VIÑETA 603
Aquellos sesenta… (V)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali,
Colombia, 23 III 2026
Como por compromiso en 1970 se apagaron
Los Beatles, onomatopeya de una época que moría. La memoria colectiva,
que se recrea en clichés, ahora los automatiza:
IA: “Década de cambios
radicales, contracultura, revoluciones sociales; auge del movimiento hippie, el
rock, la psicodelia, el hacer el amor y no la guerra, de lucha por los derechos
civiles y la liberación femenina, de la píldora, la moda desastrada, el hombre
en la Luna...”
Está bien, ocurrió todo eso y
más. ¿Pero fue de verdad una ruptura histórica, una revolución fuera y dentro
del ruedo? ¿Cómo la industrial, que produjo la democracia liberal y el toreo
romántico? ¿O cómo la del derrumbe de los imperios entrado el siglo XX, con la
cual surgió el toreo moderno (belmontino)?
¿Cambiaron tanto la ética, la
estética, la percepción, la lidia, la técnica, las normas, el rito, la esencia,
la liturgia, el público, la autoridad, el ámbito, la economía, el negocio, la
organización…, el mundo del toreo?
¿Fueron derogados los cánones y reemplazados por “herejías”? ¿O fue solo alboroto,
calentura, inflación, arrebato de una generación perdida?
En 1972. La rebelión hace crisis
en
Las Ventas, en las mismísimas Ventas. El sábado 22 de mayo, el presidente Pangua concede a Palomo Linares (ex
“guerrillero”), el rabo del toro “Cigarrón” de Atanasio Fernández,
causando estupor. Un escándalo, un mea culpa general, una contrición. --!Oh!
¿Qué estamos haciendo? --La crítica ve su oportunidad y se rebota. Hacen de su
señoría chivo expiatorio, lo befan y lo lanzan a la hoguera de la destitución y
el ostracismo. Para colmo, dos libérrimos mexicanos, también de clara
influencia cordobesista, abren la Puerta grande del templo; Curro Rivera, el
mismo día, y Eloy Cavazos cinco días después. !Esto no puede ser! clama el
establecimiento. !Juicio, juicio!
Entonces, poco después con el
verano ad portas, el domingo 11 de junio, en el mismo ruedo y en el mismo cartel,
debutan dos novilleros sensacionales, largos, ortodoxos,
canónicos, que vienen como con
una rama a restablecer el orden. Son Julio Robles, de Fontiveros, y “El Niño de
la Capea”, de Salamanca. Tomarán alternativa el año siguiente, y este último,
de allí en adelante dominará el mercado y las estadísticas hasta 1979. Ya eran
otros tiempos, pero los mismos valores, la misma liturgia y el mismo sistema bicentenario,
amenazados, pero nunca vencidos, y ahora refrendados hasta nuestros días.
Después de tantos años, tantos
ires y venires, tanta bizarría y tanta sangre corrida, el pasado coexiste. Lo
sucedido no lo borra, se le agrega. Presente y futuro no son. “Yesterday”
sigue conmoviendo. Aunque los “hippies” se hicieran “yuppies”. La
sicodelia, industria (ilegal). La justicia y los derechos civiles, utopía. El
feminismo, más necesario. La moda, más tonta. La tecnología menos humana. La
guerra, más atroz. El planeta, más envenenado. … Y el hombre no siguiera yendo
a la luna… (si es que fue).
¿Qué cambió entonces? Poco y
mucho. El toreo a más de otras cosas es arte, y en el arte cada uno es cada
uno. “El Cordobés” en sí mismo y en su contexto, representó las ilusiones de
una generación que quiso verse en él. En su desgreñada libertad, en su
espectacular contestarismo, en su conmoción sobre la emoción, en su salto de la
rana sobre el pase natural.... Otro cliché injusto, claro. Fue más, bastante
más. Han terminado reconociéndolo hasta los más reticentes.
Cimentó sus desafueros
emocionales (auténticos), en la quietud, el riesgo, y el mando. Su
personalidad, su valor y su muñeca izquierda quedan como paradigmas. Como todas
las “figuras”, usó y abusó de los privilegios del rango. Igual que quienes
compartimos sus años, usamos y quizás abusamos de nuestra juventud y de lo que
deparaba la época. Fatalidad histórica.
Su carácter extrovertido,
festivo y socarrón, y el nunca darse ínfulas que tanto sintonizaron con sus
coetáneos, luego han contribuido a la frivolización que han querido hacer de
él, los pesados detractores que cultivó, y a los que se suman de oídas muchos
que no le vieron. Cuidado, fue un torero. La historia, plegándose a su
significado le absolvió.
Cierto, no dictó otra
tauromaquia como Pepe Illo, pero apasionó las masas, amplió el ámbito mundial
de la fiesta y la cultura hispana, creó un boom del cual aún come el toreo... Y
aunque al final su rebeldía fuese bien pagada y comprada. En principio, al
menos, tuvo ese patético heroísmo quijotesco que llena la poesía. El mismo que
tuvieron todas las causas perdidas de aquella generación lejana, y otras tantas
de la historia.
Palomo Linares pasea el rabo de “Cigarrón” en
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