VIÑETA 630
Aquellos
sesenta… (XXXI)
Jorge Arturo
Díaz Reyes, Cali 28 IX 2026
Sebastián
Palomo Linares. Foto: ABC Qué la
historia del toreo es la historia de los toreros. Perogrullada, si no fuese
necesario estarla recordando al torismo unipolar.
El que
torea es el hombre, el sujeto. La otra mitad esencial para la consumación del rito,
el toro, es el objeto, aun en su sacralidad como abstracción de la naturaleza; bravura,
poder, superioridad física, belleza… hoy, también selecciones humanas.
Todas las
historias del quehacer terminan siendo la historia de quienes lo hacen. De
quienes se dan a ello. Vassari cuenta el Renacimiento con su “Vida de grandes
pintores”. Suetonio el Imperio romano con su “Vida de los doce Césares”. Diógenes
Laercio la filosofía clásica con su “Vida de los filósofos más ilustres”. Y desde
la magna enciclopedia de Cossío, hasta la muy condensada, pero plausible “Historia
del toreo” de Laverón, la cuentan a través de sus catálogos biográficos de
matadores de toros y novillos...
Por mi
lado, estas viñetas, apenas recolección aleatoria de recuerdos juveniles desgastados
o aumentados por subjetividades, idealizaciones, desmemorias e influencias
tempranas y tardías, no tienen intención historiadora. No pueden tenerla.
Son solo
relatos personales. Coincidan o no con el cliché histórico, inevitablemente
también tratan de los que vi “ponerse delante”. De los que por una u otra causa
no pude olvidarme. No sé si esta salvedad obligada ya la hice. De no ser así la
invoco ahora en mi defensa. Si tengo alguna, ¿vale?
Los que arribaron
en la segunda mitad de la próspera década. Muchos, todos ávidos como sucede con
las utopías perseguidas a muerte; "Dorado", "Fiebre del
oro", "Tierra prometida", “Fin del arco iris”…, ninguno pudo quitar
a los que habían encabezado el fenómeno: Puerta, Camino, El Viti, El Cordobés.
Pero no
fue cuestión de turnos, fue cuestión de toreo e impacto. Ninguno pudo arrebatarles,
en esa década digo, el predominio del público, los carteles y el dinero. Pese a
traer valor, personalidades propias, retadoras tauromaquias, obsesivas ambiciones,
astutos apoderados, e incluso tempranas leyendas; espontáneas o fabricadas.
Palomo, Paquirri,
Dámaso González, Fuentes, Teruel, Miguel Márquez, Andrés Hernando, El Caracol, Amador,
Benjumea, Curro Vázquez, Julián García, Manolo Martínez, Eloy Cavazos… Me vienen,
más que en orden cronológico de arribo (alternativa) o mérito torero, como la
memoria los llama. Todos ellos, pese a su valía, llegaron a ya entrados los
setenta haciendo la segunda, a despecho de los intentos belicosos con que algunos
quisieron igualarse dentro y fuera del ruedo con los propios.
Por
ejemplo, Sebastián Palomo Linares, a seis meses de su alternativa cuando le vi
primero. Desde semanas antes de su debut en La Santamaría, de Bogotá, el 9 de
diciembre del 66, con Joselillo de Colombia y El Viti, toros de Mondoñedo
(creo). Ya los alrededores de la plaza estaban empapelados con su sonriente imagen
de maletilla, melenuda, enjuta, medio infantil aun, y el eslogan de su temprana
película: “Nuevo en esta plaza”.
Yo, dos
años mayor, visitaba con frecuencia el cercano Tequendama, hotel de toreros, en
cuyo lobby mi novia, Gloria, en vacaciones ambos de la universidad, atendía una
boutique. No sé por qué, así como inconscientemente había asociado a El
Cordobés con Los Beatles, asocié aquella imagen y actitud provocadora de
Palomo con las del irreverente cantante francés Hervé Vilard, muy de moda
entonces, disparado por el éxito de su vida: “Capri cest fini”, y quien burlón
había contestado en una temprana entrevista: “mi novia se llama Robert”.
Fui a ver
a Palomo. Su alegría, espectacularidad y sobre todo su vehemencia me ganaron,
pese a no cortar orejas. Estatura media, no deslució la composición con ninguno
de los dos pequeños toros. Codicioso, arrojado y bullidor, cada una de sus dos bregas
pareció ser la última de su vida. Lucía como el más poseído por los hálitos multitudinarios
de El Cordobés, y sin ser su imitador, era casi tan desafiante y contagioso como
él.
A los pocos
días, estaba en vacaciones, contaba, volví a verle en Medellín donde vivía mi
padre. Tras escandalizar (no raro), esa vez con el cambio a última hora de los dos
“aguasvivas” que le correspondieron en el sorteo, por dos de Mondoñedo, desquició
la plaza compartiendo triunfo con Efraín Girón.
En cambio,
nos quedamos esperándolo ese mismo año en Cali, mi plaza, donde se le anunció
abriendo feria el 26 de diciembre con Pepe Cáceres y Tinín. Se quitó (“parte médico”),
siendo sustituido, por Antoñete. Pero sí lo hizo al mes, 26 de enero del 67 en
Manizales con Andrés Hernando y Oscar Cruz. No estuve, seguí la corrida por
radio (Ramón Ospina). Cogido y triunfante.
Dos años
más tarde por fin debutó en Cañaveralejo, abriendo la puerta Señor de los
Cristales, el 28 de diciembre, segunda de feria, con El Viti, el paisa Hernán Alonso
y toros de Fuentelapeña. Cortó tres orejas y fundó aquí desde aquella tarde una
secta “palomista”. Populares periodistas incluidos: Pardo Llada, Gallego Blanco, Eduardo de Vengoechea (el
más) entre otros, y consolidándose como figura en Colombia. De aquí salió alistado
en “La Guerrilla” junto a El Cordobés, con quien retador, había intentado enemistarse
en sus inicios. Cómplices en esa revoltosa temporada 1969. Amarga para los empresarios.
Años
después en Madrid, ya viejos los dos, Pepe Dominguín, quien lo había
descubierto en 1964, en esa nocturna de oportunidad en Carabanchel, plaza que
llevaba con su hermano Domingo, me dijo después de un par de copas de pacharán
— “Lo escogí porque tenía cara de granuja”.
—Recordé otra
vez aquella lejana corrida cuando el aprendiz de zapatero, que de novillero
apodaban “El rata”, cambió irreglamentariamente el sorteo y se robó a Medellín.
Le di la razón.
—De los
800 aspirantes a la oportunidad, solo él llegó a figura —agregó Pepe.
—Estaba
raquítico. Tuvimos que llevarlo al médico para que le pusiera un plan de
alimentación.
—Recordaron
en alguna entrevista después de su muerte, los hermanos Lozano sus apoderados
vitalicios.
Guerrero,
vivaz, carismático. No fue el más lírico ni más eficaz capotero, no hacía el
segundo tercio, su brusca e impositiva muleta era más instrumento de combate y
alarde que de sosiego, mando y temple, y su letal espada más espectacular que
pura. Su carta de triunfo era él mismo, su soberbia, su torrentoso temperamento.
Así lo recuerdo, en su habitual blanco y plata, con su vertiginosa ligazón, de
pie y de rodillas, fajándose, alardeando, mordiendo un pitón, feliz o furioso a
sintonía siempre con el momento del toro y de la plaza.
Mediático.
En esa técnica publicitaria inventada por El Pipo para Manuel Benítez, que no
funcionó igual con ningún otro. Palomo fue quién más la bordeó. Bajo la
inteligentísima dirección de sus apoderados. Llevando gente, levantando
emociones, polémicas y banderías. Siempre dando de qué hablar. Pero frente al
toro y alternantes, macho, sin conceder ni desaprovechar ventaja. Su ambición
era total e indeclinable. Así se ganó cada triunfo, cada cogida, cada peso,
cada polémica.
Seguido a
toda hora, en público y en privado por micrófonos, cámaras y ojos, como un
precursor de los actuales realitys no
se molestó en esconder su intimidad. Por decir algo, en el cinematográfico romance
desde 1968, con la cantante y actriz Marisol. Ídolos de juventud que se
repartían entre la pantalla y la realidad. El linarense llegó después a la
cumbre, puso patas arriba Las Ventas con el rabo de “Cigarrón” en el 72, tuvo
larga carrera, y murió célebre. Fue otro de los que escribieron con fosforescentes
caracteres la historia de aquellos años.
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