VIÑETA 627
Aquellos
sesenta… (XXVIII)
Jorge Arturo
Díaz Reyes, Cali 7 IX 2026
Familia
Dominguín: Domingo, Carmina, Gracia, Pepe (hijos), Gracia, Domingo (padres) y
Luis Miguel (hijo). Santos-Yubero. fondo fotográfico del Centro de Asuntos
Taurinos de la Comunidad de Madrid.
El toreo que los
cincuenta entregaron y al cual asistimos con exorbitados ojos infantiles,
estuvo jalonado por lidiadores de marcada individualidad y contrapuesto
conjunto.
Un catálogo de estilos
propios pugnando entre las corrientes culturales producto de la terrible
primera mitad del siglo XX. Dos guerras mundiales y entre ellas las feroces
civiles rusa, china y española.
Pepe Dominguín en su
biografía familiar (“Mi gente”), recuerda los tempranos años treinta: Me
despertaba de niño en la madrugada, y veía mi padre (alternativado por
Joselito), a horcajadas en una silla, trabajando y corrigiendo de salón al
joven Domingo Ortega, (alternativado por Gitanillo de Triana). Así, de
generación en generación, década en década pasa el arte de torear.
Y así llegaron a esa
mitad de siglo las diversas versiones de la revolucionaria faena belmontina. Sofisticada
sucesivamente por Chicuelo y Manolete, padrino y ahijado, por cierto. Como todos,
menciono solo a los que luego trascendieron a paradigmas de sus respectivas
épocas (pecados y virtudes incluidos). En este caso, “Edad de Plata” y “Los
cuarenta”.
A su turno, los
cincuenta que mundialmente contundidos en la resaca del mar de sangre y
sufrimiento, habían tirado por la filosofía y la literatura de la indiferencia,
la estética de la angustia, el teatro del absurdo, la pintura voleada sobre
lienzos en el piso, la poesía del aullido, la arquitectura del “brutalismo”, la
causa de la desesperación, el síncope del rock and roll...
Por su lado, España,
las dos Españas. La interior reconcentrada del “Bienvenido Mister Marshall” que
aún resistía a la influencia exterior, y la otra, la del exilio, el reciente y
el viejo (hispanoaméricano) que la asimilaban. Las
dos seguían toreando, pero como siempre, desde el “descubrimiento”, a dictado
de la primera, la profunda, la peninsular. Lo que pasaba allá pasaba acá.
Identificadas en el
ruedo con: El tremendismo de Litri y Pedrés; quietud y espera. La
espectacularidad de Luis Miguel, largura, vía Guerrita y Gallito (padrino de su
padre ya dijimos), y de los Girón (Cesar y Curro), exuberantes expresiones
tropicales de lo mismo. El neoclasicismo de Aparicio y Ordóñez capotes y
muletas parantes, templantes y mandantes, pero espadas impropias de su
nombradía y sobre todo de la esencia del culto.
Medio secular abanico
de tauromaquias, sobre las cuales se siguen derramando miríadas de palabras y
arte derivado, pero qué, con todo y eso, no lograron llenar el vacío en la emoción,
tendidos y taquillas que había dejado la muerte de Manolete.
Así decían y así lo
recuerdo. Eso fue lo que entregaron cuando cambió la época. Repito, el 3 de
enero de 1960 en Cali, a tres meses y medio de terminado el “verano sangriento”
con el último mano a mano de Luis Miguel y Antonio Ordóñez. Toros de
Fuentelapeña, y una vez más triunfo del segundo como epílogo.
Algo había que hacer.
Lo primero, volver a meter la gente en la plaza, sin eso no hay plata, ni toro,
ni toreo, ni arte, ni corrida, ni negocio. Entonces, llegaron: Hemingway con su
“Life” y su “best seller”, El Pipo con su Cordobés, la cátedra con
su Puerta, su Camino y su Viti apretando la tuerca pura, la televisión..., y tras
todos ellos encantadas las masas raizales y turísticas.
¿Cómo cambió entonces
el toreo para lograr eso? no mucho. Nada en esencia y casi nada en técnica. Aparte
de la nominación de algunas suertes con el capote, como “la cacerina” de Pepe
Cáceres y “la miguelina” de Miguelín; o con la muleta, “la regiomontana” de
Cavazos, y el insultante “salto de la rana” de El Cordobés..., poco más.
La explosión no ocurrió
en el ruedo sino fuera. Con él eco que retumbó en el pecho de una sociedad estresada
que se volvió a ver interpretada por el rito trágico. Cultura - contracultura,
idolatría – iconoclasia, revolución - contrarrevolución.
Prendió la mecha un
marginal desgreñado, arrojado, aguantado, que sobrador, atentando contra el
“buen gusto”, desafiando el canon, burlando lo reverente se mostraba multiplicador
de los panes. Había que verlo. Había que asustarse con sus largos parones, dejarse
llevar por su ligazón natural, ovacionar su desparpajo, reír o maldecir con sus
dislates, aplaudir sus estoconazos, echárselo a hombros, y contar que habíamos
estado allí, que era verdad lo que decían de él, y más. Y había que ver también
la respuesta de su contraparte, y a la siguiente tarde volver, hacer más lleno
y apostar más a la ilusión del triunfo de lo que nunca triunfa.
No es que aquello fuera
más tremendo que Litri y Pedrés, ni más prolijo que Luis Miguel y los Girón, ni
mucho menos más armónico que Aparicio y Ordóñez. Era el encuentro con el desencontrado
sentir de la época. Era la nada de Sartre, el extranjero de Camus, Pollock
voleando pintura, Ginsberg aullando en rima, Le Corbusier brutalizando, El Ché
muriendo, Chuck Berry dándole a la guitarra y bailando a pata de ganso… Era eso,
el espíritu del tiempo hecho carne, el “Zetgeist” en traje de luces. Era
otra vez el estrafalario Alonso Quijano parodiando a Lancelot. No lo sabíamos,
claro. Apenas intuíamos algo así, desde allá del fondo evolutivo del hipotálamo.
De ahí salía la
emoción, el frenesí. Con un toro, que vaya usted a saber si era toro. Y a quién
le importaba, si era el mismo que toreaban sus rivales defensores del santo
grial, del “toreo eterno”. De ahí venía esa vehemencia que, según los viejos
solo habían causado antes el hieratismo de Manolete, el dramatismo de Belmonte
o la excelsitud de Joselito…, en sus mejores días.
Allá en la base del
cráneo, donde llega el metalenguaje del arte, que dice más de lo que dice. Que cada
cual traduce a su momento, no con la razón sino con el instinto, el deseo, la
frustración o la satisfacción. Allá llegaba. Hoy, a la distancia, sedimentados
los recuerdos, el toreo teatro de la vida y la muerte, sigue ahí. Como antes, exorcizando,
lidiando lo exorable y lo inexorable, lo confesable y lo inconfesable, la postura
y la impostura.
Como las proezas
goyescas de Ceballos, Martincho, Falces… El Viti, pinchando una faena histórica,
cinco veces a recibir sin aliviarse. Camino total encerrado con seis toros. Puerta
sangrando, Manuel desafiando todo y a todos... Gestas personales que como
tantas otras de entonces amenazaron totalidad y perennidad, pero irrepetibles
se diluyeron en pobres imitaciones.
También el toreo salió de
la encrucijada histórica de los sesenta con revuelta y sin revolución. La
trascendencia de la época queda solo en la bella autenticidad de sus múltiples héroes,
en la concurrencia conmovedora de sus hazañas. Es quizá lo único que hizo único
y digno de leyenda y nostalgia ese periodo sin par.