VIÑETA 624
Minuto y
medio…
Jorge Arturo
Díaz Reyes, Cali 17 VIII 2026
Rescate de un bebé entre los escombros, Cali.
Fotograma TV
El lunes pasado, a dos horas de haber enviado mi anterior viñeta, la tierra
tembló. Permanecía en la biblioteca del segundo piso de mi casa, trabajando,
descalzo, sin camisa, con solo una pantaloneta. La noche y la madrugada habían
sido calurosas.
Al principio la silla se meció suavemente sobre sus rodachinas. Los gritos
de mi mujer alertaban pidiendo que saliéramos —Calma, calma, ya pasará —le dije
seguro, tratando de serenarla. Los temblores leves aquí no son raros.
—¡No! Salgamos, salgamos ya —me ordenó angustiada, mientras echaba mano del
celular, arrancaba el cargador del enchufe y corría gradas abajo.
Sonreí. Pero a través de las persianas en vaivén, vi que la copa del árbol
frente a la ventana se sacudía como azotada por el viento. Los pájaros de aquella
y de otras ramazones, volaban trinando en desbandada. Dante, mi perro, ladraba
nervioso y corría de un lado a otro, como queriendo avisar, quizá sí. Los
vecinos salían a la calle confundidos, mirando en diferentes direcciones.
Algunos con prendas leves y pijamas, una señora tenía colocado el sostén al
revés sobre la blusa. El vigilante había disparado la sirena de alarma y más
allá otras ululaban. El clamor, los chillidos, los ladridos, las invocaciones,
el ruido sordo de la tierra y las cosas aturdían.
El trepidar in crescendo de todo se hacía frenético, caían libros, cuadros,
portarretratos, botellas, la casa estremecida, como sacudida por las manos de
un gigante loco, crujía. También los vidrios, los estantes. Los muebles
patinaban como sobre la cubierta de un barco en la tormenta.
Me incorporé y corrí por un pantalón que me puse tratando de mantener el
equilibrio. Abroché un canguro el cual mantengo a mano con cosas esenciales
para mis paseos matinales con Dante. Agarré de carrera una camiseta del
perchero y me la fui poniendo con gran dificultad mientras rebotaba entre la
pared y el pasamanos.
En la puerta exterior, Imaginé que el balcón y el tejado se nos venían
encima. Gritábamos a nuestra hija que saliera, y ella, con uno de sus gatos,
“Lulo”, bajo el brazo se internó hacia el patio trasero buscando al otro y
diciendo: Sin “Tutú” no me voy. —No pudimos detenerla. Cuando ganamos la calle,
buscando alejarnos de las zarandeadas edificaciones y las cuerdas primarias de
la electricidad, el pavimento ondeaba, los postes bailaban y el tendido de
cables culebreaba.
Una señora negra y gruesa que pasaba, no conocida, no vecina, se arrodilló
con los brazos en cruz orando y suplicando a gritos. Los mangos maduros de en
frente caían como aguacero, la calle se cubrió con ellos. La implorante, se
levantó de repente, sacó de su bolso una talega plástica y comenzó a llenarla
de fruta sin dejar de rezar.
Levanté la vista hacia el edificio de doce pisos, una cuadra tras de mi
casa, donde habita mi nieto con sus padres en el noveno, y lo vi surfear como
barco en lontananza. Sentí miedo por él, por todos y esperé lo peor. Arriba, a
la izquierda, sobre las estribaciones de la cordillera occidental, las altas
torres de apartamentos parecían querer venirse con ellos en avalancha. El caos
y la sensación de acto final eran generales.
De pronto, tras un eterno minuto y medio, todo se fue calmando, calmado,
como por encanto. Y unos con pavor, otros con risa comenzamos a mirarnos las
caras, a darnos cuenta de que habíamos sobrevivido y a preguntarnos por los que
no veíamos. Los acabados de las fachadas y tejas de algunas casas se habían
desprendido sobre los antejardines. Revisamos la nuestra estaba milagrosamente
intacta.
Tratamos de llamar por teléfono a los parientes y amigos. No había
comunicación. Tampoco Internet. Entramos aun inseguros. “Tutú” que se había
escondido no supimos dónde, apareció como si no hubiese pasado nada. Tampoco
había energía ni agua. La puerta del garaje no funcionaba. Ruby volvió a salir
apresurada con Mar hacia la avenida 52, en busca de transporte para ir a
comprobar el estado de su madre. Luego me enteré de que lo halló pronto, un
viejo y amable taxista que huía la llevó y la trajo. Mi suegra estaba bien,
solo aterrorizada.
Me vestí, busqué mi pequeño radio inalámbrico, ya nadie los usa, yo, solo
en las transmisiones de las corridas, y mientras escuchaba los primeros
informes de intensidad y extensión del terremoto, me dirigí con Dante a buscar
mis familiares más cercanos: hijo mayor, nuera y nieto.
Ansioso recorrí el callejón, crucé la avenida, doblé la esquina. Fuera, la
multitud evacuada hablaba simultáneamente, miraba y señalaba los pisos
superiores. Pregunté por los míos al portero quien me informó que el citófono y
los ascensores no funcionaban, y me pidió no entrar, sugiriendo que buscara
entre la gente agolpada en la ancha zona verde. Lo hice sin encontrarlos. Por
lo menos el edificio está en pie, me dije, sin dejar de pensar en los otros.
De regreso, los hallé fuera de mi casa. También me buscaban. Nos abrazamos
—¿Te dio susto? —pregunté a mi nieto. —No, igual se muere uno ahora que
después, pero mi mamá se disgustó porque no me asusté —se quejó extrañado.
Nos fuimos casa tras casa de familiares. Salvo pérdidas materiales,
desalojos y conmoción, se habían salvado. De regreso a la mía, mucho desorden.
Marcos y cristales rotos, caros recuerdos por el suelo… En el bar del fondo,
caídos y maltrechos, los carteles de Manolete en Linares 1947…, de Paquirri en
Pozoblanco 1982…, de Pepe Cáceres en Sogamoso 1985…, El dedicado de Rincón en
el Puerto de Santa María 1992… Recogiéndolos uno por uno y apilándolos contra
la pared, recordé la frase de Antonio Caballero: “No hay gloria más gloriosa
que la de un torero”.
Por los audífonos me llegaban las noticias:
devastación de una gran zona del país; Chocó, Caldas, Risaralda,
Quindío, Valle del Cauca…, muertos…, desaparecidos…, solidaridad masiva,
inmediata, espontánea, desesperada, escarbando escombros con uñas, baldes,
palas…, dolor, lágrimas…, un bebé rescatado vivo bajo el cadáver de la mujer
que lo había protegido con su cuerpo hasta el último aliento…, y claro, como en
toda catástrofe, también algunos alardes de impiedad, oportunismo y grotesca
vanagloria…
Subí a donde estaba cuando todo empezó. Comencé a recoger libros, levanté
los “Ensayos de Montaigne”, y en ellos con el marcador aun entre las páginas de
su “Apología de Raimundo Sabunde”, releí el clásico y amargo párrafo de hace
450 años:
“¿Quién ha convencido al hombre de que este formidable movimiento de las
bóvedas celestes, la luz eterna de esas antorchas que giran con tanta fuerza
sobre su cabeza, las espantosas sacudidas de ese mar infinito, han sido
establecidos y permanecen durante tantos siglos para su conveniencia y
servicio? ¿Es posible imaginar algo más ridículo que esta insignificante
criatura, que no es dueña ni de sí misma, expuesta a los ataques de todas las
cosas, se diga dueña y soberana…?”
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