontecimientos en
orden de aparición, en antes y después, en primero, segundo, tercero…, necesidad
que dio lugar hace miles y miles de años a una de esas cosas arbitrarias que
nos inventamos cada vez; <<el tiempo>>. En principio un recurso
nemotécnico; segundos, horas, meses, años, siglos…, y con ello comenzar a compartimentar
el pasado, administrar el presente y buscando relaciones de causalidad entre
una cosa y la otra, intentar prever el futuro. El asunto fue que como ahora nos
advierten sobre la Inteligencia Artificial (IA), en ese afán de controlarlo
todo, terminamos siendo controlados, y esclavos del invento.
Esclavos del reloj, el horario, el calendario…
El tiempo es oro, “the time is money”. Como nos recordó el
sabio “padre fundador” de los EUA, Benjamin Franklin desde la recién fundada y
ambiciosa Filadelfia. Principio que, dicho sea de paso, ya regía en los toros
desde antes. Desde el 27 de febrero de 1612, cuando Felipe III sistematizó el
cobro de las entradas a la corrida y esta comenzó el camino del
espectáculo-negocio (show business). El camino del “tiempo es moneda”, que
no ha terminado.
Pero por más impositivo que sea el dios Cronos,
tiene fugas, Claro, cuando soñamos, divagamos, imaginamos, nos extasiamos..., nuestra
mente vuela sin restricciones cronométricas. El ayer, el hoy y el mañana se nos
dan simultáneos, como seguramente los percibíamos antes de la razón, como un
solo paisaje, un ilimitado presente. Al cual nos devuelve a veces la corrida. Gitanillo
de Triana paraba los relojes con sus verónicas, y Morante funde pasado y
presente con su barroquismo. No importa que ya despiertos y entrados en razón intentemos
recordar, comparar el sueño con la vigilia, buscar parangones entre uno y otra,
o juzgar los sucesos fuera de su contexto temporo-espacial, como historiadores torpes
o intencionados, para terminar, riéndonos de nosotros mismos.
Pues aquella época, que como la recuerdo, se ha
ido diluyendo, no fue un escape del tiempo, fue real, y dejó beneficios y
secuelas, que me ha tocado vivir. Así como las dejó la monetarista decisión de
Felipe III.
Una de ellas, por supuesto, ya es lugar común,
la expansión y la internacionalización del toreo, el disparo de su demanda, de
su ya viejo monetarismo e Inflación. Los honorarios de la figura máxima subieron
geométricamente, por primera vez al millón de pesetas por corrida, llevando
tras de sí a los demás toreros, los precios del toro, de los arriendos, de los
impuestos y en general de todos los insumos, multiplicando los costos…, y al
final de la cadena encareciendo el precio de las entradas, y agujereando el
bolsillo del aficionado que es quien paga y sostiene el espectáculo.
Damnificado del fenómeno, el pueblo-pueblo. A
su pesar comenzó a no poder comprar, a dejar de asistir. Y el toreo inalcanzable,
a dejar de vivir en su cotidianeidad, a estrechar su autóctona base cultural, y
alimentar resentimientos y odios antitaurinos. Proceso lento, no el único, que
terminaría por llegar a la crisis prepandémica 2014 – 2020, cuando el abandono
del público y la caída vertical del número de corridas puso la fiesta en estado
agónico.
Postración de la cual, como ha sucedido con las
periódicas crisis inflacionarias del capitalismo en general, se recupera explosivamente,
desde la pospandemia, como el Gran Gatsby lo hizo después de la quiebra mundial
del 28. No fue lo único, claro, pero sí lo más notorio. Lo otro, y quizá principal,
que toca los cimientos éticos y estéticos de la vieja fiesta, de su doctrina,
de su liturgia, de su esencia…, es el acentuamiento de la “espectacularización”,
de lo llamativo sobre lo significativo, de lo comercial sobre lo ritual, de lo
aparente sobre lo real.
Aunque de cuando en vez los del siete de Las
Ventas y tras ellos la crítica, descubran algún joven que les hace sentir que ha
llegado, como llegó Jesús al templo de Jerusalem, a sacar los mercaderes. Y
todo vuelve a empezar.

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