Vi a Dámaso
por primera vez, la tarde de su debut en América, (29 de diciembre de 1969, Cali).
Seis meses antes de que Madrid lo recibiera como matador de toros y lo confirmara.
Pero no mucho después de que la revista El Ruedo nos trajese noticias de sus hazañas
novilleriles recientes. 19 de marzo
en Barcelona, cuatro orejas y rabo. 8 de junio en Las Ventas, a hombros sin
haber cortado oreja. 15 de junio en La Maestranza, tres orejas. 21 de junio, encerrona
en la Monumental de Valencia; siete orejas y rabo, tres días antes de que Miguelín
y Paquirri le cedieran en Alicante el toro “Gañafote” de su alternativa y
terminara herido la corrida. Escéptico
ante las rimbombantes reseñas le vi. Sin sospechar siquiera lo que nos traerían
los años. Cruzaba yo también un momento personal determinante. Finalizaba la década,
por primera vez abonado en propiedad a dos en aquel tiempo “imposibles” barreras
de sol en el tendido 3. Ya no me tomaba por lo que se dice un aficionado
incipiente. Me daba ciertos aires. Cumplía el año de internado, último de la carrera,
en el desaparecido hospital San Antonio de Tuluá, 100 kilómetros al norte de
Cañaveralejo. Quería ser cirujano. En mi transcurrir
por hospitales, había asistido a muchas tragedias, muertes y sufrimientos. También
a muchas corridas. Había visto torear prácticamente a todas las figuras de la
época, y algunas de la generación anterior, la de los cincuenta. Esas
experiencias, pasadas y repasadas a través de los años en largas conversaciones
con mayores, lecturas y películas, podría decirse que habían sacado hacía rato mi
afición de la adolescencia. O, mejor dicho, había perdido la inocencia para
siempre. Iniciaba
esa edad en la que no se quiere aceptar nada diferente a lo que se cree perfecto.
Esa edad que mi sabio amigo Toño Almanza llama “la travesía del desierto”. Por
la que más o menos pasamos todos los aficionados, y en la que algunos, como las
vacunas calaveras peladas de las películas del lejano oeste, se quedan tirados para
siempre. Además, como
cualquier colombiano estaba tocado de una u otra manera por la atroz guerra
interna, no declarada, que nuestro país vivía sin pausa desde hacía veintiún años.
No era fácil entonces que me conmocionara, como de niño, con inminencias reales
o tremendismos, en la plaza o fuera de ella. Estaba curtido en el estrés. Sin
embargo, me pasó en aquella tarde llena, soleada y caliente de Cañaveralejo. Cuando
Dámaso y yo, cada uno en su particular circunstancia, coincidimos por primera
vez en la plaza. De pronto le vi allí parado en la puerta de cuadrillas, de
humilde caña y oro (creo recordar). No era de los que le cuadraba el traje de
luces. Montera en mano, pequeño, esmirriado, poca cosa, con la palidez del
invierno español, desentonando entre el natural garbo de Paco Camino, y el atildamiento
del aún apuesto Joselillo de Colombia (ídolo local). Pese a
sus antecedentes recientes, la multitud que en mayoría los ignoraba no se había
congregado precisamente por él. Tercero en jerarquía, y aunque novedad, no era
tampoco, ni mucho menos una de las atracciones en los carteles de la feria. Los
cuales anunciaban para las ocho corridas, fuera de los tres que teníamos a la
vista en esta ya cuarta de abono, a don Ángel Peralta y su hermano Rafael, José
Fuentes, Paquirri, Ángel Teruel, Manolo Martínez, Miguel Márquez, Vásquez II,
El Chano, Pedro Domingo y Curro Vásquez, también debutante. Antes de
caminar tras los alguacilillos miró como sorprendido a lo alto de los bulliciosos
tendidos. Le seguía su hermano Julio como una copia fiel. Su cráneo ligeramente
dólico, peinado con carrera por la izquierda, largas patillas, frente adelantada,
pobladas cejas que ensombrecían y hundían sus pequeños y juntos ojos, encima de
una nariz aguileña, le daban un aspecto más bien melancólico. Avanzaba con
cortos y rápidos pasos como tratando de no desalinearse con los otros. La
antítesis del tronío. Quién se iba a fijar en él, a no ser por su contraste desangelado.
--Aunque algo debía tener, así las noticias no fuesen ciertas, pues lo traía Pepe
Camará el mismo apoderado que fue de Manolete desde novillero hasta su gloriosa
muerte –Me decía. De
entrada, el primer fuentelapeña le
pegó una cornada fuerte a Joselillo cuando sus primeros lances habían alborotado
el paisanaje. Se lo llevaron a la enfermería, para no regresar. Quedando la
cosa en un imprevisto mano a mano entre la máxima figura y el extraño debutante.
Camino, con su docta facilidad lució y estoqueó al heridor, cortándole una
oreja. Que luego sumó a otra de uno de los de su sorteo, asegurando el triunfo,
más no la puerta grande que aquí requiere al menos dos en la misma faena. Era
lo menos que se esperaba de él. Corrieron
turnos en consecuencia, y el tercero lo echaron segundo. Quizá novillo –refunfuñé--
pero alto, abanto, remató en tablas. Julio le paró y Dámaso se adelantó hacia
él ofreciéndole la capa. Las verónicas fueron intercaladas con chicuelinas más
bien raudas, de mano alta y sin pretensiones diferentes a las de hacerse al
toro y cumplir el tercio. El público las coreó más por costumbre que por
emoción. Tras varas
y banderillas de cuyas ejecuciones no puedo acordarme, y el brindis
protocolario a la plaza. Despacio, engarzando la punta del ayudado en la
franela se aproximó al animal, y sin dejar de mirarlo, se le puso por la cara, frente
con frente, tal era la proporción de tamaños. Y allí se quedó toda la faena. En
los terrenos del toro. Quieto, aguantado, con la cabeza hundida entre los
hombros. Dejando su integridad solo confiada al mando del trapo. Parando y
obligando pallá y pacá, con una tozudez desacostumbrada en esos años, muy
anteriores a la llegada de Ojeda. Cierto, la
mano alta o a media altura en los embroques y algunos vaciados, pero con la tela
planchada, intacta, y el bulto siempre a disposición de los pitones. Estóico, sin
quitarse, sin posar. A verdad desnuda, larga e increíblemente. Sudoroso, el
cuello desabotonado, la corbata torcida en el fragor. Metido entre las puntas, oscilando
la muleta tras el cuerpo por uno y otro lado, mirando a las filas de arriba,
con la boca entreabierta y el gesto ausente, abandonado, dejando pasar los
segundos que se hacían minutos, como en vocación de martirio. A contra del
canon estético en boga. Pero embellecida patéticamente y engrandecida su triste
figura, hecha ofrenda propiciatoria. La vieja razón del rito. Ofició
así, como iluminado cura pobre sus tres faenas y salió a hombros con tres
orejas. Para regresar a los cuatro días, “corrida del toro”, ya en el año
siguiente (1970) y repetir el triunfo indultando a “Golpeado” de Las
Mercedes. Volvió a nueve ferias, en las que cortó 28 orejas, indultó dos toros,
y ganó el trofeo “Señor de los Cristales” dos veces. Lo seguí a otras plazas. Llegó
a la élite. Dijo adiós a Cali el 2 de enero de 1988, desorejando el toro de la
despedida... La última vez que le vi torear, fue en la Feria de julio de Valencia
1992, el martes 21, con toros de Victorino Martín. Al regreso de su primera
retirada. Ya no éramos los mismos. Murió glorioso hace nueve años. Cuando
pienso en él, no pienso en la figura del toreo. Pienso en ese desaliñado
torerito que, abandonando su bicicleta de lechero, lanzó su fe por las capeas
pueblerinas, el toreo bufo, la dura novillería…, y en aquella tarde remota de
Cali, cuando por momentos me devolvió a la inocencia.
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