Resaca de la gala
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, Colombia, 8 II 2026
Disipado el relumbrón de la ceremonia, enrollada
la alfombra roja, extinguido el eco de los discursos, confirmados los carteles,
Las Ventas entra en la tensa espera de sus toristas festejos de apertura, marzo-abril,
y de los treinta y uno que irán del 1º de mayo al 14 de junio (ferias contiguas
de la Comunidad y San Isidro). Período sustantivo para la tauromaquia mundial.
“El corazón del toreo”, como lo proclama su cartel oficial. El concilio de la
fe.
Ese mes y medio en que se refrendan los cánones,
la liturgia, el rito, el toro, el toreo, el torero, la afición, el público, la
autoridad, el relato, la estética, la verdad, el estado de opinión en la fiesta…
A examen todo. La tradición y los valores frente
al cambiante espíritu de las épocas, modas, gustos e intereses. Los cuales, fluyendo
a través de la taquilla, permean primero la superestructura y tocan la
estructura. El soporte.
Primero al toro, que debe serlo a plenitud, en
integridad, tamaño, edad, peso (ahí están los veterinarios). Épocas hubo (la de
plata, 1923), de los cinco años y los 570 kilogramos mínimos reglamentarios. Hoy,
(Decreto 57 de 2008) son bastante menos, cuatro años y 460 kilos. Que algunos aún
encuentran excesivos, pero a los que la plaza no desciende nunca, pese a las
diatribas de los pregoneros del toro mini. Pese a ellos, ha sido piedra base de
su rango y prestigio como primera del mundo. Junto al trapío, el privilegio de
la fiereza sobre la docilidad, la soberbia sobre el apocamiento y el poder
sobre la blandura…, expresos en el apego a sus hierros preferidos. No es el
único argumento, cierto, pero sí el principal.
Luego, aunque no en importancia histórica, el
madrileño sentido de la “verdad” y la lealtad en la lidia, de la primacía de la
esencia sobre el ornato, de la postura sobre la impostura. Defendidos dura, aunque
no infaliblemente, por los aficionados más exigentes de la plaza, concentrados en
el tendido siete, aledaños, y también entreverados por el resto del graderío, (que
seguro ni asisten, ni ven las galas).
Ese draconiano modo de juzgar que llega hasta
la irreverencia y la intolerancia. Especialmente con muchas de las figuras (ídolos),
como expresión fundamental de que el culto es más importante que el oficiante,
que la misa es más importante que el cura, y que la púrpura pesa. Al gran
Morante de la Puebla, por ejemplo, le hicieron esperar 28 años antes de abrirle
su primera puerta grande. Para no remontarnos al, “En Madrí que atoree San
Isidro”, de “Guerrita” y más atrás.
¿Pretensiones de perfección, iluminismo, fanatismo?
No, no, creo qué de lo contrario, de realismo, de autenticidad. Del íntimo asumir
la corrida como rito de honor, como, alegoría y catarsis de la vida (tragedia).
En la que placer y sufrimiento, alegría y enojo, belleza y fealdad, triunfo y
derrota…, tienen lugar, son inherentes.
En Madrid se asiste al culto sacrificial del
animal totémico con devoción, gozo y sufrimiento. Es proverbial su respeto por el
fracaso en la honesta lucha, por los modestos que afrontan con estoicismo los
mayores retos, por los que se superan a sí mismos, por los bravos que mueren
como tales. Esto claro, no es unánime siempre. No son infrecuentes las ruidosas
discrepancias entre unas y otras partes del público. Con los que sienten lo contrario,
con los turistas, recreacionistas, neófitos… que también pagan, tienen gustos y
derecho a la contradicción. O con el palco. Democracia.
Sin embargo, la resultante secular, esa que ha
mantenido la idiosincrasia, la identidad (cada una tiene la propia), el rango primado
suyo, y de las que por siglos la han precedido a la vera de la calle Alcalá, es
aquel “gen” cultural, expreso en el predominante rigor de los primeros. El
que, explicaría sus para otros inexplicables puntos de vista. Por él, aun Madrid
locuta…, y ahora por TV, urbi et orbi.
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