lunes, 19 de octubre de 2026

AQUELLOS SESENTA... (XXXIV) - VIÑETA 633

 
VIÑETA 633
 
Aquellos sesenta… (XXXIV)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali 19 X 2026
Monumento a Paquirri en el Puerto de Santa María. Foto: Plaza El Puerto de Santa María

En los tardíos sesenta llegó Paquirri. Y aunque solo ascendió al santoral taurino dos décadas después, cuando su carrera ya tenía el sol a las espaldas, en esa corrida fatal, última de su temporada, que no debía torear, en la que se topó con “Avispado”. Y también, aunque sus años gloriosos fueron los setenta, mi más duradera impresión suya fue la primera, en Cañaveralejo el miércoles 27 de diciembre de 1967.
 
Perdon, escribir sobre Paquirri hoy, sin caer en la vana repetición de la repetidera es poco menos que imposible. Su vida y muerte son lugares comunes en la cultura contemporánea. Hasta el más íntimo y agónico detalle. Prensa, libros, crónicas, fotos, pinturas, videos, juglería, folclore, internet, vox populi… Quizá la única forma de no caer en el cotorreo fuera escarbando en lo profundo de los recuerdos personales. Porque, al fin y al cabo, cada cual tiene los suyos, y los capta e interpreta como puede, con lo que lleva dentro. Hasta donde sea capaz claro, pues mantenerlos a resguardo de la generalizadora “opinión pública” tampoco es fácil. De todas maneras, en esto del toreo cada observador o aficionado, percibe su propio toro, su propia faena, su propio torero, su propia corrida, su propia realidad. Igual que cada lector lee sus propios libros, todos tenemos nuestro Quijote, y escuchamos nuestra propia canción.
 
Decían: Berkeley, Hume y Schopenhauer citados por Borges en su “Nueva refutación del tiempo”: las cosas no existen hasta que son percibidas –esse est percipii–. Más, aunque todos tenemos la propia percepción, al final, como especie gregaria la sumamos (algebraicamente) a la del rebaño. Y las asimilaciones, (individuo - sociedad) ocurren porque ocurren. De uno u otro modo, diluidas en el convenio tácito de que las cosas son como son y no como las vemos. Al que se salga de la fila, palo.
 
Tenía entonces, ese Paquirri que yo vi primero, 19 años, yo 22. Tratándose de subjetividades decíamos, hay que ubicar también al sujeto, Era su debut aquí. A ya casi año y medio de su doble intento de alternativa en Barcelona. El primero, frustrado por la cornada del juanpedro antes de que Antonio Bienvenida pudiera cederle los trastos. El segundo, coronado tres semanas después (agosto 11 de 1966), en el mismo ruedo, cuando, ya convalecido, Paco Camino pudo otorgársela con un toro de Urquijo.
 
En esa temporada lidió solo 19 corridas. Pero a finales de la siguiente, cuando vino a Cali, ya confirmado por Madrid, se había trepado a la élite con sesenta y siete contratos. Ocupando el cuarto lugar del escalafón, compartido con Camino. Tras El Cordobés, quién encabezó con 109, Benjumea (88) y Diego Puerta (69).
 
Con solo esos datos, la expectativa por su debut se sustentaba en el porque de tan rápido encumbramiento. Era la pregunta que nos hacíamos quienes llenamos la plaza para esa segunda de feria. La cual, por cierto, fue una corrida incidentada. Sin empezarla, El Viti, cabeza de cartel, anunció que no podría llegar a ella y debió ser sustituido a última hora por Paco Camino, quién, dicho sea de paso, dominaría toda esa feria, y ganaría el trofeo “Señor de los Cristales”. Sin embargo, la empezó esa tarde malogrando con su proverbial espada dos faenas de postín, y recibiendo solo una oreja. El pequeño y arrojado Vásquez II, torero nacido en el después enterrado pueblo de Armero, ligó también el quinto santacolomeño de Vistahermosa, le mató con decoro, recibiendo otra oreja y dando la vuelta con el picador Melanio Murillo y el ganadero Antonio García, pues el bravo encierro la justificaba; sin haber salido aún el sexto, que también lo fue.
 
El joven debutante, Francisco Rivera Pérez, de celeste y oro, pletórico, en forma, apuesto en la versión viril contraria de la andrógina que ya se insinuaba moda, levemente más alto que sus alternantes, había hecho el paseíllo con soltura, luciendo una sonrisa plena que parecía expresar no solo la alegría de quien llega a una fiesta, sino la promesa de que la íbamos a disfrutar todos. Sus ojos claros chispeaban en el rostro moreno y la reacción femenina fue automática. Solo el repetido tic de contraer los hombros acusaba cierta tensión interna —Otro de los buenosmozos que hacen el paseíllo con una oreja en la chaquetilla —Fue lo primero que me vino a la cabeza.
 
Dicho y hecho, abrió la corrida con una clamorosa larga cambiada de rodillas, que sería un sello suyo y que después de muerto la plaza del Puerto de Santa María conserva en bronce tamaño natural. Lanceó imponiendo, para delante, verazmente, pero sin exquisiteces. Banderilleó martilleando con espectacularidad, exposición y precisión. Brindó al público encantado, y su muleta rauda, eficaz, castigadora y abundante de alardes llevó a una estocada de puñetazo que la valió una oreja. En la misma tónica, el que cerró plaza le cogió. Y cómo si nada.
 
Virtudes antañonas: agilidad, fuerza, destreza, facilidad, certeza y esa ruda elementalidad sin aroma ni mistificaciones le daban una superioridad, una sensación de invulnerabilidad, que invertían la ecuación fundamental del toreo: el poderoso, el peligroso, el temido es el toro. Haciéndolo ver menos, haciéndolo ver el débil, por el cual uno tiende a inclinarse. Volvió a nueve ferias, tal fue su éxito. Ganó dos veces el trofeo. Pero confieso ahora, con respeto por eso, por su valerosa gesta vital, por sus seis puertas grandes en Las Ventas, por las cinco del Príncipe en La Maestranza, y sobre todo por su heroica muerte, confieso, repito, que aquella vez no me conmovió. Como conmueven los ritos oficiados con el alma más que con el cuerpo. Como conmueven esos toreros de los cuales, al descubrirlos uno ya no prescinde. Y me sorprendió saberle tan pronto, tan arriba en la categoría contractual, por encima de El Viti y otros más.
 
Aún de día, salimos entre el gentío a los bulliciosos alrededores de la plaza. Reuniendo el contingente de familiares y amigos, avanzando y retrocediendo, saludando, perdiéndonos y buscándonos. Entre charla y charla, risa y risa, bota y bota, cruzamos la congestionada quinta y nos organizamos en doble fila frente a una pequeña mesa en “Tardes Caleñas”. Música, empanadas, charla y camaradería. La corrida había sido brava, se había toreado, pero había en medio del contento general ese agridulce buqué del triunfo torista. Pese al discreto trapío del encierro: que para la época no era mucho de protestar. Como que la casta no había recibido en unos casos el arte posible y en otros tampoco la muerte merecida. La cháchara derivaba entre la corrida y el destino nocturno.
 
Aparte, le pregunté a mi padre, a mi lado, ordoñista fiel, --Qué opinas de Paquirri —Me emocionó, lidiador, valiente y poderoso —contestó firmemente. No me lo esperaba, pero lo que son las cosas, a su torero, al maestro Antonio Ordóñez, ícono de puristas, también. Tanto que años después le entregaría la mano de su hija, le haría padre de sus nietos, y lo pondría a su diestra para alternar con él en la selecta goyesca de Ronda. Seguro el desapercibido era yo.
 
Una coincidencia con otra. Mucho después, el 26 de septiembre de 1984, estábamos en el hotel Hilton de Cartagena por el congreso colombiano de cirujanos plásticos. Y mi padre, que no era cirujano, pero sí amigo de mis amigos, gustaba de acompañarme, vino apresurado a mi habitación en el receso del almuerzo con el pequeño radio en las manos —¡Un toro acaba de matar a Paquirri en España! —No podía creerlo, —era el último torero que yo pensara pudiese matar un toro —le dije. Menos de tres años después, mi padre también murió inesperadamente, a los 63 años, no puede hacer nada por él.

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