VIÑETA 611
Y tendría que serlo no solo por el impacto mediático que tuvo en su
momento y la perdurabilidad que la historia le ha dado. Sino porque más allá de
lo anecdótico, de lo eventual, de lo escandaloso, representó viva, real y
espontáneamente aquello que ha ocupado la ficción de toda la dramaturgia y la
literatura, desde que lo son; la humanidad del héroe, y su circunstancia.
Esa profunda exploración que la imaginación y la mitología, han hecho en
el abismo del alma a lo largo de los siglos. Esa creada verosimilitud que, partiendo
de lo pequeño, de lo cotidiano, de lo vulgar ha convertido a Edipo, Medea,
Hamlet…, en más que solo episodios de criminalidad, asuntos de crónica roja o
de novela negra, en espejos de lo que somos, de lo que podemos ser, de a donde
podemos llegar.
Y claro, en esa ocasión, representado de verdad, como solo puede ser en
el toreo. Cuando saltó el toro quinto, sobrero de Cortijoliva, “El Faraón” lo
consideró un “pregonao”, y espantado desafiando todo, a todos, y a su
propio destino. Renunció a la lidia frente a la plaza llena, se retiró a la
barrera, ordenó a los hombres de su cuadrilla que lo siguieran, que no tocaran
el toro, que lo dejaran solo en el ruedo.
La que se armó. La multitud protestaba iracunda y le befaba. El
presidente por su parte dejó que la bronca transcurriera durante los diez
minutos reglamentarios que se conceden al lidiador para matar el toro. Luego, a
lo largo de los cinco restantes de más escarnio, tocó sucesivamente los tres
avisos, la devolución vivo a los corrales y la ignominiosa salida de los
bueyes.
En medio de la batahola un espectador, sintiendo blasfemado el rito y el
espectáculo estafado, como muchos espectadores, se tiró al ruedo y lo cruzó corriendo
con un rollo de papel higiénico en la izquierda y su boleta en la derecha, llegó
al matador y lo golpeó. Los peones respondieron en su defensa, y la Guardia Civil,
tomó cartas en el asunto, deteniendo a Curro, y conduciéndolo protegido a la
Dirección Nacional de Seguridad, (gobernaba franco).
Allí en los calabozos, o muy cerca de ellos pasó la noche. Dicen que
uno de sus admiradores, propietario de fino restaurante madrileño, le hizo
llegar una cena “faraónica”. Y allí mismo en las “mazmorras” o junto a ellas,
al otro día, ya 26 en la tarde, se vistió de luces, volvió a la plaza en su
coche, e hizo el paseíllo como si nada, junto a sus paisanos Paco Camino y
Diego Puerta, para matar la corrida de Benítez Cubero. La plaza expectante se
había llenado de nuevo... ¿Qué pasaría?
Cuarenta y tres años después de los acontecimientos el ABC, citando la
crónica de Antonio Díaz Cañabate lo recordaba:
“«Comprometida era la tarde para Curro Romero. Los toros le ayudaron
a salir del trance, pero él ayudó a los toros con toda la gallardía de su
toreo, que no desmayó ni con la voltereta propinada por el quinto. Gallardía
unida al temple. Temple unido a una elegancia producida por la naturalidad
derivada del buen gusto. En los pases de Curro Romero se percibe claramente
como la inspiración desciende a su muleta y asciende al arte del toreo. Como la
inspiración comunica a su figura la magia de la belleza».
“Curro Romero es, por tardes como esta, parte de la historia de Madrid.
Tardes en las que se «arrebujó» a los toros como pocas veces, que se mostró
valiente como nunca, saldando la deuda contraída con la afición el día
anterior, en la plaza más importante de Las Ventas, en la que «tiene
escritas, quizá, más faenas cumbre que en “su” Maestranza».”
En apoteosis fue sacado a hombros de la plaza junto a sus alternantes,
vitoreado por los mismos que ayer lo infamaban. Otra vez más, ahora en vivo, el
drama del héroe-mito, con su frágil y cambiante condición humana frente a la
masa idólatra que no le admite sino la heroicidad. Curro fue eso, un torero mitificado
que nunca disimuló ser un hombre. Quizás allí estuvo la, para muchos, misteriosa
esencia de su grandeza.
Por supuesto, El San Isidro de aquel año contuvo otras hazañas toreras
que figuraron en los periódicos del día y que la tradición oral y los libros, como
el ya citado de José Luis Suárez Guanes (Madrid cátedra del toreo) han
perennizado:
La gran reaparición de Rafael Ortega cortando en clásica faena las dos
orejas a un toro de Higuero… El Cordobés, que tras atravesar al toro “Ratón”
de Antonio Pérez, le cortó las orejas, compartiendo Puerta Grande con Andrés
Hernándo… Así mismo, que fue la última feria de Litri, y la primera vez que
Paquirri cortó una oreja en Madrid…, y otras, pero ninguna, tan honda como la
pasión y gloria de Curro durante dos días allí…
NOTA: Cuando aquello sucedió, hacía ya siete años que el maestro había
pasado por Colombia, donde el diario La Patria, titulando la crónica de su
debut en Manizales anunció: “De
hoy en adelante, las verónicas no se llamarán verónicas, sino romerinas…”
Aquellos
sesenta… (XIII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Madrid, España, 18 V 2026
Curro negándose a lidiar el toro en Las Ventas, mayo 25 de 1967. Foto:
El Mundo
Si el año taurino1967 tuviese que ser recordado por una sola cosa,
quizá lo sería por el drama en dos actos que protagonizó Curro Romero en Las
Ventas, feria de San Isidro, los días 25 y 26 de mayo.
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