VIÑETA 620
Aquellos sesenta… (XXII)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 21 VII
2026
Andrés Hernando y El Cordobés a hombros en las Ventas, Beneficencia 1964.
Foto: El Adelantado Entre las muchas
escenas que persisten de aquellos años, una más que otras. Ocurrió en Cali, el
26 de diciembre de 1965, en los instantes finales de la primera corrida de la
feria.
Entonces
comenzaban más temprano y al terminar, el sol aun pegaba de frente, contra el
tendido y su porción de ruedo. Me veo entre el gentío, contemplándola desde una
fila alta, no recuerdo cual, ni en compañía de quien. Tampoco algunos detalles
que hoy agrego, recuperados de archivos. La memoria visual pura, enfoca sobre
lo que sucedió en ese pedazo de arena soleada durante aquel epílogo tenaz. Casi
todo lo demás es bibliografía.
La feria empezaba
muy envalentonada pues recientemente y por primera vez un equipo de la ciudad
(el Deportivo Cali), había ganado el campeonato nacional de fútbol, qué a
diferencia de este siglo, solo era uno al año. Vanidad y fanfarronería que a
gritos y vivas se manifestaba por todas partes. Aún en la plaza
incongruentemente, con réplicas airadas de los litúrgicos taurinos y los
inconsolables hinchas rivales.
El cartel había
sido premeditado como para garantizar un inicio exitoso y taquillero. Lo
integraban tres toreros respaldados por prestigio y vigencia. Dos figuras y un
debutante:
El venezolano Curro
Girón, quien regresaba seis años después de haber obtenido un triunfo jamás
igualado en esta plaza; cuatro orejas y dos rabos con toros de Achury Viejo
(Conde de la Corte), refrendado con otra puerta grande a los ocho días, y el
trofeo de la feria. Ausencia larga e inexplicable, durante la cual había
encabezado por dos años (59 y 61) el escalafón en España. Su toreo festivo
calzaba perfecto con el talante de la afición local, además, casado con la
caleña Marlene Lozano se le consideraba propio.
Le secundaba Paco
Camino, ídolo caprichoso y consuetudinario de la feria, en cuyos anales
había dejado inscrita la mítica faena de “Sangreazul” dos años antes, y
que encabezaba las estadísticas de la temporada mundial después de su
antagonista El Cordobés.
La novedad era
el debutante Andrés Hernando. Segoviano de veintisiete años con fama de
toreo seco, valeroso y a tiro de pitón. En su aval del año anterior, lucían la
Puerta grande de Madrid junto a El Cordobés en la Corrida de Beneficencia, y el
trofeo de la Feria de San Ignacio en Linares, conquistado cortando las dos
orejas y el rabo de un Miura en el aniversario de Manolete. Tenía toreadas 50
corridas ese año y ocupado el octavo puesto de las estadísticas. “Un
relumbrón en la oscuridad”, había escrito de él Díaz Cañabate.
Los toros de Vistahermosa,
ganadería bogotana de casta Santa Coloma (2.700 metros de altura), salieron
pequeños, cornicortos, peleones con los caballos, malgeniados en la muleta, negados
a regalarse. Hicieron la tarde dura.
Con ellos, Girón
lució en banderillas, varió y mató bien, dando una vuelta entrañable. Ya en
punto de cerrar la corrida, solo Camino y su joven sabiduría habían logrado
cortar una oreja del segundo, mientras el tercero, Hernando, nuevo en la plaza,
se había ido en blanco con el de su presentación y ahora se jugaba entero
contra el más avisado de todos, el sexto, ante la silenciosa comprensión de
unos y la ruidosa incomprensión de otros.
Lo tengo
presente, lo veo muy bien, como si fuera hoy. Verde manzana y oro, corta
estatura, ancho tórax, ojos y pelo claros, frente muy amplia, tez blanca
sudorosa y congestionada. Ofreciéndose a cambio de arranconazos, tratando de conducir,
de ligar suertes, larga y sufridamente, indiferente al ruido, absorto en la brega.
De pronto, en el vaciado de un natural el vistahermosa revolvió, lo prendió por
la entrepierna, lo izó, lo zarandeó como muñeco, lo tiró a la arena y lo
asaeteó en ella, antes de que los tardíos y desesperados capotes le quitaran.
Lo levantaron,
desastrado y sangrante. Querían llevárselo, era imperativo. Protestó y rechazó
brazos. Arrancó la muleta y la espada de manos del peón, echó a todos, y volvió
a la cara del toro. Obstinado, lo pasó una y otra vez, en medio de las ahora sí
ovaciones solidarias, que incluían a los ha poco intolerantes. No había sonado
la música. Sin esperanza de triunfo, la igualada fue angustiosa. El animal
emboscado, miraba y buscaba. Él, esperando con el puño del estoque frente a sus
ojos, agitando por abajo el trapo, las piernas abiertas y el chorro de sangre
haciendo un charco que brillaba por el sol entre sus pies. Esa es la imagen.
Ya era
estudiante de medicina, pero la crudeza del drama me impidió razonar como tal;
en la ubicación de la cornada, las estructuras posiblemente lesionadas, la
pérdida sanguínea, los traumas asociados, el shock, la posibilidad de muerte,
la secuencia de procedimientos obligados para diagnosticar el daño…, para
contener la hemorragia, asegurar la vida y reparar los destrozos.
El torero por lo
visto mucho menos. Su expresión serena, concentrada, estoica, mostraba que ahí lo
único importante en el mundo era oficiar a cabalidad la estocada. Pasaba el
tiempo, una eternidad. Al fin, marcando los pasos del volapié, se tiró derecho,
clavó la espada en la cruz, y cayeron los dos. Mientras apuntillaban el toro,
cargaron y corrieron con el herido en busca de los médicos, qué al otro lado
del ruedo, apresurados abandonaban su palco hacia la sala de cirugía. A donde luego
enviaron las dos orejas.
Sin imaginar lo que
allí pasaba, lo que conmovía era que bien hubiese podido dejarse llevar cuando
lo levantaron corneado (“Pronóstico grave”, consignaron las crónicas del día). Nadie
se lo hubiese reclamado. Además, estaba en una plaza americana, ni siquiera la
más importante del país, donde el sacrificio no tendría la repercusión que en
efecto no tuvo… Nunca volvió a torear en ella.
Treinta y siete
años después, por junio, fuimos a Ávila con Quinito II y Alberto Lopera, para
ver torear a José Miguel Arroyo, quien ya en las postrimerías de su carrera
había esquivado Madrid. Allí, conocí a Andrés Hernando. Invitados por él, su
esposa Sonsoles Aboin abogada, diputada de Madrid, y su hijo menor, novillero
convaleciente de una cornada en el cuello, almorzamos en la “Torre de los Aboin”.
Durante la sobremesa me sentí obligado a repetir mi relato, la terca imagen, mi
admiración duradera...
El viejo torero,
no quiso darle importancia. Como sorprendido por el recuerdo lejano, sus ojos hundidos,
la leve sonrisa y la elevación de los hombros perecieron decir…, —era lo que
tocaba… —No insistí en el asunto y él llevó la conversación a la corrida que
nos esperaba...
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