VIÑETA 626
Aquellos
sesenta… (XXVII)
Jorge Arturo
Díaz Reyes, Cali 31 VIII 2026
El toro de Osborne, emblema de los 60 ¿Esos años cambiaron la fiesta? Sí, la cambiaron, como cambiaron toda la
cultura. En todo, y aunque no del todo, sí bastante más allá de lo temporal
imperceptible que justifican el: nunca entramos al mismo río, ni a la misma
corrida.
Hoy, a perspectiva, los
sobrevivientes podríamos atestiguar que cambiaron sus significados de: juego,
combate, arte, rito, espectáculo, negocio… Pero no lo suficiente cada uno para perdurar
como “revolución”. Así lo hayan prometido los alborotos del momento y así hayan
dado pie para metáforas hiperbólicas.
No cambiaron tanto el toro, el
toreo, el torero, la técnica, la estética, el público, la afición, la crítica,
la publicidad, el empresariado, las plazas ni la percepción general de la
fiesta. Pero labraron algunas marcas hondas.
Comenzando por el toro, lo
esencial. ¿Qué tanto cambió? En las plazas enfiestadas, nuestra generación y la
inmensa mayoría de los mayores no lo acusamos en principio. Pero la minoría de
la afición curtida y la crítica, que la había, sí. Lo hizo ahondando su
exigencia sobre aspectos fundamentales.
La Edad fue lo primero. Que el toro
fuese adulto. Si no a los cinco, de la preguerra, sí al menos a los cuatro
reglamentados desde la posguerra. Y ya que el examen dental post mortem (no absolutamente fiable), hasta
entonces era el único asidero para probar esa madurez mínima. La palabra del
ganadero y la subjetiva impresión inicial en el ruedo, que la indicaban por
aproximación; el desarrollo morfológico, volumen, peso, armas, pitones, actitud,
cuajo, trapío. Eran los únicos argumentos.
Se juzgaba con solo la presunción
de buena fe, el golpe de vista, la intuición y el instinto. Condicionados además
por la experiencia o inexperiencia del observador, el cartel: “Seis hermosos
y bravos toros seis”, las noticias previas, por la publicidad disfrazada de
noticia y por el runrún.
Comprábamos la boleta y
entrábamos al tendido ayunos en este aspecto y en otros, y salíamos peor.
Posiblemente aclamamos y aún recordamos indeleblemente algunos bravos utreros y
hasta erales adelantados, lidiados y muertos con clamor por las figuras. Pero con
nosotros iban creciendo prevenciones, dudas y evidencias.
Cómo evitarlas, si, poco a poco nos
contagiábamos también de que probar la edad reglamentaria era una ruidosa exigencia
desde mucho antes. Por ejemplo: “Adolfo Bollaín en su perorata “Hoy se torea
peor que nunca” 1945-48 gritaba: “Los becerros que hoy se lidian son poco
mayores que los que se torean en los festivales jocosos”. Y Corrochano en
1953 (ABC): “El que no tenga toros, que no lidie corridas de toros. Al que
le de miedo de los toros que no sea torero”. ¿Acaso éramos tontos?
Pero lo cierto es que tampoco nunca
hubo antes edad certificada. Sin esa constancia se levantó la leyenda general
de la fiesta. Y las particulares de; los cincuenta de Ordóñez; los cuarenta de
Manolete; los plateados treinta y veinte de todos sus mártires; los dorados diez
de Joselito, Belmonte y Gaona, y de ahí para atrás. Nunca se requirió datación
pública. Todo quedaba confiado al buen ojo del parroquiano contribuyente.
Y aunque en tal tradición nos
bautizamos, a medida que avanzaba la década entrábamos al reclamo. Al final, en
1969, ya éramos mayores y aplaudimos la imposición legal en España y el resto, del
“Libro de registro de las ganaderías”, el herraje del guarismo en la paletilla,
y el anuncio en las tablillas de la fecha de nacimiento.
Así la primera camada de
cuatreños certificados apenas corriera en 1973. Podemos decir ahora que la norma
es legado de aquella época y vino a significar un cambio trascendente para el
toro de lidia y la dignidad del culto. Otra cosa es que en cada ocasión y sitio
se respete. Pues bien dicen desde tiempos ha: hecha la ley hecha la trampa.
La integridad. Desde la grada, excepto en
casos descarados de desmoche, la adulteración de las astas no era ni es fácil
de ser afirmada por el aficionado curtido, y menos por el joven, incipiente y
emotivo. La técnica es tan redomada que pasa las aprobaciones previas, y solo
el examen veterinario microscópico, a posteriori en las autopsias puede
asegurarlo.
Como en el caso de la edad, a lo
más la mirada lejana, en movimiento, podría si acaso presumirlo. Mas, para la
mayoría, nunca tanto como para renunciar a una faena pinturera, infamar al ídolo,
ni malgastar el precio de la entrada incordiando la tarde. El “aquí vinimos a
divertirnos”, primaba.
Pero el afeitado y otras
corrupciones que atacan la integridad del toro y pervierten la fiesta, que venían
siendo execrados desde antes por la crítica. Y fueron denunciados públicamente
en la radio, por una figura del toreo como Antonio Bienvenida, en 1952. Primera
vez. Causó gran revuelo, desatando acciones judiciales y coincidiendo
cronológicamente (cronológicamente digo) con el retiro de toreros punteros
como: Luis Miguel, Arruza y Manolo González entre otros.
Pasados diez años y llegados
nosotros pelafustanes a la piedra, el escándalo había amainado. Entonces, con
el boom de corridas, volvió a recrudecer promediando los sesenta. En las
gargantas del siete de Las Ventas, y en filudas plumas como las. de Zabala
Portolés, Navalón y Díaz Cañabate.
Denuncias serias, incluso con
nombres propios, de apoderados famosos y sus cuernocuristas de planta. Trascendiendo
internacionalmente y reactivando la respuesta gubernamental…, a según el país. Que
luego las décadas siguientes atenuaran de nuevo la cosa, convirtiéndola en un
cambio impreciso, en una ventolera, ya no es culpa de aquellos sesenta.
La casta. El toro preferido por las
figuras de la época, el que más iba con su talante fue: Para Paco Camino el del
tronco Santa Coloma. Para El Cordobés el Vega-Villar y Carlos Núñez. Para
Puerta, el Juan Pedro Domecq y el Murube. Para El Viti, el Atanasio Fernández.
Eran por tanto los viejos encastes que más se lidiaban y se han seguido
lidiando por los que los pueden escoger.
En la ganadería americana; Colombia,
por ejemplo, fue una década de amplio predominio Santa Coloma. Con su bravura,
movilidad, fondo, “ir a más”, exigencia, moderado tamaño y proporcionado armamento.
México ya había optado desde principios del siglo XX por una de sus raíces distintivas,
el Saltillo. Todo lo cual coincidió con el largo pontificado caminista en estos
lares.
Mas, como antes, como después,
como siempre, los hierros fieros, duros y de prontuario necrológico los lidiaron
casi siempre los modestos. E igual que ahora y desde la “revolución belmontina”,
que dramatizó y alargó la faena: la mayoría de los ganaderos presionados por el
mercado continuaron dedicados a seleccionar “nobleza” (toreabilidad) a costa de
caracteres más fieros y propios de la especie. Desnaturalización.
En resumen, el qué, por encima
del herraje del guarismo para probar la edad, conseguido en aquellos años; por encima
de las cruzadas contra el afeitado y otras perrerías; por encima de la oposición
a la cría preferente de la docilidad, que muchas cosas continuaran luego el
rumbo que traían, dice que los cambios en el toro no resultaron siendo precisamente
una revolución…
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