A esa década no han querido llamarla “Edad de oro”, aunque razones dio.
Quizá fue por no redundar con las históricas anteriores así rotuladas; aquella 1791 - 1801 de
Romero, Pepe Hillo y Costillares, o la 1910 a 1920 de Joselito y Belmonte. Tampoco
la han enchapado en “plata”, como la muy heroica 1920 - 1936. No, a esta la han
fundido en otro metal; “Edad de platino”.
Bueno, creo que la mayoría de quienes por razones naturales nos
perdimos las tres primeras, pero vivimos la última, y la anterior a ella, (la
de los cincuenta), y las seis que le han sucedido hasta hoy, podemos convenir, toreramente
hablando, que la vitola platinada, pese a no ser eufónica, cuadra. Está bien, al fin y al cabo, también es elemento
precioso.
Nadie lo adivinaba cuando la cosa empezó en Cali (cuestión de fechas
feriales), el 3 de enero de 1960, con el mano a mano Luis Miguel Dominguín y
Antonio Ordóñez. Inicio, que también fue punto final a su “peligrosa” rivalidad
del inmediato 59, apologizada por Hemingway.
En plaza llena, no era para menos. Calor y sol, toros de Fuentelapeña
(Pinto Barreiros), pequeños y encastados, a los que el rondeño desaforado en la
primacía, les cortó cuatro orejas, ante su estelar cuñado, que solo recibió
una. Al otro día volvieron a coincidir allí mismo, con armado encierro de
Achury Viejo (Conde de la corte), y tercería y sangre de Vásquez II. Pero ya
todo estaba escrito, era cosa pasada. Amanecía otra época. La cual no sería
para ninguno de los dos.
Pronto, el sábado 30 de abril, lo pregonó en La Maestranza, el joven Diego
Puerta. Adelantado de una generación hija de la guerra civil. Y qué criada duramente
sobre la arrasada España de la posguerra, venía por su lugar en el ruedo y en la
vida, a como fuera. Diego salió esa tarde de la capilla, para enfrentar la
corrida de Miura y dijo a sus peones: “Ojo a los quites, que esta tarde
salgo muerto o rico”.
El berrendo “Escobero”, de 593 kilos, le dio la oportunidad de
sostener con el cuero sus palabras. Tras una fiera, bella, y al fin triunfal
batalla, llevaron al bravo sevillano a la enfermería, vivo aún, y luego rico. Filiberto
Mira en su libro “Medio siglo de toreo en La Maestranza”, confiesa: Aquella
tarde comprendí para siempre QUE EL TOREO ES EL ARTE DE LA EMOCIÓN. Así, tal
cual, con mayúsculas en prensa.
Apenas 17 días después, Antonio Ordóñez, máxima cifra del poder amenazado,
contesta en Las Ventas. Llovía, y tras confirmarle alternativa a Mondeño, recibe
a “Girondino” (alias “Bilalarga”), 521 kilos, segundo de Atanasio
Fernández, que va por él y le coge dos veces. La segunda, ya estoqueado. Los
dos al piso.
Antonio Díaz Cañabate, cronista del ABC, consignó: “Toma la muleta en
la izquierda y esculpe en el bronce imborrable del recuerdo cuatro naturales de
prodigio… el clamor ensordecía… se va tras la espada… el toro está muerto… ¡Ahí
queda una faena! Una faena indescriptible. Una faena que en la historia del
toreo quedará…”
Sí. Cuarenta y un años después, estas dos gestas transicionales, la de
“Escobero” y la de “Girondino” fueron incluidas por Pierre Arnuil
e Ignacio de Cossío en su libro capitular: “Las grandes faenas del siglo XX”. Con
prólogo de Camilo José Cela.
Ese alumbrante año taurino 1960, terminaría, de nuevo en Cañaveralejo,
el 30 de diciembre. “Corrida del toro”, y otra vez con fuentelapeñas. Bernardino
Landete (rejoneador), Luis Miguel Dominguín, Gregorio Sánchez, Jaime Ostos, y
los jóvenes retadores Pepe Cáceres y Paco Camino, que aventajaron a los
veteranos desorejando sus toros.
Con ellos emergerían: Curro Romero, El Viti, El Cordobés, Mondeño, Manolo
Martínez, Palomo Linares, Paquirri…, la televisión, la conjunción de las masas,
la internacionalización, y el abrir del tiempo a diez años que estremecerían el
ruedo, porque fuera de él, también se estremecían la cultura y el mundo...

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