martes, 30 de junio de 2020

MADRID ESPERANDO A GODOT - VIÑETA 361

Viñeta 361

Madrid esperando a Godot
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali junio 30 de 2020
Cartel Teatro Real de Madrid, noviembre 21 de 2019 a enero 5 de 2020
En los toros, Madrid es el canon. Vieja frase de cajón sí, pero que no ha perdido vigencia ni siquiera en estos meses aciagos, transcurridos desde cuando se instaló el modo pausa frente a la pandemia. 

Día tras día, todos, en todas partes, inmóviles y expectantes mirando hacia Las Ventas. O mejor, hacia la empresa de Las Ventas. Como evocando los personajes beckettianos:

VLADIMIR --Entonces, ¿qué hacemos?
ESTRAGON --No hagamos nada. Es lo más prudente.
VLADIMIR --Esperemos a ver qué nos dice.
ESTRAGON --¿Quién?
VLADIMIR –Godot.

…Y Godot no llega, y el diálogo deriva por el mar del absurdo y la inacción. Las frases caídas del púlpito catedralicio a los titulares de la prensa taurina se van amontonando una tras otra en una secuencia que parece parodiar el ya inmortal y loco intercambio entre Gogo (Estragón) y Didi (Vladimir)…

(Escena, junto al árbol en el patio de las oficinas…)
GOGO (con orgullo, adelantándose) —Como empresario turístico, invertir en los toros ha sido mi gran acierto. Lo dije hace dos años.
DIDI —Pero ahora las restricciones antivirus minimizan entradas y dinero hasta lo imposible (se toma la cabeza con las dos manos y la gira repetidamente).
GOGO —(reflexiona) Imposible, claro. (de pronto, iluminado y mirando al público) —Mejor pasemos el año en blanco.
DIDI —Sí. De acuerdo, mejor eso que perder plata o alterar el espectáculo. (levanta las manos al cielo).
GOGO (abriendo el periódico sorprendido) —¡Oye! Aquí anuncian que ya permiten ocupar tres cuartos de la plaza. ¿Qué vamos a decir?
DIDI (alarmado) —¿Cóomo? (calla y medita) —¡Digamos que es verano!
GOGO —¿Y? (confundido levantando los hombros)
DIDI (complaciente) —Pues en verano viene muy poca gente. Si acaso turistas, la mitad asiáticos.
GOGO —(complacido) !Oh! Claro. Así no se justifica dar corridas, ni ahora ni nunca.
DIDI —Pero cuando venga Godot y nos diga, nuestro regreso será grande. (señalándose el pecho)
GOGO —Seguro.

(Entra un muchacho y murmura tímidamente) —Traigo un mensaje del señor Godot.
DIDI (contrariado) —¿Cuál mensaje?
MUCHACHO (mirándose los pies) —Que no vendrá hoy. Vendrá mañana.
GOGO y DIDI (al tiempo, resignados) —No imorta, esperaremos
MUCHACHO (condolido) Perdón, no es mi culpa. (se va cabizbajo)

GOGO —Lo mismo que ayer. (Se sube los pantalones)
Pero volveremos mañana. (decidido)
DIDI —¿Y si tampoco viene?
GOGO —Volveremos pasado mañana...
DIDI (alisándose la melena entrecana) —Entonces ¿Qué? ¿Nos vamos?
GOGO —Vamos.
(No se mueven)

CAE TELÓN DEL PRIMER ACTO (Segundo acto en septiembre)

martes, 23 de junio de 2020

HAZME CASO - VIÑETA 360


Viñeta 360

Hazme caso
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali junio 23 de 2020


Adriano 135 D.C. Museo Arqueológico de Sevilla.
Foto: Wikipedia.org
Dar consejos no cuesta nada y uno siempre queda bien.
—Yo traspaso los que me dan. Es para lo único que sirven —decía Oscar Wilde.

Espontáneos, pedidos, universales, locales, personales, grupales, temáticos, especializados, improvisados, premeditados, prácticos, teóricos, lógicos, ilógicos; bien, dudosa o malamente intencionados (cómo saberlo), pero todos expresados con la superioridad y certeza inherentes al papel de aconsejador.

En esta conmoción mundial que malvivimos ahora; confinamiento, incertidumbre, medio millón de muertos, nueve millones de contagiados, paro y amenazas de que “lo peor está por llegar”, (según las autoridades monetarias internacionales: Banco Mundial, FMI, BCE, BID, BAsD), lo que no nos ha faltado son consejos.

Cada quien, como Wilde, parece presto a desembarazarse de los suyos, poniéndolos a circular, cargando a otros con ellos. Cualquier vía es buena, voz, papel, redes, blogs, portales y hasta las paredes. Quédate, no te quedes. Trabaja, no trabajes. Toma, no tomes. Preocúpate, no te preocupes. Abre, no abras…

Los taurinos, por ejemplo, privados de corridas, hemos multiplicado el reciclaje de los mismos tres o cuatro de siempre. A veces literalmente, a veces con alguna variación de estilo. Qué unidad, qué adaptación, qué modernización, qué comercialización. Pues en síntesis los problemas de la fiesta, que son graves y endémicos, tampoco son muchos: persecución, desunión, mistificación, retracción. Sabidos, resabidos, aconsejados y reaconsejados por generaciones.

Sin qué hasta hoy ninguna moda, crisis, peste, censura, que las ha enfrentado hartas, lograra borrar de la faz de la tierra el ancestral culto. Quizá otra vez el negocio que alimenta sufra, caiga y luego levante, como lo ha hecho siempre, desde que a Don Felipe IV le dio por inventarlo, cobrando las entradas. Pérdidas y ganancias, bonanzas y recesiones, metabolismo del mercado, de la economía toda…

Pero afición, significado, instinto, valores no dependen de aquello, son más antiguos y siempre han sobrevivido esas vicisitudes. Hace casi dos mil años, Adriano, el verosímil emperador (español-romano) develado por Margarita Yourcenar, viejo ya, escribió al joven Marco Aurelio, su querido nieto adoptivo, evocando la caza y el circo:

El justo combate de la inteligencia humana con la sagacidad de las fieras parecía extrañamente leal, comparado con las eternas emboscadas de los hombres.

Reflexión que el toreo ha mantenido vigente, no un consejo. Por cierto, en las 236 páginas (Ed. Sudamericana 1955) de su rotunda carta, él no se permite dar ninguno a quien había proyectado heredero del imperio. Solo le presenta honestamente los hechos. Para qué más.

martes, 16 de junio de 2020

CLAUSEWITZ Y LOS TOROS - VIÑETA 359


Viñeta 359

Clausewitz y los toros

Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali junio 16 de 2020
Goyesca en la Santamaría. Foto: Camilo Díaz
El antitaurinismo bogotano se ha mostrado como el más hostil del mundo. Su carga de odio, agresividad e intimidación no ha tenido parangón. Hay que haber estado cerca de su griterío, de sus asonadas, del estallido de la bomba en la plaza de toros aquel domingo 19 de febrero hace tres años, día de corrida, del joven policía muerto, de los 24 heridos.

Hay que haber presenciado los ingentes despliegues de fuerza pública, para defender la realización de un culto protegido por la constitución. Hay que haber escuchado, mientras se toreaba, el estruendo exterior del asalto. Hay que haber visto la ciudad embadurnada de grafitis infamantes e incitantes que recordaban al Berlín de 1938. Hay que haber oído las arengas. Hay que haber sentido los insultos, las amenazas, la persecución de los piadosos animalistas que quieren extinguir el toro..., vía matadero.

Hordas azuzadas, claro, no la ciudad que también ha sido víctima. ¿Y la política qué? Parafraseando a Clausewitz es la guerra por otros medios. Para eso sirve. ¿Qué han hecho al respecto sus profesionales de babor y estribor?

Acuciados por los mercaderistas del voto, que, seguro han confundido en sus encuestas el no ser taurino con el ser antitaurino (dos cosas muy diferentes), enarbolan también, la bandera prohibicionista. Incluso y primero los “liberales”.

En las dos últimas elecciones, por ejemplo, de los diez candidatos finalistas, uno solo prometió “tolerancia”, que no apoyo. Resultado, una sucesión de alcaldías parcializadas; Mokus, Petro, Peñalosa, López. Con otra cosa en común; cual más cual menos a lomo de minorías, frente al 100% ciudadano.

El concejo (ayuntamiento), producto de sus listas, ha seguido en esto las consignas de campaña. Lo reafirma el acuerdo 013 que acaba de proferir. Prohibición total, disfrazada bajo el rabulesco mote: “desincentivación”. Abuso “inconstitucional, ilegal y absurdo”, como acusa la empresa Casa Toreros. Un ente de nivel municipal, violando una ley de nivel nacional (916 de 2004). Autoritarismo folclórico que la Corte habrá de contener una vez más.

Todo es política, dicen, pero la política no lo es todo; verdad, libertad, legalidad y respeto por el otro frecuentemente riñen con ella. Como en este caso.

martes, 9 de junio de 2020

EL GRAN GATSBY - VIÑETA 358


Viñeta 358

El gran Gatsby
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali junio 9 de 2020

Nuestra vieja fiesta ya estaba enferma desde antes que el coronavirus hiciera presa en ella. Mal pronóstico. Al contrario de Herodes “El Grande”, que mataba niños sanos, el pequeño Covid-19 prefiere ancianos con males preexistentes.

Sin embargo, mientras al idumeo la magnificencia de su reinado le maquilla los crímenes, al chinito se le niega cualquier atenuante. Le acusan de toda desgracia, pasada, presente, futura, y se le usa como pretexto para cualquier cosa.

Desinformación, charlatanería, catastrofismo, pantalleo, discriminación, chamboneo, gamberrismo político, justificación de abusos, omisión de culpas, postergación de obligaciones, disfraz de autoritarismos, anuncios de recesión, amenazas de guerra... Y para que todos espantados, pasivos y confinados nos aplaudiéramos durante meses de balcón a balcón, sin haber siquiera intentado lo que realmente ameritaba el ataque global. Que la humanidad por primera vez se uniera en una causa común.

Si mañana por milagro desapareciera la pandemia, sanaran los pacientes y nos quitáramos la mascarilla, seguiríamos tan o más pugnaces que antes, muriendo por las otras causas, y los problemas que nos aquejaban en febrero, aun estarían allí. Como el dinosaurio de Monterroso. Mirémonos, no busquemos virus expiatorios.

Hablando solo de toros, la temporada previa, terminó sin peste, pero con cifras de quiebra. La cabeza del escalafón, “El Juli”, lidió únicamente 35 corridas. Cien menos de las 135 que despachó en su primer año completo de alternativa (1999). Exiguas, comparadas con los 109 de Juan Belmonte un siglo exacto atrás. En Colombia, desde donde escribo, toda la temporada nacional se redujo a 14 corridas de toros.

La mayoría de los matadores no toreó más de una o dos. Empequeñecían y desaparecían ganaderías de solera. Se extinguían las novilladas. Las ferias iban a menos. Las cuadrillas al desempleo y el subempleo. Los empresarios al desespero... Veníamos así, en caída libre desde 2012. Apenas ganaban en la fiesta unos pocos, muy, muy pocos.

Y en esas condiciones descargamos la suerte, cedimos el terreno, negándonos a defenderlo con la parte de trabajo, inteligencia y riesgo que nos tocaba. ¿Entonces? 

Volvamos a 1918, cuando pese a la “Gran guerra” y la pavorosa “Gripa española” nadie paró, la temporada se completó, y luego, en vez de la hambruna que nos prometen hoy, se abrieron la opulenta década del “Gran Gatsby” y aquella espléndida del toreo, con el surgimiento de: Chicuelo, Granero, Lalanda, Márquez, Villalta, Gitanillo, Cagancho, Cayetano, Armillita… “Edad de plata”.

Bonanzas que duraron hasta cuando el desenfreno financiero a la una y, más tarde, la guerra civil a la otra les puso fin. Como ahora, el hombre mismo, ningún virus.

martes, 2 de junio de 2020

LIDIAR O MORIR - VIÑETA 357


Viñeta 357
Lidiar o morir
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali junio 2 de 2020


En circunstancias extremas, reacciones humanas extremas. A límite, lo mejor y lo peor de la gente aflora. Fisiológico; la adrenalina toma el control. El cuerpo amenazado se dispone a la defensa o al ataque. Lo instintivo desborda lo racional y el mono desnudo sale de su recién adquirido ropaje mostrando los colmillos.

El hambre mortal induce al despojo, al asesinato, al canibalismo. El pánico a la estampida, el atropello, el aplastamiento de los débiles y los caídos. La regresión, al saqueo, la violación, la masacre. No es necesario citar ejemplos. ¿O sí? De balsas de náufragos, de multitudes huyendo, de hordas al asalto…

Pero aun en estos trances, pese a la gran fuerza interna de la biología (millones de años evolutivos), lo humano lucha por modular el comportamiento. Desde el hipotálamo, los civilizados reflejos autorrepresivos (no tanto la razón, que frecuentemente sirve a lo inhumano) luchan por oponer al desafuero contención, piedad, honor. ¿Vale otro ejemplo? El toreo.

Es una circunstancia extrema. En inferioridad física, un hombre armado solo con un trapo y un estoque de juguete, limitado por unos códigos éticos y estéticos, debe, ante una multitud de testigos-jueces, ofrecerse, someter al toro y a su propio miedo. No solo con decencia sino con belleza, y apenas en la suerte final atacar, pero de frente, dejándose ver, cruzando armas y a vida por vida.

Esta pandemia, que ha causado una crisis global sin precedentes (extrema), exige al toreo su palabra. Enfrentarla como es, con sus propios recursos y cánones, y si ha de morir en ella, que sea en su ley. Ahí está su historia reclamándolo.

Y cuando hablamos del toreo, hablamos de todo cuanto significa. No solo de lo pertinente al espectáculo-negocio-industria, que junto a la política (partidismos) parecen por estos días las únicas preocupaciones de los analistas. Claro, el empleo, el dinero, el poder importan, mucho. Y más el ejercicio de la libertad, la igualdad y la legalidad.

Pero antes importan, la identidad, el ser, los principios que no pueden encomendarse a las desesperadas peticiones de ayuda ni a “salvadores” de ocasión. Si la tauromaquia sobrevive a esta calamidad, y seguro que lo hará, como lo ha hecho por milenios frente a muchas otras, lo tendrá que hacer como antes, por sí misma, unida y sin vender su credo...

Sin plañir, incordiar ni rabiar. Actuando sobre la realidad, adecuándose a ella. Reiniciando con lo que hay: La afición, los toros, los toreros, la infraestructura. La corrida de pago televisada. Las magras concurrencias que permita la salubridad. Los costos acordes a los reducidos ingresos. Y la cuota de sufrimiento repartida con justicia entre cada uno de los que quieran seguir manteniendo el culto.

Si para ello los taurinos de hoy requieren inspiración, les convendría mirar atrás, abrir el Cossío y releer como lidiaron con la adversidad todos los que sacando lo mejor de sí honraron por siglos la fiesta y la vida.

martes, 26 de mayo de 2020

EN LA CORRIDA MÁS GRANDE - VIÑETA 356

Viñeta 356

En la corrida más grande
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali mayo 26 de 2020

Paseíllo en Ronda. Foto: A.L., https://elpais.com/cultura
¿Cuándo dejamos de ser monos habilidosos (técnicos) y nos convertimos en hombres? Cuando hicimos arte, no antes. Las primeras muescas en el hacha de piedra, las primeras manos tiznadas en la roca, los primeros tintes en el rostro, las primeras danzas con toros… expresiones del yo autoconsciente, del sentimiento, de la emoción vertidos libres de lo utilitario animal. Fue cuando adquirimos la facultad estética.


Todo humano es artista y todo arte es humano. Es la  marca específica. De lo sublime a lo terrible. El bebé que tararea, o… por ejemplo, Dalí faroleando ser capaz de sacrificar la humanidad entera a cambio del éxtasis artístico que le produciría el hongo atómico. ¿Por qué no? --dejaba flotando --si se justifica igual amenaza con pretextos más brutos, más inhumanos, más feos.

¿Y por qué no matar un toro ritualmente, artísticamente si se le asesina y despedaza por miríadas para devorarlo? “Nadie tiene derecho de propiedad sobre la Belleza o la Verdad, son creaciones en las que todos participamos”, reclamaba Henry Miller, con razón creo.

Todos artistas, todos humanos. Cada cual apropia percepciones, las procesa en su mundo interno y las exterioriza. Obrando su realidad imaginada, su arte. Veraz y verosímil en sí, para sí.

En la corrida más grande que se dio en Ronda la vieja,
cinco toros de azabache con divisa verde y negra…

¿Es bello? --¡Mentira! --Podría decir un enterado. La divisa verdinegra es de Miura, y solo para Madrid. En Ronda, hubiese usado la verde y roja. Encima… ¿Una corrida de cinco toros?... ¿Todos azabaches, de una ganadería cuya característica original es la policromía?... ¿Y cómo iba a ser esa corrida la más grande que se vio en la plaza cuna del toreo y escenario de su historia? Las tuvo que ver mucho más grandes...

Bueno, quizá todo eso sea real, pero también que para el poeta su obra es otra realidad construida. Y leyéndola, releyéndola, recitándola, oyéndola nos podemos adentrar en ella conmovidos, creyentes, humanos. El arte no se miente, si lo es.


martes, 19 de mayo de 2020

EL AÑO PRÓXIMO - VIÑETA 355


Viñeta 355

El año próximo…
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali mayo 19 de 2020

Foto: http://artesaniasdecolombia.com.co
Esta es una historia verídica. El parecido con personas, lugares y circunstancias de la vida real es el mayor que tras tantos años alcanza mi memoria. Sucedió a comienzos de los años cincuenta del siglo pasado en una distante población paramuna de la cordillera oriental colombiana, cuya unión con el mundo era una carretera estrecha, serpenteante, fangosa y abismal por la cual cada tercer día escalaba quejumbroso un bus destartalado, veterano de guerras lejanas, que, si el tiempo lo permitía, bajaba el día siguiente.


Su puerto era la explanada central de tierra pisada, verdadero “espacio multiuso”; de encuentro, de juego, de fútbol, de mercado, de retreta, de procesiones, de ferias, de toros y la mayor parte del tiempo, plácido solaz y estercolero de vacunos, equinos, perros y moscas.

También, una vez al año, escenario de la fiesta patronal. Esa víspera, recuerdo, había mucho ambiente y visitantes rurales. Pequeños toldos de lona blanca, esparcidos por los márgenes, alumbrados con lámparas de petróleo, exhibían maravillas, coloridas y olorosas golosinas, fritangas, refrescos, licores, apuestas tentadoras... Un par de parlantes roncaban corridos mexicanos, de los de la revolución.

En el centro, cerrada y oscura, compitiendo en tamaño con la iglesia, se levantaba muda la estructura circular de madera que habían estado claveteando durante un mes; la plaza de toros. Misteriosa y lista para la corrida del año.

Los toreros habían llegado con sus bultos en el viaje de la mañana. Una multitud curiosa les acompañó hasta su hospedaje improvisado en la alcaldía. No había hotel. Para qué. Las empuñaduras de las espadas que asomaban y las puyas eran la mayor atracción.

Los matreros, traídos desde los cálidos y lejanos llanos, aguardaban inquietos en sus cajones. El jolgorio se prolongó, hasta el frío amanecer, cuando entre la neblina el cura y los monaguillos, provistos de imagen e incensario, cantaron alborada por las pocas calles.   

A las dos, después de misa, la parroquia colmó el graderío bajo un cielo grisáceo. Arriba, los músicos resoplaban pasodobles criollos y el alcalde con ademanes imperiales ordenó soltar el primer toro.

Zancudo, viejo, sarmentoso, cicatrizado y cornalón. Provocó una explosión de júbilo y triquitraques. El anunciado Santiago Velandia, hombre moreno, maduro, de cara cortada, holgado en un percudido traje azul, otrora de luces, le salió al paso con ademán solemne, intentando un lance por alto. El animal percatado se paró en la mitad de la suerte y punteó un par de veces en busca del hombre que desistía, luego lo ignoró.

La escena se repitió y la tarde se fue yendo por el mismo cauce. Los toros tuvieron muertes tan poco épicas como sus lidias. El entusiasmo y el miedo tras cada salida, dieron lado a la chacota. Chillidos, aplausos y risas competían, sin que los músicos descansaran. Los momentos de más regocijo fueron los de inminencias, correteos y volteretas, que las hubo. Al final nadie salió herido, salvo en el amor propio. Eso aligeró los ánimos.

Ya en la noche, Santiago, indemne, con sombrero campesino, ruana y rostro inexpresivo, se agregó al bazar acompañado de su gente. Sentados en una de las cantinas improvisadas trasegaban aguardientes, fumaban tabaco cerrero y escupían, rodeados de curiosos que no les perdían palabra, reviviendo improbables hazañas, explicando que la faena es a cómo es el toro y prometiendo desquite para el año próximo —Si es que nos contratan —apuntó socarronamente uno de los banderilleros.

—Claro que sí —respondió el coro envalentonado por los relatos y las belicosas canciones que volaban perdiéndose sobre los tejados y las negras crestas.

Pero no, nunca los contrataron. Pocas horas y kilómetros después, el fatigado bus, que había esperado al fin de fiesta, desapareció quizá cegado por la lluvia en el hondo precipicio de la Curva ciega, con todos sus ocupantes, toreros incluidos. Ni la corrida ni su trágico epílogo llegaron a noticia de última hora en la capital.