VIÑETA 562
“Los toros son
grandiosos”
Foto: Gaceta Unam MX.
Eso decía. “Poeta maldito” que no se avino a nada, comenzando por sí
mismo. Su obra y su vida de carencia escogida fueron voto y burla contra la hipocresía
de su tiempo y de todos los tiempos. Alemán de nacimiento (Andernach), estadounidense
de crianza (Los Ángeles), migrante infantil llegado a los tres años.
Alcohólico, mujeriego, hirsuto, cínico, procaz, irreductible. Así fue y
así se mostró con alarde autobiográfico. Escribió, leyó, editó, y sobre todo
escribió y escribió “underground”. Sin tregua, con una voz espontánea, directa,
ruda que consideraba la digna de su realidad. Palabra precisa, frase dura, puntuación
caótica, sintaxis libre, relato contundente. Lectura insoslayable ahora millonaria.
Solo, aparte, retador, negado a grupos, escuelas, adocenamientos,
métodos. Trasegó todos los géneros; poesía, cuento, ensayo, novela, teatro, cine,
periodismo, correspondencia…, qué para él eran uno. Tenía que decir. Desconocía
límites. Pasajero de pobres inquilinatos, trabajador de sobrevivencia; trago y papel
a su máquina, no más, cartero, empleado de matadero, pastelero, dibujante, pegacarteles,
mandadero, apostador, cualquier cosa...
Fueron sus días, su historia, sus historias. La simpatía, el refinamiento
y el éxito social no han sido requisitos del genio literario. Críticos y
profesores que opinan lo contrario le han rotulado “realista sucio”. Por o pese
a ello lo leen, lo venden, lo imitan.
Entre su mucho desprecio (“hay infinidad de escritores que no
saben escribir…”, “la obra de Faulkner fue una mierda”) por
ejemplo, reconoció admiración a unas pocas cosas y pocos contemporáneos…
Hemingway (“hasta que se vendió”), Celine (“hizo que me avergonzara del pésimo escritor que soy”), Miller
(“nadie escribía así a no ser que se llamara Henry Miller o
Dostoyevsky”), y su inspirador iniciático el entonces casi anónimo John Fante (“sin duda eres el número uno”).
Murió hace treinta y un años, a los 73, minado por la bebida, el humo, y
una celebridad tardía que abominó, y que ha crecido post mortem, hasta convertirlo
en “uno de los escritores más influyentes de la literatura
estadounidense” (Wikipedia).
Producto de un medio no taurino y con acceso difícil a las corridas, no
tenía cómo ser aficionado, pero lo fue. A mediados de los sesenta, proclamó su conversión
en poema-prosa: “La superficie del sol”:
“Los toros son grandiosos como la superficie del sol, y
aunque los matan para rancias multitudes, es el toro quien atiza el fuego, y
aunque hay toros cobardes, tanto como toreros y hombres cobardes, generalmente
el toro se mantiene puro y muere inmaculado sin ser tocado por símbolos, y
élites o falsos amores, y cuando lo sacan arrastrado nada ha muerto y el hedor
final es el mundo.”
Sí, fue una de las dos o tres cosas que le infundieron reverencia, o
mejor qué salvó de su general escepticismo. Cuando vuelvan a publicar las consabidas
listas defensivas, de iconos culturales que compartieron el credo, incluyan a
Charles Bukowski, quizá el más inesperado, sincero y desafiante de todos.