VIÑETA 623
Aquellos
sesenta… (XXV)
Jorge Arturo
Díaz Reyes, Cali 10 VIII 2026
“El Cordobés y “El Pipo” 1960. Foto: ABC El 16 de
octubre de 1960, Rafael Sánchez “El Pipo” presentó en Córdoba, frente a
novillos de Sánchez Cobaleda, un torpón albañil, medio truhan, de 24 años, precedido
de cierta aura suicida; “El Renco”.
Al terminar el
festejo preguntaron al maestro Juan Belmonte García, quien había ido a
presenciar la novillada con su amigo Rafael Gómez “El Gallo”, qué opinaba del curioso
debutante. Con toda su parquedad, “El Pasmo de Triana” respondió: “Pues que debutó
con caballos, llenó la plaza y cobró cuarenta mil duros.”
Esa tarde moría
“El Renco” y nacía “El Cordobés”. Personaje creado para la imaginación, la
emoción y el boom de los sesenta, por el ingenioso vendedor de mariscos,
apoderado y amigo entrañable del extinto Manolete,
Veintisiete años
después, el torero reconocería en el funeral de su mentor: «Todo
lo que soy y he sido se lo debo a él». Y lo
hizo con modestia y grandeza. Honrando la triste ocasión, al omitir su parte, e
ignorar los agravios de que fue objeto en el libro “Así fue…” con el cual El Pipo había desfogado tardíamente contra él
su amargura por la temprana ruptura de 1962, antes de la alternativa. Lo cual le
impidió participar de la inmediata explosión de masas y riqueza de su hechura,
disparada al infinito luego. Cierto, habían sido apenas dos años de obra, pero le
bastaron para marcar con ella la historia.
Cómo
tantos, yo vi antes a El Cordobés de novillero en el cine que de torero en el
ruedo. Cuando esto sucedió ya me había tragado su slogan “solo ante el peligro”,
y las noticias de su rebelión e ironía, de su desmelenamiento, de su tauromaquia
insumisa, de su desprecio a la muerte, de su impacto de masas, y de lo mucho que
le pagaban a él, cuando a otros les cobraban por torear.
Todo
eso me embargó e identificó. Forme parte de lo que Luján llamó luego “ese
público sugestionado”, en pro y en contra, ninguno indiferente. Cómo no seguir ese
relato ceniciento, milagroso, épico, que nadie con tanto encanto como El Pipo había
tejido ni volvió a tejer en el toreo. Los de hoy son nada más que imitaciones. ¿Pero,
habría calado igual si todo hubiese resultado falso? ¿Si la imagen no se hubiese
correspondido con el ser de carne y hueso? ¿Si frente al toro y la gente no fuese
como frente a las cámaras y la fama? Fue más.
Hay
quienes mal dicen que El Cordobés fue solo producto de la publicidad, y otros,
incluso han preguntado ladinamente: ¿Qué hubiera logrado “El Pipo” si hubiese
apoderado a Joselito, Juan Belmonte, Luis Miguel o Antonio Ordoñez?
Bueno, el
hecho es que fue más, y que después El Pipo también apoderó, sin alcanzar ese
furor, a toreros de gran talento y arrojo como: José Fuentes y Curro Vázquez, y
a otros no mal dotados como José María Clavel, José María Montilla, Paco
Pallarés, “Espartaco” (padre), Manuel Capetillo y José Ramón Tirado...
Sí, los
años 60 fueron la “Edad de Oro” de la publicidad, y con ella otros Boom concurrieron,
por ejemplo: El literario latinoamericano. El Pop art en la música, la pintura,
la arquitectura, el cine… El estructuralismo en filosofía, ciencia y crítica. La
reivindicación de los derechos civiles en todas partes. El feminismo, la liberación
cultural, política, sexual. La sicodelia, la minifalda, la píldora… ¿Acaso fue
todo eso, incluido el toreo de aquellos años, producto de la publicidad? ¿O fue
la expresión del espíritu de la época, el resultado de un estado de cosas, de
un malestar en la cultura, como diría Freud, al cual se sumó ella?
El
portal Marketingdirecto.com encabeza una breve nota histórica con este titular:
“Los Beatles y la publicidad, ¿quién inventó a quién?”. Claro, Andy Warhol era
publicista y actor, pero su celebridad, favorecida por ello, se la debe a su
pintura. ¿Vale preguntarse ahora, qué hubiesen logrado los primeros editores de:
García Márquez, Cortázar, Fuentes, Donoso, Vargas Llosa, Rulfo…, si en vez de promoverlos
a ellos lo hubiesen hecho con otros escritores?
¿Cien
Años de soledad, Rayuela, Pedro Páramo, La región más transparente, La ciudad y
los perros, El obsceno pájaro de la noche… no serían las novelas que son? ¿Y la
reivindicación de los derechos fue causada por la publicidad o por su crisis?
Puerta,
El Viti, Camino, El Cordobés, Curro, y los tardíos sesenteros como Paquirri,
Palomo, Dámaso, Benjumea, Márquez, Martínez, Teruel… no llenaron la época solo por
la sagacidad de sus apoderados y el manejo del mercadeo. La llenaron
fundamentalmente, porque su personalidad, arte y emoción interpretaron la
sociedad de su tiempo, coparon el imaginario y la cautivaron. Aparecieron en el
sitio y el momento precisos, para encontrarse con la circunstancia precisa.
La
publicidad da visibilidad, ilusiona, manipula perceptual y neuralmente, cierto.
¿Pero sin ella no gustaríamos aún de “Yesterday”,
“Let it be”, “Get back”? ¿No amaríamos todavía el recuerdo de John, Paul, George
y Ringo? ¿No añoraríamos las chicuelinas de Camino, la majestad de El Viti, la
desfachatez de El Cordobés?
Lo que
generalmente pasa es que, si lo publicitado no se sostiene a nivel de las
expectativas creadas, la mentira más temprano que tarde se difumina en el abandono
de las masas consumidoras. Es parte de lo que la economía llama autorregulación
del mercado, la política democracia y la ciencia el avance del conocimiento.
Generalmente digo, no siempre. Hay espejismos, ilusiones, utopías perennes.
Creo
que los jóvenes de aquellos años también estábamos listos, en el sitio y
momento precisos para descubrir sobre el ruedo muchas de las representaciones que
nuestras objetividades y subjetividades reclamaban, y sugestionados o no,
sembramos allí nuestra afición fresca. Qué luego la vida se halla encargado de
írnosla curtiendo, es otro asunto.
Kant es
Kant, entre otras cosas, porque develó lo evidente: que el conocimiento no es
copia de la realidad sino construcción activa de la mente. La ciencia, la
filosofía, el arte, incluido el de torear por supuesto, lo prueban todos los
días.
Pero quizá,
si hoy a esta edad, volviésemos a presenciar por primera vez aquellas corridas
que nos estremecieron entonces, no reaccionaríamos igual. Quizá. El toreo es
arte fugaz.
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