VIÑETA 604
Aquellos sesenta… (VI)
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 30 III 2026
Las Ventas. Foto: Las Ventas
Sí, a compás del mundo, la
Fiesta era una fiesta. Coincidían muchos toreros de personalidad, arte y tirón.
Mucho público nuevo, joven, cosmopolita y no iniciado. Mucha inocencia. Mucha
taquilla. Mucha prensa, radio, televisión, cine. Mucha publicidad. Mucha farándula.
Mucho torerismo. Mucho taurineo. Mucha crítica complacida y… no poco “sobre”, se
decía.
El toro se recuperaba. En España
1960 su peso mínimo reglamentario, que había bajado en la posguerra a 423 kilos,
subió a 460, para plazas de primera (aún), y con obligación de ser anunciado en
las tablillas. Se penalizaron la manipulación de las astas y otros menoscabos. Aunque
la edad, apenas vino a ser garantizada (guarismo en la paletilla) por la
entrada en vigencia del libro de las ganaderías hasta 1970. Gozosamente, la tauromaquia
saludaba un nuevo amanecer. Más no sin disensiones.
Tal como sucedió en otras épocas felices y nodales, el purismo
respondió aumentando su furor. Siempre fue así. Cuando a fines del siglo XVIII,
Costillares introdujo el volapié (ahora ortodoxo), protestaron: “Pasan y
repasan los toros hasta cuando fatigados e inmóviles se abalanzan sobre ellos
para acuchillarlos”. Cuando Belmonte se quedó quieto y ligó, alegaron: “Así
no se puede torear”. En 1948, cuando Manolete acababa de morir en la cumbre
de su gloria, Adolfo Bollaín, con prólogo de Antonio Díaz Cañabate y epílogo de
José María Cossío, publicó: “Hoy se torea peor que
nunca”. Ya lo había dicho muchas veces antes, con El Monstruo en vida.
Y entonces, con la efervescencia sesentera desbocada, en el tendido
siete de Las Ventas y sus andanadas arriba creció el clamor de contención, rigor
y esencialidad. Pero sin hallar plumas dignas de él, que lo asimilaran, lo
argumentaran, lo pusieran en blanco y negro, y lo lanzaran a los cuatro vientos.
Los respetados papas vigentes de la crítica en Sevilla y Madrid, José María del
Rey Caballero “Selipe” y Díaz Cañabate, asordinaban sus admoniciones. Ni que
decir del resto.
Por ejemplo, con El Cordobés a toda máquina, tras su avasallador primer
año de alternativa, Edgard Neville, conde de Berlanga, escritor taurino,
diplomático, director de cine y pintor ya se siente obligado a encarar los protestones
con su artículo, “Diestéfano y El Cordobés”: “Y esos sujetos que llevan un
pito a la plaza, y se muestran furiosos con El Cordobés a la primera ocasión?
Llevar un pito a la plaza es como meterse en el bolsillo un documento de
identidad con una filiación vergonzosa (…) El torear es como quiere que
sea quien toree” (ABC, Madrid 1 de julio de 1964).
Pero a contrapartida y al mismo tiempo, dos aguerridos espontáneos se
lanzaban a la crónica. El canónico madrileño Vicente Zabala Portolés, y el beligerante
salmantino (Fuente de Oñoro) Alfonso Navalón Grande, “Látigo de toreros, azote
de afeitadores” le llamaría luego Javier Villán. Escribían, uno en El
Alcázar y el otro en Informaciones, medios de corto alcance. Le declararon la
guerra a “El Huracán” y semejantes, cada cual por su lado. Eran todo lo que
ellos no toleraban. ¿Y cómo así que torear como quiere quien toree? No señor.
Inflexibles en su credo: el relato fáctico, la excelencia. El toro
íntegro y fiero, (“único imprescindible”), con edad, cuajo, tamaño, peso, astas.
La lidia, (“no se puede torear sin saber lidiar”); parar, citar frontal,
cruzado, templar, cargar la suerte (sobre todo), mandar, vaciar atrás y ligar
bien. La estética sí, pero solo construida sobre la ética, sino no. Atacaron
sin concesiones las ventajas, el “destoreo”, el “perritoro”, el “afeitado”, el “sobre”
y otras endemias.
Insoslayables, llegaron urbi et orbi, desde sus medios de no
gran prensa, porque leerlos era razón y emoción. Como decían los escoceses, “la
cabecera de la mesa está donde yo me siento”. Pontificaron sin ser infalibles, influyeron,
crearon corriente, y excedieron también su poder. Zabala, que no tomaba notas,
ascendió años después a la titularidad en el ABC, reemplazando a Díaz Cañabate,
y el tenaz Navalón, en el diario El Pueblo, reemplazando a Gonzalo Carvajal.
Reinaron largamente.
Por supuesto ganaron enemigos, dentro del sistema y alrededores. Era
inevitable. Fueron adorados y execrados, acusados de “hacerle mucho mal a la
fiesta” y laureados por defender su integridad. Navalón fue agredido
físicamente en varias ocasiones, pero también, sacado a hombros en la plaza de
Las Ventas, ¡dos veces! Homenaje que nunca ningún cronista recibió, antes ni
después.
Su santa causa sería continuada en las décadas posteriores por escritores
notables como Javier Villán en El Mundo y Joaquín Vidal en El país. Los
comienzos de esa cruzada marcaron aquellos sesenta. Se le deben, fue una de sus
herencias.
Mucho después, sin haber dado el brazo a torcer, el primero, murió en
un avión de Américan, estrellado a 80 kilómetros de Cali, el 20 de diciembre de
1995, cuando llegaba para cubrir la feria. El segundo, estrellado contra sus
molinos de viento y enfermo, en Salamanca 2005.
Inolvidables. Su gesta está consignada en crónicas, relatos, periódicos,
revistas, libros…, papeles, no existía Internet, y ha sido revisada
recientemente por la tesis doctoral del periodista vasco Javier García Nieto,
nacido al finalizar la década (1970). Una investigación a posteriori,
bibliográfica, que no por científica deja de ser amena y conmovedora:
“La corriente crítica esencialista de la crónica taurina
(1965-2002). Antecedentes, desarrollo, auge, y desaparición”; (Universidad del
País Vasco 2022). Léanla, son solo 937 páginas bien escritas…
P. D.: Ayer, después
del medio día, murió aquí en Cali Aura Lucía Mera; escritora, columnista,
cronista taurina, espíritu formidable de aquella década. Había comenzado su
trabajo también por 1964. Somos cada vez menos los de entonces.
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