VIÑETA 599
Aquellos sesenta…
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 23 II 2026
Hemingway entre Antonio Ordóñez y Pepe Luis Vázquez.
Foto: Canito, La
Verdad
Hacía frío y llovía sobre el aeropuerto de
Barajas la noche del martes 11 de octubre de 1960. Ernest Hemingway conmovido se
despedía, por última vez de España y de su veinteañera secretaria irlandesa, Valery
Danby Smith. Testigo íntimo, nuera póstuma y cronista de sus tres años terminales,
(“Correr con los toros”).
El escritor había llegado en agosto, como a
recoger sus pasos, en un viaje que resultó enfermizo, amargo y triste. Yendo y
viniendo tras las corridas, los lugares queridos y los viejos amigos, con la
finca de su anfitrión Bill Davis, “La Consuela” en Churriana (Málaga) como base.
Pero no, ya no, los alegres días no volverían jamás. Córdoba, Salamanca, Ronda,
Jerez…, hasta refugiarse la última semana en una suite del central hotel Suecia
de Madrid. Torturado por su psicosis alcohólica; insomnio, depresión, somatizaciones,
delirios persecutorios y obsesión suicida.
Allí le alcanzó una pena más. Su última publicación
en vida; relato por encargo de la rivalidad Luis Miguel – Ordóñez, del año
anterior, “Dangerous summer”. Editado por la revista “Life” en tres
entregas. Se sintió traicionado y expuesto por la recortada versión (10.000
palabras). Furioso rechazó todo: la portada, la diagramación, las fotos “que lo
hacían ver como un bobo” y sobre todo el texto. Renegó el sesgo “ordoñista”, las
apreciaciones taurinas inconsistentes y la infamación a Manolete, por usar
“trucos baratos para cautivar el público”. Creyó que lo entregaban inerme a manos
de sus enemigos. Que los tenía muchos, reales y espectrales.
Recuerdo haberlo leído por aquellos días, (la
primera entrega), con avidez, placer y sin tales prevenciones, en un manoseado
ejemplar de peluquería en Bogotá. Era yo un adolescente, seducido por su mundo
y estilo literarios... Todavía.
Y así salió para al aeropuerto esa lúgubre noche
de octubre, con la temporada también en agonía. Solo el joven Paco Camino, le había
brindado uno de los pocos momentos de ilusión, quizá el único, con su toreo, en
el que creyó descubrir al sucesor de su idolatrado Antonio Ordóñez, y quién a
su vez, pocos días después, terminaría encabezando las estadísticas de la
temporada 1960, junto a Gregorio Sánchez. Con setenta corridas cada uno.
Feble, avejentado, cargando sus fantasmas,
abrazado a su cuarta esposa, Mary, abordó Ernest el vuelo de Iberia a New York.
Ya no volvería jamás. Pero era solo un adiós físico, no el definitivo a su episódica
y entrañable relación con España. Iniciada cuatro décadas antes, empujado desde
París, por Gertrud Stein. Si quieres aprender a escribir sobre la vida y la
muerte, ve a España a ver los toros, le dijo. Lo hizo y aprendió.
En 1985, Editorial Planeta publicaría la
traducción al español, en libro corto, 45.000 de las más de 120.000 palabras originales
del manuscrito. Era el cierre que no vivió.
Estaba por cumplir sus 62 ajetreados años, cuando
apenas Ocho meses después, tras intenso tratamiento psiquiátrico en la Clínica Mayo,
electrochoques incluidos, y ser dado de alta por supuesta mejoría, se volaría
la cabeza con una escopeta de caza mayor a la madrugada del 2 de julio de 1961,
en su casa de Ketchum, Idaho.
Este trágico y estrambótico final de uno de
los más insignes narradores de la fiesta, paradójicamente daría paso a una de
las también más felices décadas de ella…

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