VIÑETA 621
Aquellos
sesenta… (XXIII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 27 VII 2026
Contando
años, estamos hoy tan lejos de aquella década como esa lo estaba de la inicial
del siglo pasado. La misma distancia.
¿Pero
lo sigue siendo al medirla no con la escala del almanaque sino de los hechos,
la cultura, la ciencia, la sociedad, las costumbres, las modas? ¿Resultan así
calculadas tan equidistantes las tres épocas? El tiempo es una convención
relativa, lo supimos pasada la primera, (Einstein 1915).
Hasta
poco antes de la teoría, entre 1900 y 1910, cuando aún el tiempo y el espacio
eran absolutos, la historia corría más lenta y el imperio español se liquidaba;
Fuentes, Bombita y Machaquito marcaron la década oficiando la tauromaquia
propia del siglo XVIII. La que setenta años antes, en la Escuela de Sevilla
Pedro Romero había transmitido a Desperdicios, Cúchares, Paquiro
(reglamentador)... Se lidiaban broncos miuras, veraguas, Pablorromeros, aleas…,
en plazas que no anunciaban peso ni edad. No tenían estribo en las barreras,
burladeros, peto, cruceta, ni ayudado. Las enfermerías, donde las había, eran
rudimentarias y la anestesia, cirugía, medicina en general incipientes. Poco
más que un consuelo. Ni se sospechaban los antibióticos. El promedio mundial de
vida era de 32 años. La muerte era más fácil.
Baste
repasar a esa fecha el grueso martirologio de la fiesta, modestos aparte: José
Cándido Expósito, los hermanos Romero: Gaspar y Antonio; Pepe Hillo, Curro
Guillén, los tres “Pepete”: José Dámaso, José Rodríguez y José Claro; los
hermanos Fabrilo: Julio y Paco; José Gaviño, El Espartero, Dominguín…
En
la mitad calendaria, 1960 a 1970, surgieron y marcaron el paso: Puerta, Camino,
El Viti, El Cordobés. Con sus versiones personales de la tauromaquia
descubierta por Belmonte, y sofisticada al compás del tiempo por Chicuelo,
Manolete, Domingo Ortega, Ordóñez… Lidiando los hierros de tradición, más los
Murube, Santa Coloma, Parladé y los Domecq que ya instalaban predominio.
Con
obligatoriedad reglamentaria de anunciar peso y edad. En plazas con estribo,
burladeros, cruceta, peto, ayudado, enfermerías a ley (no en todas partes). La
anestesia, cirugía y medicina en general habían avanzado mucho. Se disponía de
antibióticos diversos, conocimientos, destrezas, ayudas diagnósticas y
terapéuticas insospechadas. El promedio mundial de vida subió a 53 años.
No
ante el toro, pese a todo, como hicieron ver las muertes gloriosas acaecidas en
el intervalo: Joselito, Granero, Litri, Sánchez Mejías, Gitanillo de Triana,
Carmelo Pérez, Balderas, Carnicerito de México, Manolete...
Luego
la velocidad se hizo vertiginosa. Pasaban más cosas en un año que las
acontecidas en milenios anteriores. Salimos al espacio y entramos más allá del
átomo. Proliferamos, nos ultra comunicamos, atosigamos la atmósfera, cambiamos
el clima, hicimos artificial no solo la inteligencia sino la realidad, la
verdad, y justificamos cualquier cosa. Legado y secuela.
Ahora,
del 2020 al 2026 rigen: Roca Rey (peruano) entre lo sutil y lo tremendo,
acompañado por Morante quien prolonga su vigencia (vintage) de tres
décadas, y por quizá Ortega con su episódica sublimidad. Imponen su
variedad de estilos aprobada por la posmoderna demanda, y pulida por sus
predecesores; Capea, Espartaco, Ponce, El Juli…, uno tras otro en el altar.
Torean
casi exclusivamente sangre Domecq, casi porque las otras se reservan para los
gestos que demandan las particularidades del mercado y el resto para los menos remilgados.
A los ruedos de pro, el toro sale más grande, pesado, adulto y en todas partes genéticamente
menos fiero. Las enfermerías están superdotadas y con disponibilidad de
traslado inmediato. La técnica médico-quirúrgica desborda la ciencia ficción.
La muerte se hizo antinatural, injustificada, imperdonable. Promedio mundial de
vida 74 años.
Y
aunque a tenor de los tiempos que corren las cosas han seguido empujadas a
favor de la sustitución del riesgo por su representación, las cogidas mortales
de los connotados en el sexagenio: José Mata, Antonio Bienvenida, Joaquín
Camino, José Falcón, Paquirri, El Yiyo, Pepe Cáceres, Víctor Barrio, Iván
Fandiño, El Pana…, siguen atestiguando que la corrida no ha perdido su trágico dogma
sacrificial.
En
los medios de este ruedo de 120 años, quizá más allá, quizá más acá,
dependiendo de quién y con qué mida, quedaron aquellos sesenta. Para quienes
los vivimos, permanecen como un deslumbramiento, como una inflexión biográfica.
Y si en la plaza los sobrevivientes de aquello nos miramos y oímos tan
mutuamente distintos e idénticos con los de hoy, como entonces nos mirábamos y
oíamos con los sobrevivientes del 1900, es porque siempre fue así. Cuando concurren
el toro, el hombre y el toreo surgen el misterio y la intuición común de
divinidad. Cambian los tiempos, cambian las formas, la esencia no. Está
escrito.
En
1908, José de la Loma “Don Modesto” lo hizo de Bombita: “Tu es
Petrus”, dijo Jesucristo a su primer discípulo. “Tu es Bombitus”, dijo ayer la
afición al proclamar sumo pontífice del toreo a Ricardo Torres. La silla de
Montes (Paquiro), vacante desde 1899, cuando el Papa Guerrita abandonó la
jefatura de la tauromaquia, fue ocupada ayer... Ya tenemos Papa…, cada uno de
sus naturales fue una encíclica.”
El
20 de mayo de 1964 Gonzalo Carvajal notarió a El Cordobés: “Sevilla lo
consagró como genio del toreo, como un nuevo Belmonte, porque Huracán Benítez
en sus dos toros (tercero, “Mariscal”, número 75 y sexto, “Bancalero”, número
74) (a los que cortó cuatro orejas y un rabo), fue, y lo digo sin
empacho el torero con cuya existencia soñó el Pasmo de Triana.” Y él
apostilló cincuenta y seis años después: "Dios tocó a algunos toreros
con la varita, pero a mí me cogió en brazos…, yo fui el Papa del toreo."
Y
el pasado 16 de abril del 2026, Antonio Lorca publicó en El País: “Morante,
dios del toreo. El torero sevillano perdió los máximos trofeos al pinchar una
explosión de improvisada genialidad ante una Maestranza enloquecida… Si
tuvieron la fortuna de ver la corrida, quédense con lo vivido, con esa
misteriosa conmoción colectiva que se apoderó de La Maestranza de la mano de un
genio llamado Morante de la Puebla.”
Sí,
la tauromaquia es una religión, quizá la más vieja, y en ella los feligreses podemos
cambiar el hábito, el gusto, la época, el modo, pero no el dogma.
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